Fededer: una leyenda por siempre.

Venció a Roddick en cinco sets inolvidables; obtuvo su 15° título de Grand Slam, superó el récord de Sampras y alzó por sexta vez el trofeo en el All England; hoy volverá a ser el número 1.
La libreta de apuntes desborda. Al fin tiene un respiro después de cuatro horas y 18 minutos. Lo que se terminó es el partido, pero igual hay que seguir anotando. El reloj oficial marca las 6.27 en la tarde del 5 de julio de 2009, mientras Roger Federer da un salto, dos, alza el puño mirando a su gente, a su sector del box de jugadores, pero especialmente a Mirka, su mujer, que espera un hijo, el primero de ambos. Ese hombre es suizo y acaba de ganar la final de Wimbledon, el torneo de tenis más importante del mundo, por sexta vez. Pero además sabe que, desde hoy, volverá a ser el número 1 del mundo. Y sabe, también, que acaba de obtener el 15° torneo de Grand Slam, lo que lo coloca por encima del resto de los tenistas de hoy y de siempre, de esos que están mirándolo, aplaudiéndolo desde el Royal Box, leyendas como él: Rod Laver, Björn Borg y Pete Sampras.

El anotador cuadriculado no tiene sentido; en forma desalineada empieza a mancharse con tinta que dice que el valeroso Andy Roddick tira la raqueta, un arma que ya no sirve. Se abraza con Federer, se hablan, se elogian, se agradecen. Con un Roddick como el de ayer, se volverán a encontrar en finales, armando partidos tan apasionantes, tensos y emotivos, aunque quizá no sean tan históricos como éste que se llevó Federer por 5-7, 7-6 (8-6), 7-6 (7-5), 3-6 y 16-14, y que le permitió encadenar Roland Garros y Wimbledon, algo que sólo cuatro tenistas hicieron en la era abierta.

¡Qué bien que jugó Roddick, por favor! ¡Qué injusto puede ser a veces el deporte! ¿Pero es que acaso no es justo, entonces, que Federer se haya llevado otra vez la copa del All England Lawn Tennis & Croquet Club? Sí, es justo que se la haya quedado Roger y es injusto que no se la haya llevado por primera vez Andy.

Contrasentidos y paradojas fueron los que tuvo este encuentro en el que Federer, vestido de Roddick , disparó 50 aces (27 de su rival); sin embargo, fue el norteamericano el que logró dos quiebres en cinco oportunidades. Federer ganó sus dos primeros sets en tie-breaks, sin quitarle el saque a su rival, que volvió a mostrar su progreso tenístico: calma en los peloteos y paciencia para no buscar el shot desequilibrante a la segunda o tercera vez que la pelota pasa por encima de la red. La clave: el tie-break del segundo set. Roddick estuvo 6-2; desde entonces, no ganó un punto más. Federer respiró, gritó, revivió. Y el partido cambió sutilmente.

El score estaba 15-14 para el suizo en el quinto set más largo de la historia de los Grand Slams, que duró 1h35m. Sacaba Roddick con ventaja para Federer, que tras haber estado varias veces a dos puntos de la victoria, finalmente estaba a sólo uno. El suizo no había podido aprovechar ninguno de los seis break-points previos. Era un peso grande, pero también se trataba del primer match-point. Después de un partido extenuante más desde lo mental que desde lo físico, una situación nueva. Y en una cancha gastada, pelada allá en el fondo, donde todo es tierra, como en el salvaje oeste norteamericano, Roddick enganchó una derecha que voló por los aires. Federer le quebró finalmente el saque nada menos que para ganar el partido. Y desató su sana locura.

Fueron 77 juegos que hicieron historia. El partido más largo en games. La gente no paraba de gatillar las cámaras de fotos y los teléfonos celulares. Federer, de 27 años, puños y brazos en alto tras dejar la raqueta descansando, miró a todos los costados del Court Central donde el sol empezaba a despedirse de a poco. Sentado en su silla, atravesado por una espada gigante de dolor, por una decepción sin consuelo, esperaba Roddick. Cuando los ecos del festejo del suizo dejaron un resquicio, un clamor popular, raro, extraño y desacostumbrado en un sitio como Wimbledon, subía el volumen: "¡Rod-dick! ¡Rod-dick! ¡Rod-dick!" . Fue estremecedor. Andy agradeció y aplaudió a esa gente que mostraba su sincera admiración por quien sucumbió por tercera vez ante Federer en una final en este escenario y por cuarta si le sumamos el US Open 2006.

"Roger se merece cada cosa que ganó", dijo Roddick con el corazón quebrado, mientras seguía recibiendo el cariño de la gente y se hacía un lugar para bromear: "Disculpame, Pete [Sampras], lo mantuve a raya todo lo que pude". "Sé lo que sentís porque estuve ahí el año pasado. No estés triste; sos un gran luchador, un jugador extraordinario y una persona increíble. Y vas a volver a tener tus oportunidades", le contestó Federer antes de meterse en su propia historia: "Haber ganado 15 títulos de Grand Slam no es algo que uno sueña cuando es pequeño, pero me pone muy feliz, igual que volver a ser el número 1. Lamentablemente no estuvo Rafa para poder defenderlo, pero yo tuve que ganar el torneo para obtenerlo", razonó.

Un año después de la frustración que significó perder el cetro de Wimbledon contra el español, poco más de cinco meses después de las lágrimas tras caer ante el mismo hombre en Australia, Federer tiene otra vez el bastón de mando. En una final para la historia, él escribió su propia historia. Un tenista para todos los tiempos.

* El quinto set también tiene su lugar en los libros

Con 30 games (16-14), el quinto parcial de la final entre Federer y Roddick marcó un nuevo récord para un último set en las finales masculinas de Grand Slam. La marca previa era de 20 games (11-9), en Roland Garros 1927, con victoria de René Lacoste sobre Bill Tilden.

* El más largo en games, pero no en tiempo

Con 77 games, la final superó otro récord en finales de Grand Slam, por encima de los 71 de la definición del Abierto de Australia de 1927 (Gerald Patterson a John Hawkes). Pero, con 4h18m, duró media hora menos que los 62 games que disputaron Federer y Nadal el año pasado en el All England.

Comentá la nota