El final del cambio

Por: Ignacio Zuleta

En el método está la mediocridad de la decisión, no en las personas. El corte de baraja que es el cambio del gabinete revela lo más rancio del método Kirchner: los ministros no están para gobernar porque todo se decide en el matrimonio.

El público pide cambios de elenco, ¿para qué traer gente de afuera? Basta con maquillajes urdidos con los mismos de siempre, que ni son malos; apenas sirven para ocupar una silla a la espera de otra. Demasiado follaje para disfrazar dos novedades: el despido de Sergio Massa y el de Carlos Fernández, lo más decorativo que ha visto un gabinete en mucho tiempo.

Como todo en los gobiernos Kirchner, al final se impone la estética sobre el esfuerzo.

La estética mostró anoche a Cristina de Kirchner en la mesa principal de la cena de camaradería de los militares con dos ganadores de esta crisis, Florencio Randazzo y Julio De Vido. Lucía más firme éste, que se desprendió del peligroso Ricardo Jaime, impuso a Julio Alak en Justicia y a Mariano Recalde en Aerolíneas. El primero sonreía mientras saludaba a los jefes militares; pudo ser jefe de Gabinete, pero también pudo irse a su casa.

El otro retrato, también para la estética, era Sergio Massa, pasadas las diez de la noche, contando a periodistas que él había irrumpido en el despacho presidencial tres horas antes, apenas se enteró de que había llegado Cristina de Kirchner, y le arrojó la renuncia al grito de: «Me voy, la situación con Néstor no da para más». Según esa fábula casi infantil, la Presidente respondió sacando de la mano el cambio de medio gabinete.

¿No advirtió Massa el detalle central de esta historia, que Aníbal Fernández estuvo a solas con la Presidente dos días en la aventura hondureña? Aníbal F. subió ministro del Interior al Tango 01 y bajó jefe de Gabinete. Debió advertir estos gestos Massa cuando el lunes intentó todo el día comunicarse con Olivos y nadie respondió. Eran horas en las que Cristina comunicaba a los reemplazantes cómo se daría la noticia, que fue otro clásico: primero se supo por la TV y alguna página web amiga del Gobierno.

Massa descontaba este despido desde hacía rato; los Kirchner lo habían hecho responsable de más de una fabricación de prensa contra ellos y contra otros funcionarios. Lo habían bautizado con apodos innobles como «Massita» o -para uso exclusivo en Olivos- «Manzanito» (evocación de otro ministro odiado por su presidente).

Difícil que algo cambie con este maquillaje; tampoco es lo que quiere el matrimonio, que se sube por las paredes cuando le piden de la oposición y desde el sector de la prensa que eche funcionarios. ¿Por qué habrían de hacerlo? Alberto Fernández se fue porque pedía la cabeza de Guillermo Moreno; Massa se va por lo mismo. A menos que lo arrastre un tercer cambio de gabinete que se discutió anoche en Olivos para después de la minivacación que inician el jueves los Kirchner en El Calafate, la confirmación del secretario de Comercio -un no cambio- es la principal novedad de anoche.

El revoleo de nombres abortó también la iniciativa más sana que había amagado emprender Cristina de Kirchner la semana anterior: hacer un relevamiento de cuál es la opinión dominante sobre el rumbo del Gobierno en analistas privados, medios de comunicación, empresarios, lobbystas y demás influyentes. Se lo encargó al gobernador del Chaco, hoy uno de los pocos interlocutores con la política real que tienen los Kirchner, quien se dedicó a esa faena toda la semana que pasó. El objetivo de la Presidente era resumir en una minuta qué medidas debería tomar para reconciliarse en paz con el público que se pronunció en las elecciones en contra de la agenda Kirchner. El emisario se reunió el viernes que pasó con la Presidente y pasó la tarde del sábado a solas con Néstor Kirchner en Olivos. El informe repetía lo que se conoce: salida de Moreno, acuerdo en el Congreso con la oposición, resignación del estilo de confrontación, retomar los acuerdos con acreedores (holdouts y Club de París). Actuó también como vocero de la necesidad de que el oficialismo no tuviera dos agendas (Kirchner-Cristina; los Kirchner-Scioli); también como gerente de un encuentro de la Presidente con los gobernadores del peronismo, algo que ocurrirá la semana que viene. Ahora se sabe qué agenda terminó por imponerse en Olivos.

Estos retoques expresan una crisis que es fácil explicar si se entienden los «fundamentals» del kirchnerismo: la principal forma de acumulación de fuerza para un Gobierno que ha expresado cuanto más el 30% de los votos ha sido deslegitimar todos los foros de discusión política. Es el motivo de los desaires al Congreso, a la Iglesia, a los militares, a los organismos internacionales, a las ONG como el CARI, IDEA, y también al gabinete de ministros. ¿De quiénes eran jefes de Gabinete Alberto Fernández o Massa? No del elenco que figura del organigrama de Gobierno, pero sí de la mesa chica que forman los Kirchner. Ellos son Carlos Zannini, Héctor Icazuriaga, Julio De Vido, el verdadero Gobierno.

Por eso no importan los otros nombres, intercambiables unos por otros, y cualquier enroque no sirve a una mejor administración a otro «fundamental» del kirchnerismo, que lo es también de todo Gobierno en la Argentina contemporánea: tratar de sostenerse en el poder porque todos los que últimamente han pasado por ahí han tenido que irse antes. ¿Un error? A la política no sólo hay que verla desde el llano, en donde están sus víctimas; hay que verla también desde la perspectiva de quien hace política desde el Gobierno, y lo que desde acá se ve como un error puede ser un acierto. Al menos en función de los intereses de quien manda, que en la Argentina atrae más a los gobernantes que el servicio del interés público.

Sostenerse en el Gobierno es -para los Kirchner- sostenerlo a Moreno, también resistir en el INDEC para que no se sepa que se distribuye hoy peor que ayer -eje central de la ideología de Estado, entendida como justificación de lo que se hace-. Frente al viento que pide cambio, la respuesta es no cambiar y en eso a los Kirchner les asiste razón. Saben cuál es su interés y, en este punto, nada mejor que no cambiar nada.

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