De fundador del macrismo a heredero de Jaime: una biografía argentina

Por: Ignacio Zuleta

El dato más importante de la vida política de Juan Pablo Schiavi es que creó la Fundación Creer y Crecer junto a Mauricio Macri y Francisco de Narváez, quienes le propinaron a Néstor Kirchner la mayor derrota de su vida política el domingo pasado. Otro es que entre 1992 y los finales de la década del 90 fue socio de Daniel Chaín -actual ministro engripado de Desarrollo Urbano de Macri- en una empresa que tuvo el contrato para los espacios verdes de la nueva Panamericana, uno de los emprendimientos más exitosos del grupo Macri. Y nada menos que en la década horrible de los 90.

Un clásico del santacruceño esto de llamar a su derredor a quienes antes lo habían combatido. Kirchner, un experto en quebrados, instauró desde su intendencia de Santa Cruz el método de usar ex adversarios para armar gabinetes y grupos de trabajo. No hay nadie más dócil, ha argumentado Kirchner, que alguien que se deslegitimó en traiciones y otras volteretas. Por eso consagró a viejos adversarios como Oscar Parrilli o Daniel Peralta en cargos que les negó a sus seguidores más leales. Con el mismo método capturó en 2005 a Felipe Solá y a una tira de duhaldistas, como Aníbal Fernández o José María Díaz Bancalari, a quienes les dio cargos que todavía espera más de un santacruceño. Para Kirchner, un quebrado vale cinco leales.

La de Schiavi es una biografía argentina: trabajador como pocos, inquieto en política, apasionado del servicio público, corona su biografía como heredero de Ricardo Jaime en una secretaría tercerizada a la corporación moyanista de los transportes en la cual no podrá deshacer el festival del subsidio que se construyó desde 2003. Como el pícaro de Tormes, cuando cree subir a lo más alto, se exhibe ante el público en el fondo de un Gobierno que se deshilacha tirando la primera presa a los lobos, Jaime, que fue el corazón de Kirchner. Es la desgracia de los servidores públicos que pudieron ser buenos vasallos si hubieran tenido un buen señor. Un sueño, casi una utopía en la Argentina de los fracasos encadenados.

Como muchos peronistas de la Capital Federal, Schiavi cayó ante el embrujo de Chacho Álvarez a mediados de los años 80, cuando era un cuadro de la Juventud Peronista Renovadora. Chacho animaba junto a Alberto Iribarne (ex ministro de Justicia de Kirchner, ex de Duhalde en Seguridad, ex viceministro de Carlos Menem) el grupo Lealtad, al tiempo que administraba todavía un coqueto maxikiosco de la esquina de Coronel Díaz y Cerviño que hizo un gran aporte tecnológico a la modernidad criolla cuando abrió a comienzos de aquella década. Fue el primer kiosco que ofreció el servicio de fotocopias. Carlos Corach, allegado al grupo, solía reírse de cómo los amigos retiraban mercadería al fiado bajo la mirada de Chacho que se lamentaba: «Estos compañeros me van a fundir».

De aquellos años data la cercanía de Schiavi a la Iglesia, de la que dio testimonio como fundador junto a Eduardo Valdez de la Fundación Padre Mugica, en memoria del sacerdote asesinado en las ordalías de los años 70 seguramente en manos de otros compañeros peronistas.

El triunfo de Carlos Menem le dio su primera oportunidad de emplear el título de ingeniero agrónomo. Carlos Grosso, designado intendente porteño, le dio la Subsecretaría de Mantenimiento Urbano. Su gestión es recordada por su pasión por el trabajo, pero, como a otros funcionarios de Grosso, le tocó la mala hora de la política. Fue víctima de una querella iniciada por aquel denunciador que terminó denunciado, el ex diputado Eduardo Varela Cid por la obra de pintura del frente de la sede del Gobierno porteño, contratada al grupo Calcaterra (los primos de Macri). Nadie pudo probar ninguna irregularidad, pero el destino que mortificó a muchos grossistas de entonces lo hizo enfrentarse con el ascendente denunciante, que terminó denunciado, que fue Aníbal Ibarra. Vio cómo el lodo hacía caer a sus compañeros por esa inquina de la política judicializada que hasta terminó con la vida de Marcos Raijer, Eduardo Vaca y, años después, Jorge Castells.

