"Si yo fuera Scioli, renunciaría"

El presidente de la Sociedad Rural se define como un "gremialista agropecuario" y cree que desde la crisis por las retenciones, "para el gobierno ya no es negocio pegarle al campo".
En días anteriores, el Parlamento se adueñó del protagonismo nacional a través de sesiones memorables. Esta semana, en cambio, fue ocupada por el campo y la reunión del día 10 en Palermo. Y mientras la multitud y los turistas van y vienen por la calle Florida nosotros, en la serena quietud del histórico edificio, conversamos largamente con Hugo Biolcati, presidente de la Sociedad Rural Argentina

—Yo creo que la relación del campo con el país, después de un punto de inflexión como fue el año pasado, está entrando en una etapa completamente distinta a lo que fue en las últimas décadas, explica Biolcati. Diría que es algo novedoso. Como si el país hubiera comprendido, afortunadamente, cuál es su verdadera relación con el campo más allá de los eslóganes. Tradicionalmente, la visión del país acerca del campo era la de un sector elitista, latifundista. ¡Los famosos "oligarcas" ganaderos! Si alguna vez esto fue realidad, hace tanto tiempo que dejó de serlo. Es ignorar que pasó a ser un discurso progresista, una visión de gente que tiene un gran desconocimiento de cuál es la realidad del campo argentino. Quizás esto se debió, en parte, a nuestra culpa por falta de comunicación, de inserción en la sociedad. Pero la realidad es que el campo se fue convirtiendo en un pilar de la economía argentina con un enorme avance tecnológico que lo ha transformado.

—¿En qué momento marcaría usted el cambio?

—Diría que en la década de los 80 y principios de los 90. En esos años, la fisonomía del campo cambió totalmente. El trabajo en redes y la tecnología produjeron una verdadera revolución en cuanto a sistemas de trabajo como, por ejemplo, la parte previa a la siembra, la tecnología sobre las semillas o, en el caso de los vacunos, todo lo genético y, en una etapa posterior, los avances sobre los sistemas de cultivo y de trabajo. También en la estructura del manejo de la propiedad, de la tenencia de la tierra y de quiénes son los dueños de la actividad agrícolo-ganadera. Yo diría que es en la agricultura donde se ha producido el mayor avance, porque de la propiedad de la tierra se ha pasado al trabajo en red con un sistema de contratistas porque para el productor mediano (y aún el grande) el avance tecnológico en las maquinarias, por ejemplo, se hizo con precios inalcanzables. Hoy día casi no existe un productor que pueda, en su propiedad, amortizar el uso de esa maquinaria en una o dos cosechas. Piense que la maquinaria es tan cara y tan de avanzada que tiene que ser trabajada permanentemente.

—¿Es por eso, entonces, que se crea la figura del contratista?

—Desde luego. Su trabajo es llevar las máquinas de un campo a otro. De esta manera, atraviesa el país trabajando para terceros. Y a esto se ha agregado el arrendatario (llámese pool o individual).

—Ahora se ha incrementado con el cultivo de la soja.

—Con la misma revolución tecnológica de la semilla transgénica de la soja, el sistema de siembra directa conservacionista, el cuidado de la tierra, la posibilidad de soja sobre soja o cultivo sobre cultivo. Cuando uno arañaba la tierra al arar, era necesario rotar para no perjudicar el suelo, hacer praderas, etc. En cambio, hoy, existen sistemas que tecnológicamente permiten efectuar cultivos mucho más frecuentes. Y todo ese cambio de filosofía a través de lo tecnológico ha llevado también a una concepción distinta acerca de quién es el dueño del negocio.

—Esta sería la ubicación del campo frente al país. ¿Y frente al Gobierno?

