Fraude: entre la percepción y la realidad

Por Carlos Pagni

Hasta ahora no han aparecido indicios suficientes como para presumir que el domingo habrá maniobras que tergiversen el voto. Sin embargo, desde la restauración democrática de 1983 nunca un proceso electoral corrió tanto riesgo de quedar empañado por la percepción de fraude. Entre la oposición y el Gobierno se las ingeniaron para inspirar esa sospecha.

La alarma por un fraude fue, por primera vez en años, un eje principal del discurso opositor. Elisa Carrió dramatizó el problema al pedir observadores de la OEA, sobre la base de la desaparición de boletas que hubo en los comicios de 2007. Francisco de Narváez abrió el mismo paraguas. Uno de sus avisos publicitarios pedía voluntarios que vigilaran las elecciones. "Que no nos roben el voto", decía.

En el Gobierno echaron mano del antídoto retórico que usan los oficialismos cuando se los tilda de fraudulentos: decir que la acusación es el pretexto de quien ya se sabe derrotado y quiere relativizar ese fracaso.

Sin embargo, no es fácil encontrar líderes que hayan hecho tanto como los Kirchner para justificar la aprensión de quienes los acusan: adelantaron las elecciones sin consultar con la oposición; propusieron candidatos que no piensan asumir sus funciones, y lo dicen; se sirvieron de homónimos de sus rivales para confundir a los electores; utilizaron a la Justicia con fines facciosos para exhumar causas dormidas en plena campaña; pusieron al servicio de sus listas toda la logística del Estado -hasta los taquígrafos de la Presidencia- como si perteneciera a su partido o a su familia. En definitiva, dieron a entender que el Gobierno está dispuesto a derribar cualquier barrera con tal de no perder el poder.

Además de las denuncias opositoras y la falta de escrúpulos oficialista, hay otro factor que alimenta la fantasía de un fraude: la vulnerabilidad del sistema electoral. La Argentina es uno de los pocos países de América latina que todavía confían la organización de las elecciones al Poder Ejecutivo. En Brasil, por ejemplo, todo el proceso está en manos de tribunales que se constituyen con esa misión.

La antigualla del voto manual facilita también un posible engaño. Kirchner tiene una responsabilidad importante en este vicio: se encargó en persona de sofocar cualquier discusión sobre la adopción de la urna electrónica.

Un modo tan arcaico de sufragar como el que existe en la Argentina asegura algunas distorsiones. Por lo pronto, obliga a quienes compiten a contar con un ejército de fiscales que, desde hace algunos años, suelen cobrar sus servicios. Algunos, los licitan: piden 100 pesos a una fuerza pero, a veces, se pasan a la contraria por 150.

Para controlar la elección en la provincia de Buenos Aires se necesitan 60.000 personas. Sólo el oficialismo dispone de esa multitud. Pulverizados los partidos políticos, los candidatos opositores terminan siendo rehenes de dirigentes que controlen cualquier organización populosa. Es lo que explica que en las listas de Pro haya más sindicalistas que en las del Frente para la Victoria. En el conurbano, el macrismo entregó el control de la elección "llave en mano" a los dirigentes gremiales: Alberto Roberti (petroleros) en Avellaneda, Carlos Acuña (estaciones de servicios) en Presidente Perón, Horacio Valdés (vidrio) en Berazategui. En las zonas agrarias el comisario electoral es Jerónimo Venegas, de la Unión de Trabajadores Rurales: es el padrino de Claudia Rucci.

Quienes ofrecen los recursos humanos para fiscalizar suelen canjear sus servicios por lugares en las listas, es decir, por bancas en el Congreso y las legislaturas. Por eso cuando De Narváez se negó a ubicar más duhaldistas en su nómina, puso en riesgo el control de la elección en Morón, San Martín, Pilar, Lomas de Zamora o Merlo. En Unión Pro optaron por pedir voluntarios, pero dejaron de hacerlo cuando advirtieron que los que llegaban eran enviados por el kirchnerismo.

Alcanzaría con estas fragilidades para explicar la escasa transparencia del régimen electoral. Pero en las elecciones del domingo aparecen algunas peculiaridades que agravan el problema. Una, que parece trivial, es que al modificar el calendario, los Kirchner resolvieron que el recuento no se haga de día, como ocurriría el 25 de octubre. Hay zonas del Gran Buenos Aires donde este detalle exige a los fiscales cierta dosis de audacia. Además, el escrutinio bonaerense será lentísimo. En San Isidro, por ejemplo, se presentaron 55 listas municipales. ¿Qué reacciones hay que esperar si el goteo de cifras se prolonga más allá de la medianoche y no arroja un resultado nítido?

También puede alimentar sospechas -por ahora caprichosas- que la elección bonaerense esté, según todos los sondeos, empatada. Además, el dramatismo que le puso el Gobierno y el rechazo que inspira la figura de Kirchner en los sectores medios la transformaron en una disputa de vida o muerte. Bastaría que una encuesta de boca de urna mostrara, a las 6 de la tarde, al ex presidente perdiendo por poco, y que, cuatro horas después, el escrutinio lo perfilara como ganador, para hacer estallar un cacerolazo. El oficialismo fue el primero en preverlo cuando reservó para sus militantes la Plaza de Mayo. Después se arrepintieron: dicen que Carlos Heller se quejó de que, en la recta final de su campaña porteña, se sacaran a relucir las fuerzas de choque oficiales.

Sería superficial, y tal vez hipócrita, explicar ese eventual cacerolazo sólo por la baja calidad del proceso electoral. Esas manifestaciones convulsivas de malestar se deben también a que hay un sector de la sociedad para el que el colapso es la única respuesta aceptable a la frustración que produce la política. Los cacerolazos, como los escraches, expresan a una franja de la población que, en el borde de lo infantil, no soporta que la realidad difiera de sus fantasías. La probabilidad de un fraude, que se alimenta en razones objetivas, puede servir también de coartada para que una parte del vecindario salga a protestar porque de las urnas no salió lo que esperaba. Las pésimas prestaciones de la política y el bajísimo respeto de muchos ciudadanos por el ritual institucional son dos caras del mismo fenómeno.

Los vicios del sistema defraudan a los electores, pero castigan también a los elegidos. Es injusto -por supuesto-, pero quizá Kirchner necesite ganar por una diferencia más importante que la que se le pide a cualquier otro competidor para que un triunfo suyo sea aceptado como intachable por quienes desean su derrota.

Ciertas enfermedades de la democracia amenazan con volverse crónicas. Casi todos los partidos políticos han sido, de hecho, clausurados. Los candidatos se seleccionan sin internas, entre cuatro paredes, por el dedazo de un líder providencial. La representatividad puede adelgazar todavía más si, siendo limpios, los comicios no parecen limpios. En tal caso, la Argentina se habrá subido a la máquina del tiempo para desembarcar a fines del siglo XIX, cuando la oposición se conformaba con algo tan elemental como "la pureza del sufragio".

Llamado a la conciencia ciudadana

* En las últimas horas fue reforzada la campaña "Cuidá tu voto", lanzada por varias ONG para que la ciudadanía cumpla con buena predisposición y eficiencia los papeles de presidente de mesa. La iniciativa pretende fortalecer en la conciencia ciudadana la importancia del acto electoral y optimizar los roles de votante, autoridad de mesa y fiscal. La campaña cuenta con la adhesión desinteresada de personalidades del espectáculo, como Ernestina Pais y Gastón Pauls.

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