La flotación administrada del dólar, fuera de foco

Por Eduardo Luis Curia

Economista

El Banco Central fue apartándose en su política cambiaria del tipo de cambio competitivo como referencia esencial. Hay razones que legitiman un nivel cambiario superior, más cercano al equilibrio pro-desarrollo

El concepto de ‘flotación administrada’ es muy zarandeado en el país. Pero, su alcance luce impreciso. Una solución consiste en afirmar que la flotación administrada es lo que el Banco Central (BCRA) hace y dice que es. No compartimos esta visión reduccionista e insistimos en las razones al respecto.

No discutimos aquel concepto en sí. La flotación administrada es un régimen cambiario en principio dejado al accionar del mercado, pero, en el cual, la autoridad monetaria interviene intensa y sistemáticamente (esta incidencia es más fuerte que en la flotación sucia). Tratadistas importantes de la flotación administrada aclaran, a su vez, que un régimen de ese tenor persigue cierta meta de cambio real, aunque no de un modo explicitado en detalle.

Este último factor -visto como un tipo de cambio real competitivo- resultaba clave para lo que fue la destacada experiencia económica de 2003(2002)-2007, puesto que constituía el eje de la estrategia de crecimiento acelerado. Las propias autoridades del Gobierno aludían a ello en su momento. Es verdad, en cambio, que el BCRA, por su parte, siempre mantuvo total mutismo en el tema. Sea en general, sea en detalle.

Más bien, el BCRA enunció un objetivo de tono más vaporoso, como el de la contención de la volatilidad cambiaria. En principio, esto pinta plausible y puede aportar a la gobernabilidad en el frente considerado. Pero, si la volatilidad, como es obvio, significa ‘desviaciones’ u ‘oscilaciones’ con relación a determinado valor, es crucial precisar cuál es el valor de referencia esencial a computar.

Justamente, lo que se constató con el tiempo es que, de facto, el BCRA fue apartándose en su política cambiaria del tipo de cambio competitivo como referencia esencial. No sorprende, por ende, y esto ya antes de que se radicalizara la crisis externa -aplicando una medición correcta, exenta de eufemismos- que el tipo de cambio vigente arrastrara una pérdida de paridad cambiaria del 35/40% con respecto del nivel de equilibrio dinámico pro-desarrollo, que es el relevante.

Verificada esa radicalización y producidas devaluaciones en nuestro entorno en virtud de la misma, emergía la ocasión propicia para, dentro de un planteo global, proceder a remover lo más posible aquella pérdida que ya venía como antecedente. En su lugar, el BCRA optó por una política procíclica de represión cambiaria, a la que, sí, las circunstancias obligaron a modificar en parte en cuanto al valor de la divisa.

Hoy, la acepción de gobernabilidad o antivolatilidad de la autoridad monetaria -aprovechando cierta apreciación nominal del real brasileño (no se olvide, de paso, que en Brasil se registró deflación de precios) y algún repunte del precio de los commodities, y omitiendo la problemática de arrastre- remata en un vigente nivel cambiario situado un 25% por debajo del equilibrio cambiario.

Para nosotros, y en una instancia tan delicada de la economía, existe una visión más rica de la gobernabilidad cambiaria. Así, y en perspectiva, hay recias razones en materia de dinámica de la actividad económica y del empleo, de recaudación fiscal por vía directa e indirecta, y en lo ligado al comercio exterior (para que el superávit comercial se deba menos a la recesión), que legitiman un nivel cambiario superior, más cercano al equilibrio pro-desarrollo, empalmando con una regla de sostenimiento (real) en el tiempo.

Esto no se logra con ajustes homeopáticos: corresponde al inicio cierto ajuste ‘discreto’. Pero, tampoco se trata de un ajuste brusco como el que teme el ministro Boudou. No estamos aun como en el 2001/02. Es una adecuación ponderada. Además, no cabe como resorte aislado, sino como eje de un programa macroeconómico integral de reconstitución, que debe articular al conjunto de las variables macro. Un programa así podría neutralizar cualquier contraindicación al respecto y aportar al progresivo freno de la fuga de capitales. En rigor, la flotación administrada está bien; el problema es su manejo.

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