El futuro oficialista, en un mar de dudas.

La mayor parte de los ciudadanos acata las medidas de prevención, pero todos se preguntan: ¿para qué nos llevaron a votar? El kirchnerismo tuvo dos derrotas sucesivas, una política y otra de gestión, en 48 horas. La elección que marca que el fastidio es una herramienta que el electorado usa de modo implacable. Poco más que decir, en medio de la gripe A.
Poco se puede hablar de política en el contexto actual. En un país normal, la elección del domingo pasado sería la gran tela para cortar una semana después, pero Argentina no es un país normal. Argentina fue a esas elecciones en plena epidemia y dos días después del traspié electoral había que hacer un enorme esfuerzo por recordar quién había ganado: la gripe A había ganado todos los espacios.

En esas condiciones, el análisis político es casi imposible: ¿qué decir sobre las definiciones electorales, cuando la mayor parte del electorado está con bronca sólo por el hecho de haber ido a votar sin saber que había un enorme riesgo para su vida?

Si es por análisis político, apenas si se puede cotejar lo que sucedió con lo que había sido anticipado. La elección local fue una muy mala sorpresa para el oficialismo, que apenas consiguió asimilar el resultado, el martes, cuando debió enfrentarse cara a cara con el avance de la epidemia.

Es probable que el resultado más duro para el eseverrismo no sea el local (que fue muy malo) sino el seccional. El traspié en la región política implica (más allá del juego de los cortes) una pérdida de referencia territorial: así como Néstor Kirchner estaba descolocado en la noche de la derrota al percibir que los barones del Conurbano le habían mandado a cortar boleta, Eseverri debe haber entendido que su intención de colocarse como jefe territorial K lo marcó más que ninguna otra cosa antes en su vida política.

Primero porque ya no hay kirchnerismo alguno que defender. Y segundo porque la elección arrojó el dato de que ya no hay jefes únicos en la Sección, y que la atomización regional es un hecho.

En lo local, a José Eseverri le fue mal, por más que el aluvión que se llevó puesta a su lista local provenga de la avalancha nacional. Ese contrapeso es real, aplastó a muchos mandatarios comunales pero aquí importa cómo digieren el traspié.

Todo, a medida que se revisa, apunta al 2011. José Eseverri ha visto diluido su espacio de referencia kirchnerista, y como se preveía quedará asociado al sciolismo, en su intento de ser el sector post-K. Pero ni siquiera Daniel Scioli esperaba, en los meses en los que armó su movida para suceder a Néstor Kirchner como aglutinante de ese sector, que el ex Presidente de la Nación lo iba a poner en segundo lugar de su lista, como un socio de la derrota.

Ahora ya se escuchan, dentro del PJ, las voces del retorno: ``Menem y Puerta vienen por el PJ´´, se oye de un lado, donde hablan con la voz temblorosa del que ve venir a viejos fantasmas. ``Duhalde está de regreso´´, anuncian otros, que creen que el ex Gobernador sigue con pericia suficiente como para coordinar a los caciques del Conurbano y lograr que se muevan alrededor de Francisco De Narváez, un imprevisible de relación tirante con los peronistas puros.

Importaría antes saber hacia dónde irá José Eseverri privado del kirchnerismo, el único sector que le daba vínculos con el PJ y sin el cual corre el riesgo de convertirse en un paria político, exiliado de la UCR y sin nave insignia en el justicialismo.

Allí, en esa pérdida de referencia seccional (y de identidad política en tiempos sin la más leve identidad) es donde se agrava más su problema local: a nadie le preocuparía que el grupo gobernante de Olavarría no tenga identidad ni pertenencia partidaria clara si conservó el poder territorial de los votos. Y precisamente allí está la duda: la sangría de votos desde el 2007 a hoy es notable, y todo el Palacio San Martín está estremecido por el bajo caudal.

El único dato favorable es que así como el eseverrismo perdió un caudal vital de sufragios hoy tampoco hay un propietario absoluto de esos votos. La elección de Ernesto Cladera fue notable, y por primera vez (como ya está escrito) un candidato sin estructuras le gana de modo tan contundente a tres aparatos monstruosos en simultáneo.

Pero, para ser obvios, Cladera no es De Narváez, ni por aproximación. A pesar de que ganó en la elección local por un margen muchísimo más claro que FDN sobre Kirchner su triunfo local no lo impone como un candidato invencible hacia 2011.

Del mismo modo, el actual concejal sí puede convertirse en un problema serio si termina de formar alianza con la UCR. No tendrá ese camino despejado: la tensión entre el grupo más cercano a José Eseverri y Julio Alem hacen que el segundo se reposicione de cara al 2011 sin haber puesto siquiera un solo voto en riesgo en esta elección.

El Concejo será, de aquí en más, el mapa de lectura del escenario olavarriense. Ninguno de los sectores políticos tiene mayoría ni capacidad de imponer el número sobre los demás. Hasta diciembre, es un hecho que el Intendente se recostará sobre el curismo para aprobar las medidas que necesite.

Pero la prueba de fuego será al cierre del año: recién con la votación del Presupuesto 2010, la normativa que establece qué plan de Gobierno se lleva a cabo en la Olavarría post K, quedará conformada la fotografía política de los próximos tiempos. Los que se paren al lado o en contra del oficialismo en minoría en aquellos días, dibujarán lo que se viene.

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