"El fútbol no nos va a separar".

Hace 28 años que comparten algo más que su pasión por la pelota. Su relación pasó por distintas etapas pero siempre se mantuvo firme. Juntos son... Boca.
El nombre de pila y la calvicie son engañosas. No se parecen en mucho más que eso, por esa razón tal vez funcionaron tan bien juntos y, más allá de algún distanciamiento temporario, el destino los vuelve a unir. "El fútbol nos va a juntar, pero no nos va a separar", se encargó de aclarar el flamante manager en su presentación oficial.

Carlos Ischia y Carlos Bianchi se conocieron en Vélez. El primero había llegado en 1979 de Chacarita y enseguida se convirtió en una de las figuras del torneo. Era un jugador elegante y fino, pero a la vez todoterreno. El otro volvió a mediados de 1980 tras una exitosa campaña como goleador en Francia. "Carlos ya era ídolo y el modelo a seguir por su profesionalismo. Tratábamos de copiarle todo...", cuenta Ischia.

A pesar de los siete años que los separan, enseguida se cayeron bien y empezaron a compartir mucho tiempo en las concentraciones, entre partidos por TV y charlas futboleras. "Fueron tres años de compartir habitación", recuerda Bianchi. Y agrega Ischia: "Pero no éramos más que buenos compañeros, nos llevábamos bien, pero todavía no podía calificarse como amistad". Tampoco pensaron ni hablaron de la posibilidad de trabajar alguna vez codo a codo.

Juntos, como de acuerdo, partieron cuando terminó el Metro 83. Cada uno para su lado. Ischia se fue a Colombia, a empezar otro ciclo exitoso de su carrera, en Junior y América de Cali. Y Bianchi, de nuevo a Francia, para retirarse y a la vez comenzar a dirigir en el Stade de Reims. La distancia, en vez de alejarlos, los acercó a través de distintos gestos. Y aunque no hay fórmulas para el nacimiento de una amistad, algunas pequeñas cosas pueden tener que ver...

"En abril de 1987 me ofreció ir a jugar la Copa de Francia para el Reims. Yo tenía 30 años y era mi última chance de ir a Europa, pero me quedé en Colombia. Igual, seguimos en contacto", cuenta el DT.

Al año siguiente, la madre, la esposa y una amiga de la familia Ischia fueron de vacaciones a Europa y cuando llegaron a la estación de trenes de Niza, a las 6 de la mañana, Bianchi las estaba esperando.

En 1990, Ischia se enteró de que el otro Carlos venía de vacaciones a Buenos Aires, pero él justo se iba unos días antes a pasar casi un mes de descanso en las playas colombianas. Ofreció disculpas por no estar y le dejó su Peugeot 504 para que el ahora manager tuviera movilidad.

"Con esas pequeñas cosas se fue armando una linda amistad que se termina de cerrar cuando en 1993 a Carlos le hablan de Vélez y me llama para saber si lo quería acompañar como ayudante", explica Ischia. Porque a partir de ahí, como técnico y ayudante, formaron una dupla exitosa en Vélez y Boca. Eran la imagen de la seriedad y el respeto frente a la sonrisa permanente y la chispa. Uno de traje impecable, el otro en ropa deportiva. Bianchi por encima de los jugadores e Ischia en el trato más cercano, el único del cuerpo técnico al que el plantel tuteaba.

Ese vínculo duró hasta fines del 2001, cuando terminó el primer ciclo de Bianchi en Boca, e Ischia se largó solo en Vélez. Así y todo, la relación perduró. "Podemos tener gustos diferentes, no todos se ponen la misma ropa ni compran el mismo auto, pero los dos vamos a querer lo mejor para Boca y siempre vamos a llegar a buen puerto", dice el Virrey.

Hoy, a pesar de los altibajos (hablaron poco el año pasado), se encuentran en el mismo lugar que hace diez años, en distintos puestos pero juntos y con el mismo deseo. "Que Carlos se quede tres años y yo también". Porque eso querrá decir que a los dos -y a Boca- les fue bien.

Comentá la nota