Una ficción que salió muy cara.

Por: RICARDO ROA.

Era evidente que el congelamiento de las tarifas de luz beneficiaba sobre todo a los sectores de mayores recursos, estimulaba el derroche y acumulaba una montaña de subsidios cada vez más grande. Resultaba insostenible.

Existieron varios intentos por cambiar el sistema, que había arrancado en el 2002 cuando estalló la economía. Pero todos naufragaron en el despacho de Kirchner. Sólo el año pasado el Estado gastó unos 15 mil millones de pesos para sostener la ficción de una luz barata.

Los subsidios dejaron de ser una mala palabra. A condición, claro, de sean transparentes, no indiscriminados y se manejen eficientemente. Y beneficien desde luego a los que menos tienen. No ha sido precisamente el caso de estos años en la Argentina.

Si hay bienes escasos por definición son el petróleo y el gas, que representan el 90% de nuestra matriz energética. Y como consecuencia de esta política, hubo una fuerte desinversión privada. Lo poco que se hizo corrió por cuenta del Gobierno. El resultado está a la vista: sigue cayendo en picada la producción petrolera y desde hace algunos años, baja también la del gas.

Todo este tiempo el congelamiento se mantuvo por temor a los costos políticos. Pero el sistema hace agua por todas partes y los subsidios ahogan las cuentas fiscales. Así, aquello que pudo haber sido paulatino, ahora saltó todo junto.

Hubo subas de hasta el 300% para los que más consumen. Y en la volteada cayeron unos cuantos que no pueden ser considerados ricos, como los consorcios de departamentos. Todo en enero, para atemperar reacciones. El problema es que las hay. El congelamiento le fue útil al Gobierno. El descongelamiento, a los opositores, que fogonean las protestas.

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