Fruto de la impunidad y la protección oficial

Una ráfaga de ilusión democrática se hizo sentir hace dos semanas cuando un fallo de la Corte consideró inconstitucional el unicato gremial y defendió la libertad sindical.
Fue sólo una ráfaga. La realidad más cruda del sindicalismo dominante, apoyado por el Gobierno y al mismo tiempo soporte fundamental del kirchnerismo, clausuró de inmediato, con un portazo violento, toda ilusión de que el viento de la transparencia empezara a renovar el viciado aire de los despachos del poder gremial.

Como para que no quedaran dudas, ayer en Rosario un grupo de gremialistas aliados al líder de la CGT, Hugo Moyano, confirmó que no serán un fallo judicial ni una ley los que pongan fin a una larga tradición de violencia y muerte para adueñarse y defender el poder gremial.

La impunidad, la protección política y la complicidad administrativa, alimentadas por gobiernos de las más diversas inclinaciones ideológicas, ya sean militares o civiles, peronistas de derecha, neoliberales o "progresistas", han dado vida y alimentado un cuerpo que ya parece indestructible.

La realidad muestra que para acceder a la conducción de un sindicato hay que sortear más exigencias que para llegar a la presidencia de la Nación si no se cuenta con la bendición de quien posee el poder de turno. Un poder que hasta es capaz de poner al frente de un gremio a quien no se haya desempeñado jamás o sólo algunos meses en la actividad que representará, e impedirle el acceso a golpes o chicanas administrativas y judiciales a un trabajador que acredita una larga trayectoria en el sector. Desde Lorenzo Miguel hasta Luis Barrionuevo sobran los ejemplos.

No es difícil entonces entender por qué pueden llegar a matar algunos sindicalistas en estos tiempos. No es por ideología. Tampoco por pasión política. Sólo es una cuestión de poder y el poder en este ámbito se vincula, casi siempre, con el dinero. Los gremios manejan cientos de millones de pesos. Demasiado dinero que permite tener una vida muy confortable, como de la que disfrutan, impúdicamente, muchos de los dirigentes más conspicuos, pero no sus representados, y, también, dinero para hacer política y seguir alimentando su poder.

No es casual que en la mayoría de las mortales disputas sindicales de los últimos tiempos hayan estado involucrados barrabravas de equipos de fútbol. Las peleas internas en este ámbito se desatan por causas demasiado parecidas a las sindicales y no es precisamente por el amor a una camiseta.

Salpicados de sangre

Los alrededores de Hugo Moyano han quedado indisimulablemente salpicados por sangre, violencia y muerte en los últimos años. La batalla a tiros protagonizada por sus huestes en el traslado de los restos de Perón y el asesinato del tesorero del gremio, en la misma ciudad donde ayer otros aliados suyos, del sindicato de los lecheros, mataron a un militante rival, son los hitos de esa saga.

En este mismo tiempo, Moyano logró construir un poder casi sin precedente y les arrebató afiliados a otros gremios mediante el apriete, la extorsión o el sugestivo convencimiento a rivales suyos y, sobre todo, autoridades gubernamentales.

Hace 13 días el líder cegetista reasumió por enésima vez al frente de su gremio y a la celebración asistió Néstor Kirchner, el hombre que marca las políticas y la orientación del Gobierno que, formalmente, conduce su esposa.

Ni el ex presidente ni la Presidenta condenaron nunca públicamente ninguna de las acciones de Moyano y sus seguidores, ni siquiera las que en algunas ocasiones han afectado o complicado a su Gobierno.

No parece difícil comprender, entonces, por qué la violencia sigue siendo la vía por la que se dirimen las disputas por el poder sindical y por qué parece casi imposible imaginar que algo cambie. Aunque la Corte dicte fallos que traten de transparentar y democratizar ese poder.

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