Figueredo, ATE y la Justicia

Las historias se escriben o repiten oralmente, los nostálgicos las retienen en la memoria.
Como esto último es así, los memoriosos compañeros de Juan Figueredo recordarán cuando anunció en el local de ATE de calle Salta, poco después de asumir Cámpora a la presidencia de la Nación, su alejamiento de la JP con la intención de organizar la otra Juventud: la Trabajadora Peronista, JTP. Dejaba la conducción juvenil en manos de otros entusiastas militantes: Arturo Franzen y el Colorado Juan Zaremba, después asesinados en Margarita Belén.

Figueredo, que estuvo en contra de la lucha armada en democracia, sintetizaba con claridad cómo se puede ser progresista y revolucionario en libertad sin el uso de las armas

Mientras él, con un nutrido grupo de compañeros, se aprestaba a formar los cuadros de laburantes con el objetivo de luchar contra la burocracia sindical. “Aunque no todos son burócratas -manifestaba- Entre ellos hay verdaderos luchadores con quienes debemos unirnos para formar una nueva línea de dirigentes con sentido de clase”. Se refería a los gremialistas Jerónimo Calvo, el Polaco Jorgensen y Lino Fornerón, a quienes respetaba. Si bien los combatió, repudió la muerte de José Rucci cuando manifestó “Las armas en la democracia no se usan”. Maestro por vocación y luchador por convicción, empezó a ganar la consideración de la gente y el respeto de sus pares por su tenacidad participativa, aún en aquellos que no compartían su ideología. Era el tributo que recibía en el siempre difícil reconocimiento del hombre en su medio.

En julio de 1974, en víspera del recordatorio a Eva Perón, asistía impotente junto a sus compañeros al incendio provocado por manos anónimas del local de la JP en la esquina de Beato Roque González y Coronel Alvárez. Días después, asesinaban en Buenos Aires al militante Rodolfo Ortega Peña. Con dolor, declaraba al diario el Territorio de la época: “Esta muerte y el asalto a nuestro local son parte de un plan de acción contra las organizaciones populares, que hoy tienen una formidable oportunidad de organizarse tras la muerte de Perón. La organización será el punto de partida por la institucionalidad que implica nuestro movimiento, basado en la elección directa y democrática de nuestros representantes”.

Él, que estuvo en contra de la lucha armada en democracia, sintetizaba con claridad cómo se puede ser progresista y revolucionario en libertad sin el uso de las armas.

Después del golpe de marzo de 1976, Juan fue apresado y fallecería estoico en la mesa de tortura a manos de los sicarios de la obediencia debida. Se fue de este mundo sin el sueño cumplido de asistir a la vigencia de la libertad sindical por la cual había luchado tanto. Pero he aquí, que 32 años después, el fallo de la Corte Suprema a favor de un grupo de ATE, revirtió la situación y abrió la brecha a la libre elección gremial, objetivo que no pudieron conseguir hasta el presente los sindicatos progresistas ante los sucesivos gobiernos democráticos.

Igual, debe entenderse, la lucha futura no le será fácil al novel movimiento en gestación, pues la burocracia dará pelea. Está a la vista con reyertas y muertes callejeras y no entregará fácilmente sus mullidas poltronas. La movida deberá extenderse como una lenta mancha de aceite en el papel de la vida sindical. Así, nada podrá detener su expansión hacia formas más democráticas de representación gremial y a la mayor defensa de los derechos del trabajador, sometido a la vieja y coercitiva estructura gremial.

No obstante, los que lucharon y murieron por este nuevo modelo de gremialismo que se avecina, como Juan Figueredo, pueden descansar en paz. La Justicia se ha hecho y les dio la razón. El Poder Judicial habló por su sentencia.

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