Fidel después de Fidel

Fidel después de Fidel
En pequeños giros en sus reflexiones, el líder de la revolución insiste en repudiar cualquier apertura al mercado y desconfía de EE.UU., mostrando sus diferencias con Raúl.
La enfermedad lo obligó a abandonar la actividad pública y a renunciar a un nuevo período como jefe de Estado y de Gobierno, pero Fidel Castro, de 82 años, ha mantenido una activa presencia política durante el año de mandato de su hermano, el presidente Raúl Castro, que se cumplió ayer.

Designado expresamente por el Parlamento como alto consejero del nuevo presidente, Fidel sigue siendo el primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC). A menudo se lo llama en público comandante en jefe, aunque la autoridad máxima en las fuerzas armadas es, por mandato constitucional, el jefe de Estado, en este caso Raúl, quien, sin embargo, conserva su rango de general de ejército, el segundo escalón en la jerarquía castrense.

En los artículos de prensa que empezó a publicar en marzo de 2007, Fidel tocó inicialmente asuntos internacionales. A partir del 18 de junio de ese año entró en temas internos, en los que ocasionalmente tomó distancia o puso en entredicho o francamente disputó posiciones asumidas por Raúl, que entonces ejercía el mando interinamente.

En ese primer comentario de polémica interna, Fidel criticó la apertura económica de la década pasada y rechazó una posible repetición de la experiencia. No es que estuviera en marcha una reforma de ese corte, pero en el primer semestre de 2007 Raúl había desatado en el gobierno y el PCC un amplio debate económico, que apuntaló más tarde con un discurso en el que anunció cambios estructurales y luego con una discusión nacional con agenda abierta. La discusión de ese año hizo circular ideas sobre menos centralización, autonomía de gestión y más espacio para la pequeña propiedad y mecanismos de mercado, justamente la política contraria a la que venía ejecutando Fidel hasta su crisis de salud, en 2006.

Fidel opinó que nunca se llegaría a una solución negociada del conflicto con Estados Unidos, después de que Raúl había repetido que estaba dispuesto a negociar el diferendo con Washington sin condiciones previas.

El gobierno anunció que firmaría con reservas los pactos internacionales de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. A los cuatro días, con el título “La historia dirá quién tiene la razón”, Fidel publicó los argumentos con los que una década antes había rechazado la adhesión a esos instrumentos, incluso con reservas.

Después de su elección formal como presidente, Raúl autorizó la compra de computadoras, electrodomésticos y el consumo de servicios como la telefonía celular. Fidel escribió a continuación una carta a un congreso de intelectuales, mostrando su escepticismo en el mercado de las nuevas tecnologías: “¿Tiene algún sentido ese tipo de existencia que promete el imperialismo?”.

En la misma carta Fidel criticó los ingresos personales altos y diferenciados, aunque estén fuertemente gravados, y defendió, en cambio, el sistema de distribución a través del Estado y un modelo de consumo social austero. En ese momento no se sabía públicamente, pero tres semanas más tarde el gobierno de Raúl decretó un nuevo sistema salarial, que retribuye más y sin límites a quien más produce.

En pequeños giros en sus textos, Fidel insistía en repudiar cualquier apertura al mercado, aun en sus rasgos más primarios, mientras la política de Raúl indicaba un tácito reconocimiento a la ampliación del consumo.

Sin aguardar la reacción oficial, Fidel calificó de hipócrita el levantamiento de las sanciones diplomáticas de la Unión Europea contra la isla, cuando Raúl trataba de tender puentes con algunos países comunitarios. Días después Fidel volvió a la carga: “No escribí ninguna diatriba contra Europa, dije sencillamente la verdad. Si ésta ofende, no es mi culpa”.

Elegido Barack Obama, Raúl mantuvo la idea de sentarse a negociar y se abstuvo de entrar en una disputa verbal con el nuevo jefe de la Casa Blanca, a quien Fidel atacó directamente, acusándolo de no devolver a Cuba la base naval de Guantánamo, que Estados Unidos retiene desde hace más de un siglo en la isla.

Según hizo constar él mismo en sus artículos o se reseñaba en la prensa, en los últimos dos años Fidel ejerció autoridad sobre asuntos particulares como la asignación de plazas a graduados universitarios, la descalificación pública de un funcionario deportivo, la promoción de altos jefes militares, la destitución de un ministro y la designación del sustituto o la organización de parte de los trabajos de reconstrucción tras los huracanes de 2008.

Desde una fecha tan temprana como el 23 de mayo de 2007, Fidel Castro aludió al impacto que estaban teniendo sus comentarios públicos en la gestión de gobierno. “No puedo decir y criticar todo lo que conozco –escribió entonces–, porque de ese modo serán imposibles las relaciones humanas e internacionales, de las cuales nuestro país no puede prescindir. Pero seré fiel a la divisa de no escribir nunca una mentira.”

Ya en el ejercicio efectivo de Raúl, el 21 de junio de 2008, Fidel se sintió obligado a aclarar que no hay pugnas en el PCC y que no encabeza una fracción o grupo. En un país donde la unidad monolítica de la dirigencia es el mayor principio doctrinario, la explicación sólo podía interpretarse como un asunto de envergadura, hasta el punto de que se estaba resucitando un lenguaje que no se usaba en la isla desde la década de los sesenta.

Más claramente, el 23 de enero de 2009 Fidel anunció que reduciría sus artículos a fin de no interferir ni estorbar a los compañeros del partido y el Estado en las decisiones constantes que deben tomar y pidió que ningún alto funcionario se sintiera comprometido por esos textos.

Luego difundió ocho comentarios en tres semanas, en uno de los cuales mencionó la cuestión del acceso boliviano al mar como uno de los temas que trató con la presidenta chilena Michelle Bachelet. Ante Raúl, la mandataria protestó por el artículo, en un final conflictivo de su visita oficial a la isla.

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