La ley no favoreció la unicidad de partidos.

Deben señalarse dos grandes causas de la falta de identidad de los partidos políticos.
Una, el hecho histórico de que las grandes fuerzas argentinas se fundaron y funcionaron con grandes líderes; hoy falta una figura de esas características. Por otra parte, aun cuando la Constitución de 1994 señala a los partidos políticos como instrumentos esenciales de la democracia, la legislación y la práctica no favorecieron la unicidad. Por el contrario, se facilitó la proliferación de fuerzas sin gravitación, verdaderos sellos de goma que están siempre listos para cualquier aventura política.

Qué decir de los sistemas electorales que alumbraron engendros, como la Ley de Lemas, que les sustrajo a los partidos la facultad esencial de proponer candidatos y que hacía que el voto a un candidato sirva para elegir a otro. O las actuales colectoras, o "acoplados", que debilitan las estructuras orgánicas y favorecen emprendimientos personales sin doctrina.

Si anhelamos un sistema político serio, responsable y eficiente, la ley debe garantizar a los partidos un funcionamiento orgánico transparente y debe castigar severamente toda forma de falseamiento de la voluntad popular (dentro y fuera de los partidos), desterrando el fraude, la compra de voluntades y el clientelismo electoral.

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