Con la fuerza de un renacer

Por Hugo Alconada Mon

PHOENIX.- Noche histórica, noche impensable apenas diez meses atrás. Es el fin de un ciclo y el comienzo de otro en Estados Unidos. Un ciclo multirracial: Barack Obama ganó gracias al apoyo de mujeres, hispanos y negros.

Pero también peleó voto a voto el respaldo de la mayoría blanca, de la que consiguió un respaldo aún mayor que el obtenido por John Kerry en 2004. Es, en suma, el verdadero inicio del siglo XXI para la política norteamericana.

Hace 45 años, Martin Luther King marchó hasta Washington para esbozar su sueño de un país distinto, mientras la segregación racial respondía con golpes, terror y sangre en Alabama. Pero anoche, el ruinoso final de la presidencia de George W. Bush empujó a los estadounidenses a dejar atrás sus temores y a optar por el cambio ?y qué cambio?, en desmedro de las reformas dentro de la continuidad que les ofrecía el republicano John McCain.

Obama ganó, en efecto, tanto por sus méritos como por los tropiezos de los republicanos. Su victoria sólo se explica como reacción social a todo lo que encarna Bush. La crisis económica es hoy la mayor preocupación para el 62% de los votantes, según las bocas de urna, seguida por la guerra en Irak, con un lejano 10%.

Por eso Obama resultó competitivo en bastiones republicanos o en estados sureños tradicionalistas como Virginia o Carolina del Norte.

¿Era su victoria inevitable? No. Más aún, estuvo en duda hasta el cierre mismo de las urnas. Obama despertaba dudas en el mismo electorado que se inclinaba en un 60% por los demócratas en los sondeos. Es el mismo electorado que en una proporción de 4 a 1 cree que el país marcha en la dirección errónea.

Pero Obama logró posicionarse como el contraste de Bush. Se abrazó a los ideales de la esperanza cuando el presidente apeló al miedo y a la "guerra contra el terrorismo"; prometió unidad cuando éste apostó por la polarización; ofreció diálogo con los antagonistas del mundo cuando el tejano se circunscribió a un círculo decreciente de amigos.

Obama encarna, en suma, el deseo de los estadounidenses de renovar Washington tras 28 años con un Bush o un Clinton en la Casa Blanca. Su triunfo recuerda al de Jimmy Carter, cuyo ascenso al poder nació del hartazgo de Richard Nixon.

Cruel paradoja, los republicanos que tanto detestaron a los Clinton cometieron el mismo error que ellos durante las primarias. Creyeron que lidiaban con un novato que sólo ofrecía "lindas palabras".

Pero Obama se formó en la política caníbal de Chicago y combinó su pasado como trabajador social con el potencial de Internet y las ganas de cientos de miles de jóvenes voluntarios de jubilar de una vez por todas a la generación de los baby boomers. La de los Bush, los Clinton y McCain. No vieron, tampoco, que Obama posee tanto instinto asesino como el que más.

No dudó en romper una de sus primeras promesas al renunciar al financiamiento público de su campaña, en cuanto vislumbró que con las donaciones privadas superaría por mucho los 81 millones de dólares que le daría el Estado, con sus incómodos controles, y pondría contra las cuerdas a McCain.

Obama comprendió además que debía mostrarse, siempre y en todo lugar, más calmo que los demás candidatos. Nada de narices rojas de furia, como Bill Clinton, o ceños fruncidos, cual Bush. Su reacción hubiera encajado de inmediato en el estereotipo del "hombre negro furioso" que tanto temen los blancos de este país. Pero los sondeos en boca de urna reflejaron anoche que el factor racial no fue tal: la cantidad de estadounidenses que decidió su voto según la raza del candidato no movió el amperímetro.

Datos concretos: Obama se llevó todos los votos de la comunidad negra, dos tercios de los hispanos y casi la mitad del bloque blanco, cuando Bush superó a Kerry por 17 puntos en ese bloque. Y se quedó con tres de cada cuatro nuevos votantes, según los sondeos.

La ecuación demócrata también se benefició de los numerosos errores de McCain, que ganó las primarias gracias a su perfil independiente y renovador, pero terminó abrazado a la derecha más conservadora.

McCain se definió reformista, héroe, independiente, conservador, renegado, conciliador y halcón, pero siempre con un discurso que resultó demasiado agresivo, pesimista, negativo y por momentos denigrante de su rival. "Socialista", "celebridad" y "elitista", entre otros calificativos, resultaron demasiado para un país cansado de la prédica divisiva que impusieron Bush y su estratego Karl Rove desde 2000.

Aún así, sus ataques dieron frutos, fugazmente, a principios de septiembre. Pero duró poco. El colapso financiero que se desató con el derrumbe de Lehman Brothers, uno de los íconos de Wall Street, le cerró la puerta a sus esperanzas, mientras que le permitieron a Obama exponer sus propuestas económicas y ascender otro escalón como líder calmo y decidido.

Llega ahora el momento de la verdad para Obama. Si Carter es su antecedente en los años 70, no debe terminar como él. Aquél duró apenas cuatro años. El flamante presidente electo de los Estados Unidos deberá cuidarse de no abrirle las puertas al próximo Ronald Reagan.

Comentá la nota