Frente a una elección en la que se derrumban casi todas las certezas

Por: Julio Blanck

En esta elección parecen derrumbarse casi todas las certezas políticas. Y no asoman todavía las certidumbres que ocupen ese lugar tranquilizador de lo ya sabido. La primera certeza que cayó fue la inevitabilidad del triunfo de Néstor Kirchner y con ella, el mito del aparato arrasador e invencible con que el peronismo del GBA domina la política nacional desde hace veinte años.

Por cierto, no está escrita la derrota de Kirchner. Y no sólo porque las encuestas sigan manteniendo resultados con diferencias tan precarias. Sucede que Kirchner ha demostrado tener tanta fuerza para equivocarse y dinamitar sus propias posibilidades, como para revolcarse sobre sus torpezas políticas tratando de recuperar la iniciativa de la manera que sea.

Su inesperado enemigo, Francisco De Narváez, llega a la elección sin conseguir ser otra cosa que el tinglado donde una porción del electorado busca refugiarse del espanto que le provoca Kirchner. Un rival de otro espesor, de otra consistencia más allá del acierto publicitario, hubiese liquidado el pleito aprovechando las ventajas que ofrece Kirchner y el estado de fastidio en buena parte de la opinión pública.

El destino final que la ciudadanía decida darle a Kirchner este domingo va a determinar en parte, además, el futuro de Daniel Scioli. Y allí hay otra certeza caída, porque ni siquiera la popularidad de Scioli y esa impresión de que no le entran las balas, en términos de desgaste político, también queda en cuestión. Kirchner acudió a él como tabla de salvación cuando vio que, sólo frente al desafío, se hundía sin remedio. Junto con Scioli fueron el vicegobernador Alberto Balestrini y medio centenar de intendentes. Tampoco ese aporte, el de los auténticos jefes del aparato, alcanzó para despejar el mal presagio.

Si Kirchner finalmente alcanza una victoria mínima, como le pronostican las encuestas favorables, Scioli podrá sentirse con derecho a fabricar un 2011 para sí mismo. Y quizás emita señales desde ese momento para avisar que va por el destino que sueña. Todo cambia si las urnas favorecen a De Narváez. Aunque en un escenario de estrago general de los referentes peronistas, quizá Scioli tenga una oportunidad a futuro.

La cuestión es que se llega al domingo electoral con un pronóstico cerrado, en la misma provincia en la que, hace dos años, Cristina cosechó el 45,9% con más de tres millones de votos, casi duplicando a Elisa Carrió en la presidencial. En ningún otro distrito se constata con tanta nitidez que, más allá del resultado puntual del domingo, esta elección no es el principio del declive del poder kirchnerista, sino en todo caso su consecuencia electoral más directa y estruendosa.

En el camino a esta elección, también se derrumbó la certeza de la consagración de Carlos Reutemann como emergente peronista alternativo a Kirchner.

La cómoda ventaja que Reutemann llevaba en Santa Fe al arrancar la campaña, sumada a su anunciada decisión de competir, esta vez sí, por la Presidencia en 2011, le habían generado una corriente instantánea de apoyo en el peronismo, que con más o menos fervor espera el momento de sacudirse el liderazgo de Kirchner. No porque les resulte molesto, porque así les resultó antes y lo soportaron inmutables. Pero antes era un liderazgo ganador y ahora dejó de serlo. Felipe Solá lo puso en palabras sencillas: "El jefe del peronismo tiene el deber de vencer". Kirchner tiene enormes dificultades para vencer hoy y nadie cree que pueda hacerlo en 2011. Es así de fácil. Pero menos fácil es encontrarle un reemplazante.

Los amigos de Reutemann aseguran que se va a largar a la pelea presidencial sea cual fuere el resultado del domingo. Que lo hará de inmediato si le toca ganar. Y que esperará un tiempo si cae frente a los socialistas del gobernador Hermes Binner, pero que tiene tomada una decisión sin retorno. Suena muy emotivo, aunque no deja de ser una declaración de buenas intenciones. No se recuerda a un peronista perdedor a quien sus pares reconozcan como jefe.

Detrás de Kirchner, de Scioli, de Reutemann, también tambalea muy fuerte la certeza de Carrió como referente inevitable de la oposición, espacio que supo ocupar con vigor y autoridad durante la última década. El pálido desempeño que se le augura al Acuerdo Cívico en la Provincia y en Capital la desplaza bruscamente del centro de la escena. Ni qué decir si, además, llega a quedar afuera del reparto de bancas, posibilidad que en las últimas horas se estaría disipando.

Carrió, más que cualquiera de sus adversarios, sabe que el porvenir puede ser ingrato para ella. Hace dos años fue segunda en la elección presidencial, reunió más de cuatro millones de votos (23% ) en todo el país. Ayer, al cerrar la campaña, dijo que le gustaba más Binner que Julio Cobos como candidato de ese espacio político para 2011. Toda una definición sobre sí misma.

No hay que sacar de carrera antes de tiempo a Kirchner ni a Carrió, que son dos guerreros infatigables. Ni a Scioli ni a Reutemann, que tienen el favor de sectores independientes. Pero por encima de las certezas derrumbadas, se van perfilando otros nombres.

Los de Binner y Cobos, remitidos a la suerte final de sus candidatos en Santa Fe y en Mendoza; y también el de Mauricio Macri, ganador en la Capital con Gabriela Michetti y asociado al éxito político de De Narváez en la Provincia.

Ni Cobos, ni Binner, ni Macri son candidatos el domingo. Y quizás terminen ganando sin haber puesto en juego su capital político personal. Curiosa consecuencia de una elección en la que se afianza una tendencia al voto de contrariedad a lo establecido. Es un ejercicio, liviano si se quiere, que permiten las elecciones legislativas. Pero es también el espejo de una sociedad fatigada, confusa, teñida de irritación.

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