El fantasma del fraude, un invitado de último momento

El candidato demócrata, Barack Obama, llega a las presidenciales con una ventaja clara en las encuestas sobre su rival, John McCain. Los seguidores de Obama aseguran que la diferencia es mayor a la que muestran los sondeos y temen que se repita el fraude de Bush.
Se dice con miradas, gestos cómplices y confesiones en voz baja. En la ciudad de Obama la vigilia empezó hace rato y todavía falta un poquito más. Nadie quiere celebrar antes de tiempo. Barack Obama se enfrenta hoy en las elecciones con el senador republicano John McCain. Si gana, se convertirá en el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos.

Sería de un hito cuya trascendencia es difícil percibir en las calles de Chicago, aun en los barrios negros, donde la propaganda electoral brilla por su ausencia. No hay marchas ni manifestaciones ni vendedores de pins y remeras ni mesas en las veredas para juntar firmas ni graffiti ni pegatinas electorales en las paredes. No es por falta de interés de la gente, sino porque hace semanas la campaña se trasladó a otros estados, los considerados clave, donde los candidatos pelean a brazo partido por un puñado de votos electorales... Acá, en el patio de Obama, ambos bandos asumieron que la suerte ya está echada.

El único indicio de que algo grande está por pasar es el lío de tránsito en una ciudad que, a diferencia de otras del país, no los sufre demasiado. Pero ayer, como en toda la semana, gran parte del centro de la ciudad fue acordonado por policías que desvían el tráfico para darles lugar a los trabajadores municipales, quienes trabajan para ajustar los últimos detalles del escenario gigante y las torres de iluminación en Foster Park, donde se espera a un millón de personas esta tarde para celebrar con el candidato demócrata. Obama llega a las elecciones con una ventaja clara en las encuestas, alrededor del seis por ciento a nivel nacional, pero sus seguidores aseguran que la diferencia es mayor aún, ya que los sondeos se hacen con llamadas a teléfonos fijos. Dicen que hay millones de jóvenes que piensan votar por primera vez y que apoyan por abrumadora mayoría al demócrata. Y aclaran que esos jóvenes sólo contestan teléfonos celulares y mensajes de texto, mientras los sondeos se hacen con llamadas a teléfonos fijos.

La expectativa no se ve en la calle, pero es fácil de percibir cuando se habla del tema con cualquier afroamericano en esta ciudad. Como Mark Powers, 41, cocinero del Hyatt. “Es una elección que los afroamericanos venimos esperando desde hace mucho tiempo, pero no por lo que Obama pueda hacer por nuestra raza, sino por lo que pueda hacer por los pobres. Tenemos muchos problemas porque la gente no puede pagar sus deudas, la violencia entre nuestros jóvenes está fuera de control, el uso de drogas está fuera de control. Si no se detiene la entrada de drogas a nuestro país, debe ser porque el gobierno federal lo permite. Eso tiene que cambiar”, dijo ayer Powers, mientras esperaba su pedido en la puerta de Harry’s Jamaican Chicken, cuyo pollo picante tiene fama de ser el mejor de la ciudad. Harry’s está en la calle 79, la arteria comercial del sur de Chicago, donde el 80 por ciento de la población es negra. “Yo creo que Obama no puede perder si no hay robo porque está demasiado adelante en las encuestas. Si pierde tengo miedo de que pase algo malo porque va a haber mucha gente enojada. No estoy de acuerdo con que se arrase la comunidad, pero es muy posible que eso pase.”

¿Y si gana Obama? “El miedo que tenemos –contesta Powers– es que sea asesinado.” Acá en Chicago, entre la población negra, la sensación es que la elección está ganada. Que su candidato ha hecho los méritos suficientes para ganarla y que las encuestas reflejan que ya ganó. El miedo es que se la roben. Cualquier derrota sería interpretada como un robo y la comunidad afroamericana no estaría dispuesta a tolerarla. Foster Park se convertiría en un polvorín con un millón de mechas encendidas. Barrios enteros podrían arder como pasó en Detroit en el ’67, Chicago en el ’68 y Los Angeles en el ’92, después de la paliza a Rodney King.

Es la mezcla de miedo e ilusión de millones de personas que cuando niños nunca se atrevieron siquiera a imaginarse que algún día podrían ser presidentes de Estados Unidos. Ahora, con Obama, lo ven como algo posible para sus hijos y sus nietos. Lo ven pero les cuesta creerlo, porque la historia es larga y porque aún hoy siguen en pie injusticias sociales teñidas por el racismo.

Se siente en el tren de la línea roja que atraviesa el sur de Chicago, al hablar con Dennos Welter, de 25 años, empleado de una tienda de electrodomésticos. “Obama quiere ayudar a la gente común y la clase trabajadora y es algo que estamos esperando, que nos quede algo para nosotros”, dice, mientras deglute una hamburguesa extra large de McDonald’s. “A nadie le gusta trabajar cuarenta o cuarenta y cinco horas para cobrar un cheque que, después de pagar tus cuentas, te quedan veinte dólares. Así nadie puede avanzar.”

Se siente en el ascensor del Holiday Inn del centro de Chicago, donde Latasha Rush, 28, empleada doméstica, ante una consulta sobre Obama, contesta “yo ya hice mi parte” sonríe y baja la mirada. Así, con dulzura, sin que suene a imposición, con apenas cinco palabras, no deja dudas sobre lo que quiere decir, pero por respeto o miedo no lo hace: “Yo ya voté, ahora te toca a vos, hacé lo correcto”.

Se siente en el Hard Rock Cafe de Chicago, donde cuelga una guitarra de Jimi Hendrix, hablando con el manager del local, Ron Malvin, 42, que, antes de cambiar de rubro y empezar su carrera en el bar temático se enlistó en el ejército, estuvo destinado en Corea y después fue mandado por el Pentágono a Turquía como experto en comunicaciones.

