"Feos, sucios y malos", la película de la pelea sindical

Por Julio Blanck.

El título en italiano es "Brutti, sporchi e cattivi". Una sátira feroz sobre una familia tan pobre como numerosa y corrupta, protagonizada de modo inolvidable por Nino Manfredi y dirigida por el gran Ettore Scola, que por esta película ganó en 1976 la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Aquella galería de personajes al borde de toda ley y despojados de cualquier prurito para obtener algún beneficio, se conoció aquí como "Feos, sucios y malos".

Con los respetos y las precauciones del caso, podría aplicarse tal denominación a los protagonistas de la interna en la CGT, cuyas peripecias adornaron sin demasiada sutileza la última semana.

De Hugo Moyano se ha dicho casi todo. Lo hicieron sus seguidores, que lo idolatran, y también sus enemigos, que lo odian tanto como le temen. El tipo acrecentó poder a pechazos, tirándole el camión encima.

Fiel al principio maquiavélico, Moyano puso en práctica aquello de que para tener amigos primero hay que tener enemigos. Y tuvo enemigos a montones. Casi siempre poderosos, que son a los que se les pueden sacar las tajadas más gruesas.

Se enfrentó a Carlos Menem cuando la moda sindical dominante era postrarse y recibir los dividendos por acompañar aquellas tropelías. A la salida de la gran crisis armó una alianza fugaz con Adolfo Rodríguez Saá. Y después de algunas escaramuzas se hizo socio de Néstor Kirchner, que supo recompensarlo con porciones generosas de espacio político y sobre todo con la atribución y el manejo de fondos nunca estrechos.

Justo es decirlo, Moyano acompañó con fidelidad a Kirchner, al punto de asociarse en cuerpo y alma a la derrotada cruzada electoral. En cuanto lo vieron trastabillar, la larga lista de ofendidos por su manejo personalista le saltó a la yugular. Es lo que vimos en estos días.

Con esa tendencia tan nuestra de simplificar la doctrina de Manes, el pensador persa que hace diecisiete siglos admitía dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal, enseguida buscamos el trazo grueso que dividiera de esa manera simplificada a los protagonistas de la trifulca de la CGT. Tarea inútil. El maniqueísmo tampoco funcionó en este caso. ¿Quiénes son los buenos?

Enfrente de Moyano y sus rudos muchachos se alinearon otros sindicalistas que no defienden un modelo gremial distinto, que al igual que Moyano ampliaron poder y patrimonio todo lo que les fue posible, que sufren la misma urticaria cuando les hablan de oposiciones internas. Y que lo que pretenden, sencillamente, es reemplazar al camionero por las buenas o por las malas en la interlocución privilegiada, y si fuese única mejor, con los que hoy ocupan el poder y deciden sobre la caja.

Ya había armado su propia CGT disidente Luis Barrionuevo, que desde el gremio gastronómico viene rosqueando hace un cuarto de siglo con todos los gobiernos, empezando por el de Raúl Alfonsín en la normalización sindical después de la dictadura; siguiendo con el de Menem al que le hizo el favor de romperle la CGT que entonces dirigía Saúl Ubaldini, y pasando por el de Eduardo Duhalde, a quien sigue reconociendo como referencia política.

Los otros se habían quedado adentro de la CGT oficial, esperando su momento.

El momento llegó después de junio. Mariscal de la derrota, le gritaron a Moyano. El derrumbe electoral de la mano de Kirchner era la ocasión propicia para cobrarse tantas cuentas pendientes con el camionero.

Las caras más notorias del embate fueron Los Gordos y Los Independientes, dos maneras de buscar lo mismo. Oscar Lescano, el más frontal de todos, es también el más veterano en el dominio de su sindicato: lleva 26 años al comando de Luz y Fuerza. Armando Cavalieri en Comercio, Gerardo Martínez en Construcción, Carlos West Ocampo en Sanidad y Andrés Rodríguez en el gremio de empleados públicos más numeroso, UPCN, superan las dos décadas en sus sillones. Todos supieron entenderse con los poderosos de turno, obraron de modo de mantener vigorosas al mismo tiempo sus organizaciones y sus negocios, progresaron en la vida y disfrutan de su recompensa por tanto afán en favor de los trabajadores.

Al final no hubo fractura. Moyano es el último aliado que le queda al Gobierno, que después de ingentes esfuerzos de varios ministros logró salvarlo sobre la hora. Lo hizo prometiendo a los rivales del camionero un reparto más equitativo de ciertos fondos especiales, que suman la bicoca de 900 millones de pesos al año. Eso se llama conocer el alma humana.

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