Francia y Alemania desafían a Obama en el arranque del G-20

Hicieron frente común y pidieron una regulación financiera más dura. El presidente norteamericano alertó, por su parte, que la crisis es la más severa desde la II Guerra Mundial. Y agregó que la situación exige actuar con urgencia y en unidad.
El "Obama Show" desplegó ayer todo su charme y optimismo para desdramatizar las diferencias sobre regulaciones bancarias y paquetes de estímulos, ante los abiertos desafíos de Alemania y Francia que exigen una regulación financiera más dura. Obama pidió encontrar una solución común en la cumbre de los 20, que se inicia hoy en Londres.

El presidente norteamericano Barack Obama anunció, en una conferencia conjunta con el primer ministro Gordon Brown en la cancillería británica, que no había desacuerdos sobre la necesidad de los gobiernos de fortalecer sus economías sino normales discusiones sobre cómo hacerlo.

Obama dijo con una sonrisa: "La idea de que los gobiernos deben tomar medidas para lidiar con un mercado contraído y restaurar el crecimiento no está en disputa. Aquí, todos tenemos la responsabilidad de actuar con urgencia. No se equivoquen: estamos enfrentando la más severa crisis económica desde la Segunda Guerra".

Era su calma respuesta a las amenazas del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de "dejar la silla vacía" en la cumbre si no se regulaban las instituciones bancarias, los hedge founds y los paraísos fiscales, en coincidencia con la canciller alemana Angela Merkel.

En una guerra de conferencias de prensa, Merkel y Sarkozy dejaron de lado su antipatía mutua y se unieron en una advertencia pública y abierto desafio a Obama, al convocar a la prensa internacional para que los escuchara.

"Sin una nueva regulación financiera no habrá confianza y sin confianza, no habrá recuperación. Eso es para nosotros un objetivo no negociable", dijo Sarkozy.

Los dos lo necesitaban por razones meramente politicas: Merkel tiene elecciones este año y Sarkozy pierde fuertemente popularidad, aunque Francia sea el país europeo donde la crisis es menos evidente.

Gordon Brown prefirió el humor para evaporar el enrarecimiento que Sarkozy provocó con una batalla de relaciones públicas domésticas que ya tiene ganada porque el G-20 va a recomendar regulaciones bancarias. Pero el líder francés busca que su triunfo le otorgue cierto crédito interno.

"Yo estoy confiado en que el presidente Sarkozy no sólo estará para el primer plato sino que seguirá durante toda la cena esta noche", dijo Brown entre las carcajadas de los periodistas en el salón del Foreign Office.

Sarkozy llegó a la comida en Downing Street pero último, rompiendo el protocolo que ordena que el último en llegar debe ser el más senior: en este caso, el presidente brasileño Lula da Silva. No estaba junto a Sarkozy Carla Bruni, su espectacular esposa y "arma secreta francesa", según la bautizó la prensa británica.

En un primaveral día de sol, Obama y su esposa Michelle llegaron a Downing Street en su primera actividad de su viaje inaugural a Europa. ¿La primera sorpresa? Los espontáneos aplausos con que los recibió el staff de la residencia del primer ministro, que ha visto pasar a los más importantes líderes mundiales por sus salones. Espontáneos, antiprotocolares, los Obama saludaron a la prensa, que les gritaba desde la vereda de enfrente, ante la sorpresa divertida de Michelle en la mítica puerta negra del 10 de Downing Street.

Así se inició la segunda ronda de negociaciones bilaterales antes del G-20: un gesto que produce celos en el Viejo Continente. El temor es que, en nombre de la "relación especial" que une a ambos paises, acuerden un plan común que no contemple los intereses europeos.

"Estamos aquí a horas de acordar un plan global para la recuperación económica y la reforma", dijo Brown, para devolver la pelota al campo de Merkel y Sarkozy. Pocas horas después, el francés insistió en que "no hay un firme acuerdo" y sólo "proyectos sobre la mesa", que "no son apoyados por Francia y Alemania",

Obama reiteró su llamado para que todos los países provean un paquete de estímulo para reactivar la economía y advirtió que Estados Unidos no promoverá sólo el crecimiento. Según su visión, la recuperación dependerá de lo rápido que los países adopten medidas de regulación, reformas de instituciones financieras internacionales, liberen a los bancos de sus tóxicos y ayuden con capitales a las economías emergentes, al mismo tiempo que se evite la caída de los países más pobres.

En la conferencia de Obama casi no hubo preguntas. Brown y el norteamericano hablaban como si se conocieran de toda la vida. Se elogiaban mutuamente y hablaban con humor, en un clima informal, divertido y sobre todo, optimista.

Hasta Obama tomaba agua de la botella en la protocolar Gran Bretaña.

Los Obama fueron recibidos a solas por la reina Isabel en el palacio de Buckingham, en una audiencia especial. Cuando el norteamericano dijo a la reina que había visto al presidente chino, al ruso y al premier británico, el príncipe Felipe -marido de la soberana- salió con uno de sus chistes típicos: "¿Y usted cómo puede diferenciar uno del otro?". Con su metro ochenta y dos, los Obama parecían dos gigantes en la foto oficial al lado de la reina.

La pareja llegó temprano a la comida en Downing Street. Los otros invitados estaban encantados. Todos querían hablar con ellos. El menú fue muy británico: cordero galés, papas de Jersey y esparragos de Cornwall, el ducado del príncipe Carlos. Como era una cena de trabajo, los líderes y sus esposas comieron separados.

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