Final de campaña

Por Natalio R. Botana

Falta una semana para que culmine una campaña electoral vacía de argumentos. Se entiende que en una campaña se supriman los gestos de debilidad; pero resulta incomprensible -salvo que nos resignemos a una inevitable declinación del temperamento cívico- que los candidatos hayan llegado al extremo de fusionarse con sus propias caricaturas. En medio de tanta barahúnda, podría ser más fértil analizar estos torneos con el auxilio de Federico Fellini (el genio del cine que desenmascaró el grotesco en la televisión) que mediante los conceptos propios de la teoría política.

Así estamos, siguiendo la línea del magistral director de tantos films inolvidables: en un punto de una de las culturas que heredamos, el C avalieri Berlusconi; en otro, el sonido y la furia que arrojan nuestros protagonistas, a quienes, acaso para preservarse de tanto ilusionismo, no se les lleva demasiado el apunte. Y sin embargo, esta campaña tiene al menos la virtud de señalar aquello digno de ser reformado gracias a la dinámica de la democracia, que siempre insinúa salidas posibles.

Reforma pues de las leyes y reforma de los estilos de los liderazgos. Tal debería ser el norte. En sentido contrario, la decisión de los gobernantes del último sexenio, que sistemáticamente han dejado de lado la tarea pendiente de la reforma política, está dando sus frutos más amargos. Nada se ha hecho para reforzar los partidos y, de paso, simplificar los procedimientos electorales. Nada han avanzado las conductas capaces de superar la perniciosa manía de las campañas negativas que se organizan con el exclusivo objeto de destruir a los adversarios.

En este pantano de las costumbres, el oficialismo viene desarrollando desde hace años varias tácticas concurrentes en las que también suele participar algún sector de la oposición. La droga, el enriquecimiento ilícito y algún juez adicto que nunca falta a la cita, son los ingredientes de estos enredos tóxicos.

Hasta hace pocos días parecía que estas acciones lograban producir el efecto deseado por el poder. La buena noticia es que ahora la opinión no parece encolumnarse con tanta docilidad tras estas maniobras. ¿Signo de que la razón pública se abre paso entre esas manipulaciones de las imágenes y de los instintos de los electores? En todo caso, este frenesí por obtener un triunfo a cualquier precio obedece a errores cometidos previamente. El kirchnerismo transformó estas elecciones parciales en un plebiscito ratificatorio de la política que lleva a cabo desde hace seis años; cambió con tal propósito las reglas de juego, afectando la legitimidad del proceso electoral; asumió, en fin, la competencia democrática como un combate a todo o nada.

Aunque en estas semanas se armaron discursos conciliadores, este punto de partida no sufrió mayores modificaciones. Debido a que las inclinaciones hegemónicas prevalecieron en estos años sobre la deliberación y el consenso, la lucha electoral no hizo más que reproducir esa manera de concebir el ejercicio del poder. Les fue muy bien, impulsados por el viento de cola de la bonanza económica, en 2005 y en 2007, cuando se verificó esta estrategia con pingües resultados. Como no parece que la historia se repita este 28 de junio, las contradicciones inherentes a esta modalidad de gobierno saldrán inevitablemente a la luz.

Si la definición política es hegemónica, entonces el hecho de caer derrotado en una elección intermedia, o de quedar en situación de empate, puede adquirir visos de catástrofe. Si, en cambio, el Poder Ejecutivo juzga valiosas las negociaciones y transacciones propias del régimen representativo, entonces esa hipotética caída en las preferencias electorales podría convertirse en una oportunidad para gobernar sobre bases más amplias. Este sea tal vez el mensaje que podrían enviar las urnas: cambiar para conciliar y armar coaliciones permanentes u ocasionales. ¿Se podrá montar ese escenario tan difundido, por otra parte, en los regímenes presidenciales, el de Brasil entre otros? Es una pregunta que, naturalmente, queda abierta.

De aquí la importancia que adquiere la provincia de Buenos Aires, en particular el Conurbano, en tanto última defensa de un estilo que parece apagarse. No obstante, sobre esta delimitación del campo de batalla se desenvuelve hoy una lógica de la polarización que, paradójicamente y contra su propio interés, desencadenó Néstor Kirchner.

En esta puesta en escena del combate, la lógica basada en el enfrentamiento entre dos contendientes, que elimina o reduce a los terceros en discordia (léase el Acuerdo Cívico frente a los justicialismos oficialista y disidente) puede jugar en contra del ex presidente porque los adversarios tienden a no dividirse cuando convendría que lo hagan. Este es otro efecto de la definición hegemónica de la política que es siempre bipolar. Nosotros o ellos; amigos y enemigos: el antiguo apotegma del "divide y reinarás" resulta ajeno a esta obsesión.

La consecuencia de este juego con rasgos agónicos es que, por haber llevado las cosas a semejantes extremos, en la provincia de Buenos Aires puede arreciar una "peronización" del mundo político que captura el electorado por derecha e izquierda. Envueltos en la campaña negativa y en los desplantes mediáticos, los dos peronismos libran la batalla en nombre de las mismas tradiciones. Un verdadero monumento a la confusión de las palabras.

¿Pero es que acaso las palabras y las ideas tienen algo que decir? Muy poco en términos colectivos pues han perdido el vehículo que debería conducirlas. Este medio del transporte cívico de la ciudadanía es el partido político, hoy reducido a meras plataformas de distrito desde donde se lanzan las futuras candidaturas presidenciales. De este modo, cobra vigor el federalismo electoral, aunque sólo en un aspecto negativo, mediante la dispersión de los candidatos que se repliegan y cuentan los tantos en sus respectivos distritos: Kirchner y De Narváez en territorio bonaerense, Macri en la Ciudad de Buenos Aires, Reutemann en Santa Fe, Julio Cobos en Mendoza.

¿Qué institución nacional de carácter programático articula hoy estas pretensiones dispares? Por el momento ninguna debido al garrafal equívoco de olvidar que sin partidos capaces de seleccionar liderazgos, la política puede transformarse en un bazar de ofertas respaldadas por el dinero y los aparatos mediáticos. En el curso de esta semana, asistiremos a un bombardeo de propagandas oficiales ejecutado por el gobierno nacional y por los gobernadores de provincia y de distrito. Un abuso de los dineros públicos poco congruente con la difícil obra de recrear partidos con vasto alcance. De lo contrario, seguiremos empantanados, reproduciendo este carrusel de consignas.

Hablábamos hace un par de meses del cambio de piel que está experimentando el justicialismo. El fenómeno sigue evidentemente en marcha. Pero quizá sea necesario imaginar estos cambios en el ámbito extendido que envuelve al oficialismo y a la oposición. En algún momento deberíamos volver a las cosas fundamentales. Y del mismo modo, como no hay que jugar con los fundamentos de la macroeconomía, tampoco hay que hacerlo con los fundamentos de la política. En democracia, estas cosas básicas consisten en practicar y perfeccionar el arte de la mediación por medio de grandes partidos. El porvenir deseable debería estar, pues, en manos de los reconstructores de partidos. Mi impresión es que, lentamente, están surgiendo.

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