“Cuando estuve afuera aprendí mucho sobre propaganda norteamericana y aprendí que lo que le vendemos al mundo no tiene nada que ver con la realidad. Vendemos que acá es todo dorado y grande y lo mejor, y no es así. Y no decimos la verdadera razón de por qué estamos en otros países. No para ayudar, sino porque hay dinero para ganar. Si nos podés ayudar allí estaremos y si no, pasamos por encima con una aplanadora”, dijo ayer en su oficina atrás de la cocina, mientras revisaba el inventario por computadora. “La gran esperanza que tenemos es que Obama se va a relacionar con el mundo de manera más realista, sin tanta hipocresía”, concluyó. Cuando se le preguntó si puede haber una pueblada si Obama no gana, el ex militar echó a reír y como gesto de aprobación ofreció chocar puños. “Tú sabes de lo que estás hablando”, remató.

Se siente en distintos rincones del país, aun en un lugar como en el aeropuerto internacional de Miami, donde un agente aduanero dijo con inusual candor, mientras le sellaba el pasaporte a este cronista el sábado a la noche: “No vamos a dejar que nos roben la elección. Esta vez no. Usted no sabe de lo que somos capaces de hacer”.

Pero claro. En Estados Unidos los negros sólo componen el diez por ciento del electorado y Obama todavía no tiene las elecciones ganadas. Pero cada hora que pasa parece más cerca, aunque la batalla es encarnizada en estados como Ohio, Pensilvania, Florida, Mi-ssouri y Virginia, donde casi todos los días hay visitas de candidatos, el aire está saturado de propaganda electoral, desde Internet no paran de llegar pedidos de contribuciones, especialmente de los demócratas, y los voluntarios saturan los buzones y gastan los timbres de los votantes indecisos.

En las últimas horas los analistas registran un repunte de McCain en algunos estados de clase trabajadora como Ohio y Pensilvania, donde la propaganda negativa de última hora, un clásico republicano, parece dar algún resultado, El hit del momento es un aviso de diez segundos, muy sencillo, con la cara de Obama y la siguiente leyenda:

“Barack Obama

Demasiado radical

Demasiado impredecible”.

Pero esos mismos analistas dicen que aun habiendo acortado la distancia, McCain sigue perdiendo en esos estados, y en los demás estados clave, y que no tiene tiempo para descontar la ventaja. Ayer la principal discusión por televisión era si una supermayoría de demócratas acompañaría a Obama, o no. O sea, lo que se discute, aun con la supuesta cautela de los pronosticadores mediáticos, es cuán desastrosa será la elección para los republicanos.

Mientras tanto el debate se terminó y las apariciones más importantes de los candidatos se hacen en los programas de alto rating, ya sean cómicos como Saturday Night Live o deportivos como Monday Night Football, en los que Obama hace la plancha y McCain se victimiza porque no tiene dinero para hacer campaña y pide a los suyos un último esfuerzo para alcanzar el milagro, todo en tono de broma y buen humor.

Entre los blancos que apoyan a Obama hay una sensación de alivio, de ya está, de que se viene un cambio que puede ser bueno y que llegó un punto en que cualquier cambio es bueno. Se percibe el hartazgo con la guerra y también con ser percibidos como los malos del mundo. Parecen cansados, más bien hartos de que los republicanos sigan con sus aventuras en el exterior en vez de ocuparse de los problemas muy reales que tiene mucha gente en su propio país.

“Está bien, es hora de cambiar”, dice Steven Zinamon, 42 años, escribano dedicado a las hipotecas inmobiliarias, mientras recorre la ciudad visitando posibles clientes. En los últimos tres meses su oficina se redujo de 40 a ocho empleados. Y en una hora de recorrida no cerró ningún trato y se le cayeron dos negocios. “Es que cerraron los bancos y las instituciones hipotecarias o se asociaron al gobierno, lo cual significa que socializaron el riesgo, no que nacionalizaron el crédito. Entonces los precios están bajos pero el crédito está difícil y hace falta poner más dinero por adelantado. La gente que tiene dinero tampoco aprovecha los precios bajos porque todavía no sabe si seguirán bajando, entonces nada se mueve en esta ciudad”, se lamenta. “Como buen liberal que soy me pone contento lo de Obama, pero a mamá, que es más conservadora, le cuesta digerirlo un poco más.”

En tanto, entre los seguidores de McCain se percibe cierto clima de resignación, de oportunidad perdida por errores de campaña. Errores como la elección de Sarah Palin, como compañera de fórmula. McCain había intentado evitar el debate sobre la economía con un golpe de efecto que significaba elegir a una mujer desconocida después de la campaña de Hillary Clinton, pero el truco no funcionó. Para la gran mayoría de los norteamericanos, el problema es que Palin simplemente no está calificada para el cargo y su nombramiento demuestra que McCain no tiene la claridad suficiente como para tomar buenas decisiones cuando está bajo presión. Tampoco funcionó bien la campaña negativa, porque Obama no mordió el anzuelo. Al mostrarse conciliador y bajarle el tono a la batalla ideológica, el demócrata se ganó el crucial lugar del centro en la percepción de los votantes indecisos, dejando a McCain sólo en el ring tirando trompadas al aire.

Al menos eso dicen los “estrategas republicanos” citados por estas horas en la conservadora cadena Fox, que ya han acomodado sus discursos al mensaje de las encuestas.

Se los cita como única referencia de los republicanos porque acá en Chicago, en las últimas horas, se hizo muy difícil encontrar a alguien dispuesto a admitir públicamente que va a votar por McCain.

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