Francia enarboló las banderas sociales

Por segunda vez en el año, la política conservadora de Nicolas Sarkozy desencadenó una nueva huelga y una polifónica ola de manifestaciones en todo el país. El gobierno dijo que no contempla por el momento poner en práctica otro plan de reactivación.
Nicolas Sarkozy tiene un poder de convocatoria antagónico persistente. Por segunda vez en el año, la política adoptada por el presidente francés ante la crisis mundial desencadenó una nueva huelga y una polifónica ola de manifestaciones en todo el país. Con la idea central de que no tienen la culpa de la crisis pero pagan los estragos que causó, millones de personas salieron ayer a manifestar en contra de las medidas tomadas por el Ejecutivo. Entre dos y tres millones de personas –las cifras difieren, como siempre, entre las fuentes sindicales y las policiales– se aunaron a lo largo de 213 desfiles organizados en todo el país bajo la misma consigna: “Juntos frente a la crisis, defendamos el empleo, el poder adquisitivo y los servicios públicos”. Este solo enunciado diferencia a Francia del resto del mundo. Mientras el planeta asiste asustado e impávido a la escalofriante transferencia de fondos públicos para salvar de la bancarrota al sector financiero privado y a la pérdida de decenas de miles de empleos y beneficios, Francia saca las banderas sociales a las calles para decir que no quiere ser la víctima colateral de la crisis ni pagar el tributo de los privilegios de otros.

Bajo un sol tempranamente primaveral, más de 300 mil personas caminaron en París desde la emblemática Plaza de la Bastilla hasta la Plaza de la Nación. Al igual que en la capital francesa, las regiones también conocieron una movilización espectacular que superó la del pasado 29 de enero. En cambio, si las manifestaciones callejeras fueron más densas, el paro afectó mucho menos a los servicios públicos. Francia se movilizó, pero no se paralizó. El Metro de París funcionó casi con normalidad, al igual que los autobuses. Las perturbaciones no trastornaron la vida de la gente como ocurría en el pasado. Los sindicatos consideraron ayer que tres millones de personas en las calles constituía un éxito y que ahora le correspondía al Ejecutivo dar “respuestas”. Este, por medio de su jefe, François Fillon, dio una respuesta muy clara: el gobierno no contempla por el momento poner en práctica otro plan de reactivación. El primer ministro dijo que había que esperar a que el plan precedente de 26 mil millones de euros comience a “producir sus efectos”. El único anuncio tangible que hizo fue la instalación de un comité de seguimiento que verificará que las medidas han sido aplicadas.

Muy poco para los sindicatos. Las ocho organizaciones que convocaron al paro de ayer se reunirán hoy para decidir el futuro del movimiento. Se puede apostar por su extensión. El Ejecutivo francés mira a la gente desfilar por la ventana, pero no responde a los reclamos. Fillon volvió a excluir ayer el retiro del tan famoso como controvertido escudo fiscal mediante el cual las personas con más recursos se ahorraron mucho dinero. Este curioso dispositivo ofreció un jugoso regalo fiscal a las clases más pudientes, y ello en momentos en que la crisis comenzaba a extenderse por el planeta. El gobierno casi no ha variado su postura. Con un tono paternalista, asegura que “escucha” a la calle, que entiende sus demandas, pero permanece inflexible. Los sindicatos juzgan insuficientes las medidas sociales propuestas por Sarkozy el pasado 18 de febrero –unos 2600 millones de euros– y siguen presionando para que el Estado sea más equitativo con su generosidad. Apoyados por la opinión pública, los líderes sindicales exigen que los dispositivos económicos derivados de la crisis financiera no sirvan sólo para ayudar a las empresas y los bancos en apuros, sino también a los trabajadores y a los consumidores. Pero la lógica planetaria ha impuesto esa conducta: salvar a quienes provocaron la ruptura. El gobierno sigue diciendo “no” y es la forma de ese “no” la que saca a la gente a las calles. La protesta francesa es una mezcla de rabia, decepción e indignación por el destino exclusivo que han tenido los miles de millones de euros que fueron a las cajas de las empresas.

Esa indignación es perfectamente palpable en las formas a la vez violentas y desesperadas, pero también irónicas, que van adquiriendo las protestas. Sarkozy consiguió en muy poco tiempo crear un sólido frente común en contra suyo. Nada más que entre fines de enero y marzo, cerca de cinco millones de personas manifestaron contra su política. Los médicos, los estudiantes, los investigadores, muchos intelectuales, los magistrados y los profesores llevan ya muchos meses de protestas y paros de todo tipo. Con el correr del tiempo, la acción social encontró nuevas formas de expresión, ya sea desde el humor o desde la misma violencia con tomas de empresas y secuestros de sus directivos. En las manifestaciones, el mandatario se lleva todos los premios y las burlas: máscaras, muñecos, juegos de palabras, retratos deformados, caricaturas, el jefe de Estado francés inspira a sus detractores. Ayer, un manifestante parisino llevaba una banderola con Sarkozy vestido como Napoleón, mientras que otro caminaba a su lado con dos retratos: uno de Barack Obama, que decía “Progreso”, y otro de Nicolas Sarkozy, que decía “Regresión”. El lector apreciará de paso lo que ha conseguido Nicolas Sarkozy: que un dirigente estadounidense pase por progresista al lado de un europeo, cuyo país es la democracia más emblemática del planeta y donde existe el sistema de protección social más avanzado del mundo.

De hecho, todo lo que hoy encarna Sarkozy se encuentra en las manifestaciones transformado en broma, caricatura o juego de palabras: el desempleo, la ayuda a los ricos, la sociedad policial, los ficheros con los datos de los ciudadanos, las leyes contra las descargas de música en Internet y hasta sus propias frases. Una chica de 30 años con más diplomas que un profesor llevaba un cartel que decía: “Estudios: bachillerato más seis años de universidad. Eso es igual a no tener trabajo o tener uno con salario mínimo”. Otro señor de cierta edad llevaba un cartel que decía: “Sarko, largá la guita o te secuestramos a Carla”. En la localidad de Nantes, un grupo de opositores organizó un taller de “escritura de quejas” para lanzar el procedimiento de destitución de Sarkozy. Hace unas semanas, los universitarios franceses manifestaban en París lanzando centenas de zapados contra las fuerzas del orden, mientras que otros organizaban un maratón de lectura ininterrumpida del libro Gargantúa, un clásico de la literatura francesa escrito por Rabelais.

Pero a la par de esta forma de manifestar pacífica e irónica se fue forjando otra, violenta y desesperada. El secuestro del director de Sony durante una noche entera; ataques con alimentos, huevos y tomates contra el director de una empresa de transportes; ocupación de una empresa farmacéutica; saqueo de los locales de las empresas que se aprestan a cerrar sus puertas o a despedir personal: poco a poco, los signos de radicalidad se instalan como una opción. Muchos sindicalistas reconocen que la violencia estalla allí donde hubo engaño o traición, es decir, promesas incumplidas.

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