—Mire, el conocimiento de esa realidad del campo, el enriquecimiento, la cantidad de divisas que aporta al país y el cambio de la fisonomía socioeconómica del campo recién fueron percibidos por el país a través del conflico con el Gobierno. Siempre recuerdo esa imagen partida del canal TN en donde se veía por una parte, a la Presidenta hablando de "los piquetes de la abundancia" y, por otra, a De Angeli a quien todavía le faltaba un diente que la miraba asombrado como queriendo decir: "¿Pero de qué me habla esta señora?". Bueno, esa imagen fue casi un punto de inflexión. Yo diría que ahí la sociedad argentina conoció realmente a la gente del campo y al campo mismo. Y de ese aprecio, ese acompañamiento que fue cada vez más hondo, provino también el cambio con relación al Gobierno. Por poner un punto, le diría que, hasta aquel momento, para los gobiernos (y éste lo hizo más notorio que ninguno), pegarle al campo era como estar a favor de la corriente política del momento, del imaginario colectivo. Cuando Kirchner era presidente, pegarle al campo, cerrar las exportaciones de carne, le levantaba la imagen por aquello de que "alguien alguna vez tenía que ponerles un freno a estos tipos". Esa era la reacción de la gente. A partir, entonces, de ese punto de inflexión, pegarle al campo fue cada vez menos negocio. La gente empezó a sentirse cerca del campo. Todos comenzaron a encontrarse allí. A tener algún antecedente en ese sentido. Lo vivimos por la calle: "Mi tío tenía campo; de chico iba al campo; mi papá trabajaba en el campo, etc, etc". Fíjese que, este año, estábamos con Buzzi en La Matanza repartiendo leche en señal de protesta en la playa de un supermercado, cuando de una fila de gente muy modesta el comentario era "yo vengo del campo". Aun en esa situación tan dolorosa, se creó un vínculo ya que muchos venían efectivamente de tambos ahora cerrados, terminados y se encontraban ese día haciendo cola para un sachet de leche. Todos se sentían orgullosos por tener algo que ver con el campo y esto es lo que ahora es habitual también por la calle.

—Un cambio grande.

—Y una enorme ventaja política porque el que se mete con el campo políticamente tiene que saber que le tocará afrontar eso: verse en la obligación de buscarle alguna utilidad a pegarle al campo. Ya el hecho en sí es negativo. Para mí éste es el gran cambio que se ha dado en los últimos dos años.

—Pero la relación con el Gobierno no ha mejorado.

—No. Por supuesto que no. Fíjese que el hecho de que pegarle al campo resulte un acto políticamente incorrecto será algo que veremos en los próximos gobiernos. En cambio, con Kirchner sabemos que no hay retorno. El tiene un sistema de reacción por resentimiento no sólo con nosotros sino también con muchos otros sectores del país. Es como si el resentimiento lo cegara. Aquí no hay retorno. Para el campo sólo lo indispensable: como tratar de que se mantenga el nivel de soja porque el Gobierno necesita las retenciones, pero todo lo que pueda perjudicar al campo no deja de hacerlo. No hay ninguna ayuda. De ningún tipo. Son todas puras declamaciones tendientes no tanto a ayudar sino a tratar de destruir la influencia, entre otras cosas, de la Comisión de Enlace. Por ejemplo, ¿para qué lo ponen al ministro Domínguez en el ministerio? Simplemente para tratar de mostrar una actitud de acercamiento al campo que no existe. Además, por fuera de la Comisión de Enlace. Domínguez está dedicado durante todo el día a esto. En un pueblito difunde ese criterio; en otro se reúne con diez productores; lleva medidas de acción directa que, al que le toquen, le vendrán fenómeno pero son totalmente discrecionales, hechas a dedo y sin un método ni la certeza. No hay un método de ayuda como tampoco una política en ese sentido. Le diría que estamos peor que antes porque al agravamiento de las condiciones políticas hay que agregarle el agravamiento de las condiciones climatológicas que este año han sido muy malas.

—Efectivamente, este año hemos tenido sequías, inundaciones y todo tipo de desastres. Pero, por ejemplo, ¿cuánto le queda en números al Estado de la cosecha de soja?

—Este año se estima que le quedarán unos seis mil millones de dólares y el año pasado, le quedó menos de la mitad. Me refiero a la cosecha que sufrió la seca y los problemas con el Gobierno. Ahora usted me preguntará por qué crece entonces este año lo que va a quedarle al Gobierno en concepto de soja. Bueno, porque le han impedido prosperar a la ganadería. La ganadería está cayendo y cayendo.También ha caído a la mitad la siembra de trigo. El 30% o 40%, la de maíz. Y todo eso va a parar a la soja. O sea, que la política del Gobierno que hablaba de "combatir el yuyito" –no tenemos claro si a propósito o no– ha llevado todo el trabajo agropecuario hacia la soja. Y digo "a propósito o no" porque o es una consecuencia no deseada de una búsqueda por destruir al sector en sus distintas actividades o está directamente vinculado a que es la que mayor beneficio le deja al Estado. Fíjese que este año tenemos un fenómeno como el de anunciar hace dos meses –cosa que, por otra parte, no cumplieron–, con presencia de todos los gobernadores, la cadena nacional y toda esa parafernalia, que iban a restituirles a los pequeños y medianos productores la totalidad de las retenciones en trigo y maíz. Entonces, uno se pregunta: ¿restituir la totalidad de las retenciones al pequeño y mediano? ¿Cuánto queda afuera? ¿Por qué restituir? ¿Por qué no se elimina directamente? Todo es muy confuso. Pero de cualquier manera: ¿por qué eso? Se lo explico: el fenómeno está en que si ese sistema de restitución se llevara a cabo, le costaría al Estado más que eliminar las retenciones al trigo y al maíz.

