El fantasma de Olivos

Por Mariano Grondona.

Kirchner no descansa. Este fin de semana pretendió tentar al senador Sanz ofreciéndole, a través de un intermediario, un "Pacto de Olivos II" para que, en el marco de la "reforma política" que promueve el oficialismo, kirchneristas y radicales conformen una suerte de "condominio político" que, dejando afuera a los partidos de estructuras más pequeñas como la Coalición Cívica, el socialismo, las huestes de Macri y de De Narváez-Solá y hasta la centroizquierda de Pino Solanas, reitere el acercamiento entre peronistas y radicales que ya ocurrió varias veces en el pasado a partir de la fórmula Perón-Quijano de los años cuarenta, del abrazo entre Perón y Balbín a comienzos de los años setenta y de la fórmula que Cristina Kirchner compartió con Julio Cobos en 2007, pasando por el Pacto de Olivos de 1993 entre Menem y Alfonsín.

Sorprendido por esta nueva iniciativa de Kirchner, el senador radical quedó en contestarle a su interlocutor. Ante la cautela inicial de Sanz, quien naturalmente debía consultar con su partido antes de emitir una respuesta formal, el kirchnerismo logró difundir entonces la impresión que había producido una fisura en las filas opositoras.

Este nuevo incidente que ha generado el persistente empeño de Kirchner de conservar el poder a toda costa vino a confirmar los dos rasgos principales de su estilo. El primero de ellos es que su única idea inspiradora es el empeño de "ganar", y que no por nada bautizó a su movimiento con el nombre anodino de "Frente para la Victoria". Pero "vencer", para Kirchner, equivale por lo pronto a desgastar, a dividir a sus rivales. Al radicalismo, subordinándolo. A los demás partidos, bloqueándoles su supervivencia mediante la nueva ley. Su lógica no es entonces "si yo gano, tú pierdes" sino "si tú pierdes, yo gano" porque es sólo reduciendo al otro que confía imponerse.

El segundo rasgo constitutivo del estilo de Kirchner es que no vacila en cambiar una y otra vez las reglas del juego si ésta es la condición para que sus adversarios pierdan. En la elección presidencial del último domingo, los uruguayos han vuelto a mostrar al contrario que sus reglas de juego siguen intactas desde el retorno de la democracia en 1984 porque ellas no están "por debajo" sino "por encima" de las personas, ya se llamen Tabaré, Mujica o Lacalle. Pero entre nosotros ha regresado el fantasma de Olivos porque fue precisamente mediante el pacto de 1993 con Alfonsín que Menem consiguió cambiar las reglas de juego para ser reelecto, creando el funesto precedente al que ahora Kirchner desearía volver, sin contar tal vez con que, al decidir que no concurrirá a la convocatoria del ministro Randazzo sobre la reforma política, la oposición empieza a demostrar que, esta vez, aprendió la lección.

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