Las fracturas en el sistema, expuestas como nunca antes

Cada vez hay más cuestionamientos al ayatollah Khamenei, un hecho sin precedente en el país
TEHERAN.- Dispersos, desalentados y apaleados, con muchos compañeros en prisión y bajo tortura, decenas de muertos y cientos de heridos, muchos activistas de la oposición tienen sus esperanzas puestas no en Teherán, sino en la ciudad sagrada de Qom. "Pensamos todos los días en Hashemi [Rafsanjani]", dice uno de los pocos periodistas independientes que todavía no han sido encarcelados, que para seguir como está prefiere no dar su nombre.

"Ha avanzado en sus conversaciones, en el sentido que tendrá su propuesta. Parece que su primer paso no ha sido proponer la destitución del líder supremo (el ayatollah Ali Khamenei), sino reunir firmas para pedir la anulación de las elecciones."

Ayatollah y presidente de Irán de 1989 a 1997, Rafsanjani es uno de los tres políticos más poderosos del país, sólo por debajo de Khamenei y del presidente Mahmoud Ahmadinejad. Padrino político del candidato opositor Mir Hossein Moussavi, Rafsanjani encabeza la Asamblea de Expertos, un órgano clave porque es el que designa al líder supremo y puede destituirlo. Sin embargo, la remoción de Khamenei sería un acto demasiado grave que los miembros de la Asamblea no se van a tomar a la ligera, ya que el líder supremo, de acuerdo con la Constitución, es nada menos que "el representante de Dios sobre la Tierra", base fundamental del sistema político-religioso iraní, que lo coloca por encima de las instituciones democráticas, como supervisor y magno corrector de éstas. Destituir al líder supremo representaría admitir que el sistema puede fallar, por más origen divino que tenga.

Descontento

Por otro lado, los jerarcas chiitas nunca han estado muy contentos con Khamenei. De 1981 a 1989, cuando el padre de la República Islámica, el ayatollah Ruhollah Khomeini, era líder supremo, Khamenei era el presidente. El sucesor previsto de Khomeini era el gran ayatollah Ali Montazeri, pero cayó de su gracia cuando denunció que en las cárceles se estaba torturando a los prisioneros, y desde entonces vive bajo arresto domiciliario. Khomeini murió en 1989. Ante la oportunidad, Khamenei quiso aprovechar el vacío, pero su rango de hojatoleslam era insuficiente para ser ascendido a líder supremo. Viejo lobo, maniobró para que lo convirtieran en ayatollah, a pesar de que le hacían falta dos décadas de estudios, y sustituyó a Khomeini. Esto no cayó bien en el clero, donde hay 18 grandes ayatollahs como Montazeri, que consideran tener mejores méritos que Khamenei y que aún ahora lo ven doctrinalmente inferior.

Rafsanjani ha optado por dar pasos graduales. Mientras se intensificaban las protestas en las calles de Teherán, él se recluyó en Qom para hacer lobby, y se rumorea que ha logrado que 40 de los 86 miembros de la Asamblea de Expertos firmen una carta que pide anular los comicios del 12 del actual.

En algún sentido, todo este conflicto parece innecesario, pues más allá de los sentimientos de la gente hacia el sistema, los líderes de todos los bandos son hombres de la República Islámica que antes de las elecciones no tenían interés alguno en liquidarla.

El descaro con el que se realizó el fraude y el respaldo sin condiciones y brutal que dio Khamenei al presidente, sin embargo, están empujando a los opositores hasta el límite del sistema, cuyo pilar más importante quedó en cuestión: el líder supremo debe ponerse por encima de discrepancias y actuar en beneficio de la nación, no de una de las facciones. En los últimos diez días, la calle se ha llenado de gritos de "muerte a Khamenei", nunca antes escuchados.

Las gestiones de Rafsanjani podrían tener éxito y el poder de Khamenei sería acotado o reemplazado por un triunvirato de clérigos, según las versiones. Por otro lado, Ahmadinejad podría imponerse con un régimen abiertamente autoritario y excluyente, destinado a sobrevivir o caer en medio de una violencia cada vez mayor.

En cualquier caso, hay una fractura en el sistema que nunca ha sido más profunda, y una parte muy grande de la sociedad lo cuestiona como nunca antes. Como ha advertido Moussavi con pesar, lo que ocurre ahora parece estar dándoles la razón a quienes piensan que "república" e "islámica" es una conjunción imposible, que religión y Estado no pueden mezclarse. Aun si consiguen suprimir las manifestaciones, al descontento se le van a sumar la frustración y un enorme resentimiento, que tarde o temprano volverán a aflorar.

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