Terminado el Gobierno Grosso, se asoció a Chaín para la parquización de la Panamericana. Cuando se privatizó el Ferrocarril Metropolitano, con el mismo arquitecto Chaín fue contratado por el grupo formado por Fatap-Carral y Ormas (de Córdoba) para la refacción de estaciones de esa línea. Ahí comenzó a ser experto en ferrocarriles y por eso hasta ayer fue el zar de los trenes en el ministerio de Julio De Vido.

En 2001 ya está de nuevo en la política junto a Macri y De Narváez. Vivió el divorcio entre los dos empresarios cuando en 2002 Macri se negó a una aventura presidencial luego de que Carlos Reutemann resignase la oferta de Eduardo Duhalde de ser el candidato del peronismo para las elecciones de 2003.

El compromiso con Macri fue más profundo en 2003; fue el jefe de campaña de Mauricio en la primera vuelta en setiembre de ese año por el cargo de jefe de Gobierno porteño que le ganó en la segunda Aníbal Ibarra. Entre las dos elecciones tuvo su primera derrota de palacio: sumaron a la segunda vuelta a la pollster Doris Capurro -amiga de Isabel Menditeguy, entonces esposa del candidato-, y eso lo apartó de la mesa chica. Víctima de esas damas, siempre dijo que Macri había perdido en la segunda vuelta porque él había sido desautorizado.

El macrismo, en la oposición a Ibarra, le dio un cargo importante, presidente del Ente de Control de los Servicios Públicos porteño. Desde esa encumbrada silla, miró algo que no le gustaba y que cristalizó en 2005, la alianza de Macri con Ricardo López Murphy. «No me van a meter en una pieza con López Murphy, que es un gorila», se quejó ante sus íntimos. Ya estaba lejos de Macri, que a sus espaldas lo acusaba de la derrota en el ballottage contra Ibarra. Por eso no sorprendió que cuando asumió Jorge Telerman en noviembre de 2005, destituido Ibarra, lo nombrase ministro de Obras Pública. Había celebrado la destitución de Ibarra como una prueba de que el mundo es redondo, el que está arriba alguna vez va a estar abajo -es presumible que operó sobre el voto que terminó de hundirlo a Ibarra en la Legislatura, el de Helio Rebot, otra víctima en los 90 del dedo eléctrico del fiscal Ibarra.

Allí arranca su última biografía; se hace amigo de Julio De Vido, con quien compartía proyectos de obras públicas, y el ministro nacional aprendió a conocerlo. Hicieron política juntos en el apoyo a Telerman como candidato a jefe de Gobierno en 2007, enfrentando a Alberto Fernández que quería instalar a Daniel Filmus. Perdió con De Vido esa pulseada (el candidato fue Filmus). Cuando asumió Macri, caminó resignado del palacio municipal hacia la Casa Rosada y terminó de entregarse con armas y bagajes. No quiso participar de la campaña de Filmus por decoro -se enfrentaba con Macri, con quien comparte el fanatismo por Boca, aunque suele concurrir a la cancha en compañía de Roberto Digón-. El Gobierno le pidió alguna changa electoral en Salta para que hiciera músculo y esperó para una nueva singladura.

De Vido lo llevó al Ministerio de Planificación y en poco tiempo asumió como administrador de Infraestructura Ferroviaria, una especie de «zar» de los trenes para ejecutar el plan aprobado por el Congreso que tenía como perla el ya legendario tren bala entre Buenos Aires y Rosario, otra quimera -como el propio Schiavi- de la Argentina que no puede.

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