—¿Por qué le costaría más?

—Porque el segmento que se exporta de trigo y maíz (que es el único que recauda retenciones) tiene que servir para subsidiar a todos los pequeños y medianos que hacen trigo y maíz y lo venden en el mercado interno o externo. Y es mucho mayor la masa a subsidiar que las retenciones que se obtienen. Hacer eso, encima, le cuesta dinero al Estado. En cambio, si eliminara totalmente las retenciones sobre trigo y maíz, no le costaría un peso. Sería sólo eso y no tendría que poner plata encima. Pero, fíjese, ¿qué pasaría si eliminaran las retenciones sobre trigo y maíz? Al no tener retenciones, sencillamente se volvería a sembrar trigo y maíz y se caería la producción de soja. Y como el trigo y el maíz tienen menos retenciones que la soja, el Estado perdería mucho más plata que poniendo las cosas de esta manera. Esto está hecho a propósito. Están impulsando a la gente hacia la soja porque es lo único que les deja plata y tienen el Presupuesto colgado de la soja.

—¿Cuántas toneladas de soja tendremos este año en Argentina?

—Este año tendremos 50 millones de toneladas de soja pero, hace dos años, teníamos 75 millones. Todavía no nos hemos recuperado.

—¿Es correcta la información de que la hacienda está con precios en alza?

—Sí, seguramente vamos hacia precios en alza. Usted sabe que ésa es una dosis de realismo. Lo que está sucediendo es que hay una falsa abundancia en carne. Estamos hablando del precio al producto. El precio al público está alto y no tiene por qué subir. Pero aun alto, sigue siendo el alimento más barato de la Argentina. Hay un gran spread en la posibilidad de que suba el precio de la carne al productor en Liniers sin que suba todavía el precio al público. Cosa que no sucede porque cuando sube Liniers, el carnicero la sube igual pero, bueno, no debería… y estamos viviendo un momento de abundancia ficticia. Hay una matanza muy grande. Una faena que realmente excede… estamos aumentando los niveles de consumo. Más de 70 kilos por habitante, por año y lo histórico en la Argentina ha sido siempre unos 60 kilos por año y, en el mundo, el país que nos sigue en consumo de carne por habitante está prácticamente en la mitad: unos 40 kilos. Es una monstruosidad la cantidad de carne vacuna que consumimos. Y esa abundancia que se ve es porque, lamentablemente, nos estamos comiendo las madres, las máquinas de producir. Los vientres. Y la imposibilidad de seguir adelante con el negocio ganadero hace que muchísimos productores en vez de preñar sus vacas las comen. Mejor dicho, las comemos. Y esto lleva a achicar la parición. Cada vez hay menos terneros y, en la medida que se van acabando esas madres, y que hay menos terneros, empieza la escasez y tira el precio hacia arriba hasta un punto donde el spread que tiene la carnicería sobre los frigoríficos se acaba y va a tirar a aumentar a un precio más razonable. Nosotros ya sabemos que los terneros que han nacido este año y que van a ser bifes dentro de dos años no alcanzan para comer 70 kilos por año. Entonces, o bajamos el nivel de consumo que es lo que sucede con el precio o vamos a tener que importar, cosa que levantará los precios porque la carne, en cualquier otro lugar, es mucho más cara. Además no es fácil importar carne. No es algo que se hace de un día para el otro y es, obviamente, un producto muy buscado en el mundo. Lo estamos despilfarrando comiéndonos la máquina de producción por no contar con posibilidades de llevar adelante el negocio. Falta una verdadera política de Estado que implique previsibilidad y confiabilidad. Este es un negocio en el que quien pone plata sabe que la va a recuperar recién a los tres años. Nos cambian las condiciones, nos prohíben la venta de exportación, Moreno nos pisa el precio en Liniers y no le importa nada. ¿Por qué? Porque no falta pero cuando falte, veremos. A lo mejor ya habrá cambiado el Gobierno. Esto no es mirar al futuro. Nos están destruyendo la actividad ganadera y lo mismo ocurre con el trigo. ¿Usted sabe que tenemos que remontarnos a 1904 para encontrar un área sembrada de trigo igual o menor a la que tenemos este año? Hemos caído, en el área sembrada de trigo, más de 100 años.

