Forro

Por Reynaldo Sietecase.

El forro es un salvavidas. Pero el Papa sugiere que en el medio de la mar no hay que utilizar el salvavidas. El HIV es más duro con los que menos tienen. En ese sentido es parecido a la inseguridad.

El forro es un salvavidas. Pero el papa Benedicto XVI sugiere que en el medio de la mar no hay que utilizar el salvavidas. El virus del HIV no respeta razas, género, credos religiosos, edades ni clases sociales. Se trata de una enfermedad infectocontagiosa que castiga con más ferocidad a los más pobres. No es un dato novedoso: como casi todos los males del mundo, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida es más duro con los que menos tienen. En ese sentido es parecido a la inseguridad.

Si bien los científicos no han logrado todavía una vacuna, para los pacientes europeos y americanos, la enfermedad se transformó en un mal crónico que, tratado correctamente, ya no conduce a la muerte. La combinación de políticas de prevención y la difusión de los cócteles de drogas han dado sus frutos.

Pero ocurre que las buenas noticias nunca llegan al África. En ese continente vive el noventa por ciento de los infectados del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, unos 27 millones de africanos portan el virus en la sangre. Según las mismas estadísticas, 6.500 africanos mueren cada día. En ese lugar, el Santo Padre aseguró que “el preservativo no resuelve sino que agrava los problemas”. El papa Joseph Ratzinger hizo caso omiso a los pedidos de sacerdotes y misioneros de la región que solicitan al Vaticano que autorice a los hombres casados a utilizar preservativos cuando uno de los cónyuges tiene sida.

“Aquí, en el África, como en otras partes del mundo, numerosos hombres y mujeres anhelan oír una palabra de esperanza y de consuelo”, dijo Benedicto XVI desde el avión que lo transportaba a Camerún. Después recomendó abstinencia sexual, castidad y fidelidad como las barreras fundamentales para evitar la expansión de la enfermedad. Los contagios en África son, en su mayoría, por trasmisión sexual.

En el año 2000, Mark Schoofs ganó el premio Pulitzer con una serie de artículos llamados: “Sida, la agonía de África”. Para completar sus notas, publicadas en The Village Voice, realizó cientos de entrevistas en nueve países. Bajo el título “El virus alumbra una generación de huérfanos”, escribió:

“No sacaron de clase a Arthur Chinaka. El director junto a Simon, tío de Arthur, esperaron a que terminaran los exámenes del día antes de darle la noticia: el padre de Arthur, cuyo cuerpo era ya una ruina por culpa de la neumonía, había muerto finalmente a causa del sida. Se temían que Arthur, a sus 17 años, se dejara ganar por el pánico, pero no. Le quedaban todavía dos días de exámenes así que, mientras su padre reposaba en el depósito de cadáveres, Arthur terminó sus exámenes. Eso ocurrió en 1990. En 1992, un tío de Arthur, Edward, murió de sida. En 1994, su tío Richard murió de sida. En 1996, su tío Alex murió de sida. Todos ellos fueron enterrados en la misma aldea en la que habían crecido y en la que todavía viven sus padres y el propio Arthur, un conjunto de chozas de techo de paja en las montañas cercanas a Mutare, junto a la frontera de Zimbabwe con Mozambique. Pero el VIH aún no ha terminado con su familia. En abril, el cuarto de sus tíos estaba postrado en su cabaña, entre toses, y el virus había vuelto ciega a Eunice, una tía de Arthur, a la que había dejado tan escuálida y débil que era incapaz de andar sin ayuda. Para septiembre, ambos estaban muertos. Lo más horripilante de esta historia es que no se trata de algo excepcional”.

Los muertos de África valen menos que los muertos de cualquier otro sitio del mundo. Para comprender mejor la tragedia de África, Schoofs establece la siguiente comparación: en un año, “todas las guerras de África acabaron en conjunto con la vida de 200.000 personas. El sida mató diez veces ese número”. Y aporta una imagen contundente: el comercio de esclavos mató alrededor de 25 millones de personas en 500 años, el sida en menos de dos décadas dejó un saldo de 11 millones de muertos.

La mayoría de las víctimas pertenecen a la llamada población activa, entre los 10 y los 49 años. La asistencia sanitaria per cápita de África no llega a los diez dólares; en algunos países desarrollados llega a los 10 mil. La corrupción es la principal aliada del virus. La ayuda internacional para combatir el sida en el continente donde comenzó su historia la humanidad es cuantiosa pero la mayor parte de esos fondos no llega a destino. La falta de educación y la insalubridad completan el trabajo de exterminio.

En ese continente castigado por la pandemia, la guerra y la miseria, el catolicismo no para de crecer. Según publicó Julio Algañaraz esta semana en Clarín, en 1990 los bautizados eran un millón y en la actualidad llegan a 150 o 160 millones. El Papa hablará mañana en la capital de Camerún con obispos de 52 países. Quiere que 2009 sea “el año de África”.

En medio de la mar un salvavidas no garantiza nada pero por lo menos evita que te hundas. Una vez a flote, hay que poner la confianza en Dios, en el destino o en la buena suerte. En medio de la mar sin salvavidas te hundís, irremediablemente.

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