Final para un pasatiempo

Por: Ricardo Kirschbaum

La decisión radical pone final al pasatiempo del diálogo que puso en marcha el Gobierno después de la derrota electoral. Fue un final previsible: la dinámica de esta actividad, inédita para el oficialismo, consiste en una serie de reuniones en las que se expresan posiciones políticas que son escuchadas estoicamente por los funcionarios anfitriones. Pura formalidad: desde el vamos, no tenía alcance alguno para el Gobierno.

Hasta ahora, el diálogo así planteado ha sido funcional a la estrategia kirchnerista de ganar tiempo y reagrupar fuerzas. Ya se sabe que el Gobierno tiene la idea de que la sociedad le dio un gigantesco cheque en blanco en octubre de 2007, cuando fue electa Cristina. Según ese criterio, los planteos de modificaciones del rumbo oficial, sobre todo después del 28 de junio, son extemporáneos. Las concesiones han sido sólo formales; el diálogo, una formidable herramienta de la democracia, se ha convertido en una actividad pasatista.

El radicalismo protesta ahora pero debería también reflexionar sobre su asistencia sin condiciones a la convocatoria del Gobierno. Es cierto que muchas veces la oposición reclamó por la falta de diálogo, que ha sido uno de los rasgos notorios de la rigidez kirchnerista.

Sin embargo, lo que tenuemente apareció como incipientes señales de cambio, con promesas de discutir temas postergados, pronto quedó claro que sólo se trata de otra simulación.

La UCR podrá enojarse ahora por lo que no planteó antes de ir a la Casa Rosada. Pero no se preguntó, por ejemplo, sobre las condiciones necesarias que se debían cumplir para que esta decisión sea efectiva. Fue un error de cálculo.

Al final, le dieron la razón a Carrió, la aliada que rechazó ir a ese acto funcional al Gobierno.

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