—¿Y cómo es su relación personal con el campo, Biolcati? Su familia tenía tambos, ¿no? Los productos Magnasco.

—Sí. Mi madre es Magnasco. En 1855 mi bis tío-abuelo llegó a la Argentina, por supuesto que como inmigrante, y puso un puesto de compra y venta de productos lácteos. Empezó a evolucionar e hizo traer de Italia a dos sobrinos. Uno de esos sobrinos era mi abuelo y fue el que hizo crecer el negocio. Y el negocio creció en la familia del lado de la industria lechera. Así, solamente como industria, llegó a 1920, 1930. Fue en ese momento que mi abuelo comenzó a comprar campos. En Tandil, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, en Villegas, Carlos Casares. También en el sur de Córdoba y de Santa Fe. Compró y arrendó y fue poniendo tambos como un sistema de abastecimiento de materia prima para la industria. Luego, los campos fueron tomando más importancia que la industria lechera, que pasó momentos difíciles. En nuestra generación (la cuarta generación) y en la que le sigue de mis hijos, se vendió el fondo de comercio en la década del 80. Se lo vendimos a La Serenísima y seguimos como productores agropecuarios produciendo nada más que leche y agricultura.

—Yo recuerdo que Magnasco hacía queso, manteca, mayonesa, ¿no?

—Sí, teníamos sucursales de venta al público y llegó a ser una empresa muy grande con 1.400 empleados. La Martona y Magnasco eran las dos viejas y tradicionales industrias del país. Y yo me crié, más que nada, en la parte industrial de la compañía de la familia. Allí pasé toda mi juventud. Mi actividad como productor agropecuario comenzó después, en la década del 80, cuando tuve que tomar una definición acerca de mi propia vida. O me dedicaba a otra cosa o seguía con los campos de la familia.

Yo no conocía demasiado lo referente a la industria agropecuaria y me dediqué a aprender. Luego tuvimos sucesivas divisiones en la familia en donde somos muchos primos y, en distintas etapas, quedamos mis hermanos y yo con un sector de los campos y se repartieron los otros entre los demás.

—¿Qué cultivan ustedes?

—Seguimos también haciendo leche además de cereales y ganadería. Fundamentalmente, seguimos siendo tamberos y, a su vez, hemos ido dividiendo con mis hermanos y luego yo con mis hijos. Hoy en día, le hice un anticipo de herencia a mis hijos y ellos me mantienen. Podría decir que soy un gremialista agropecuario.

—Usted ayer en el Rosedal dijo que "no deberían descabezar sólo a la Policía sino a la Gobernación". ¿Qué quiso decir con esto de "descabezar" a la Gobernación?

—Creo que hay una responsabilidad política con lo que está sucediendo en la provincia de Buenos Aires no solamente con la Policía sino con el tema general de la inseguridad. Esto no se soluciona cortando la cadena por el eslabón más delgado. Supongo que hay que tener cierta estabilidad en los medios policiales si se quiere mantener una sensación de seguridad en la población. Y esto excede toda comprensión por parte de la gente: 24 días para encontrar a un auto a treinta metros de una ruta.

—Estamos de acuerdo en esto. Todos tenemos miedo. Pero ¿por qué el término "descabezar" cuando hablamos de un gobernador elegido en las urnas?

—Fue un símil del término usado para la Policía. Aplico el mismo término (a lo que yo creo debería ser aplicado) a quien tiene la responsabilidad política. Si yo estuviera en la situación del gobernador, lo menos que haría es poner mi renuncia a disposición de la Legislatura. No se puede jugar con esto ante una necesidad de gobierno como manifiesta la Provincia... Creo que tengo la claridad suficiente para ver estas cosas y si siguen en esta línea tampoco se van a solucionar. Insisto en que lo que yo quise decir, quizás usando mal el término "descabezar", es que la responsabilidad no se agota en la Policía sino que está más arriba.

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