Hay fondos, pero la confianza aún es un bien escaso

Por Hernán de Goñi

Nadie duda de que la construcción es uno de los sectores que más contribuye a dinamizar la economía. Desde que Franklin Roosvelt ayudó a EE.UU. a salir de la Gran Depresión con un gigantesco plan de obras financiadas por el Estado, ningún dirigente político se privó de hacer su propia apuesta a favor de esta fórmula. En medio de una crisis global tan profunda como actual, también queda claro que la antorcha de este modelo hoy la enarbola Barack Obama, quien se propuso superar la marca impuesta hace 70 años por el promotor original del modelo keynesiano.

En la Argentina, la administración de Cristina Kirchner comparte el mismo deseo que moviliza a la mayoría de los gobiernos del mundo: ofrecer herramientas para detener la caída del consumo y lograr que repunte la actividad.

Bajo este objetivo hoy se lanzará una nueva línea de créditos destinados a refaccionar viviendas. No serán préstamos hipotecarios, sino personales, como los que tienen en su menú la mayoría de los bancos privados. La intervención del Banco Hipotecario contribuirá (se supone) a mejorar el costo y el acceso.

El anuncio no ofrece respuesta sobre algo más importante: por qué está paralizado hoy el crédito. Y en ese aspecto parece que no hay avances. El malogrado Plan Inquilinos que diseñó Guillermo Moreno antes del estallido de la crisis demostró que la oferta de fondos no funciona por sí sola, si no se trabaja sobre los factores que traban la demanda. Varios de los planes que lanzó Cristina Kirchner tropezaron con la misma piedra: la falta de certeza que tienen los destinatarios de esta línea sobre sus ingresos. La confianza, el combustible de todos los sistemas financieros, sigue huérfana.

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