El fanatismo talibán tiene cercados a los adolescentes de Islamabad

Los presionan por la vestimenta, no dejan que las chicas estudien ni que los varones practiquen deportes
En Pizza Hut, dos adolescentes devoran una pizza napolitana vestidas en riguroso niqab negro hasta los ojos y sin mirar a sus compañeros de colegio en la otra mesa. Samia y Fatima apenas tiene 16 años, quieren ser médicas y provienen de una familia liberal, en la que sus padres se casaron por amor y no por decisión de un matrimonio elegido por los ancianos. Pero han adoptado recientemente la más estrictas vestimentas musulmanas por miedo e intimidación de los talibán quienes, en la puerta del colegio, les exigen, en términos imperiosos, que se vistan con modestia en pleno Islamabad, la capital y la ciudad más moderna del país.

Los varones tienen los mismos límites. Así como las chicas sienten terror de ir a nadar a la pileta, los jóvenes no pueden jugar al baseball o al fútbol porque los talibán lo consideran impúdico y una exhibición indecente de las piernas. Les exigen que recen en la mezquita en vez de hacer deportes y que repitan los versículos del Corán de memoria.

La talibanización se extiende en Paquistán y las mujeres son su dramático objetivo. Esta visión puritana del Islam wahabi, que proclaman los ex estudiantes de religión de las madrasas que los norteamericanos promocionaron para reclutar jóvenes mujadines en su guerra contra los soviéticos en Afganistán, amenaza a Pakistán. Una dramática realidad que se inició desde la zona tribal de Waziristán hacia Peshawar y hoy se expande por todo el país con inquietantes gestos.

En nombre de la purdah -confinamiento obligatorio de las mujeres en sus casas, prohibición de trabajar o salir si no es con un hombre de la familia, la burqa como vestimenta obligatoria y la prohibición de estudiar- los talibán vuela los colegios de mujeres o ejecutan a los maestros que se atreven a violar las disposiciones y les enseñan. Estas medidas medievales que se aplicaron en Afganistán durante el reino del mullah Omar se están extendiendo como un spray silencioso. Recién ahora el gobierno paquistaní parece dispuesto a taclearlas aunque, probablemente, ya sea tarde.

Un video llegado clandestinamente desde Swat espantó a Pakistán y al mundo. Se ve a una madre y un hermano forzados a sostener en el piso a una jovencita de 18 años mientras los talibanes la azotan. La adolescente, que había osado salir a la calle con alguien que no era de su familia, pide auxilio y grita desesperada: "Mátenme pero no me peguen más". Recién después de esas brutales imágenes el país comenzó a despertar.

Samar Hinallah, la periodista que obtuvo el video de otro colega de Swat que jamás podrá ser identificado por razones de seguridad, está pagando el precio de su honestidad y defensa de los derechos femeninos en Pakistán. Hoy vive en la clandestinidad, con terror de ser ejecutada por el talibán.

Dirigentes feministas, periodistas, profesionales y visitadoras médicas han sido amenazadas y están sometidas a las mismas condiciones por la omnipresente presencia de los talibán en las ciudades más importantes del país, con su campaña moralizadora en la nariz del gobierno.

"Debo ser honesta. Mi hija está aterrorizada de usar blue jeans y shorts que son las vestimentas que siempre ha usado porque ha crecido en una familia liberal. Ella tiene miedo de salir a la calle, de ir a nadar. Los jóvenes en Islamabad están traumatizados porque el talibán los ha convertido en un objetivo. No sólo son los hombres: también hay mujeres talibán que las presionan cuando las ven en la calle o en la puerta del colegio", explica Rehana Hashmi, director del proyecto gubernamental de género en el Ministerio del Desarrollo de la Mujer en Islamabad.

Su oficina parece una fortaleza, con guardias armados con Kalashnikov y una inmensa prudencia para dejar entrar a los visitantes. El cartel que identifica su institución ha sido retirado luego de que ella y su marido recibieran cartas con amenaza de muerte.

"Cambio todos los días de ruta. Mi hermana, que tenía un salón de belleza en Waziristán, debió refugiarse en Lahore y ahora sigue amenazada. Mi hija no quiere que ella venga a casa en Islamabad porque teme que el talibán la mate a ella y a nosotros. Todos estamos amenazados. Las mujeres peor: somos rehenes de los talibán. Pero toda la nación debería unirse para derrotarlos", sugiere Rehana Hashmi, con un Master en Género y Desarrollo de la Universidad de Peshawar, una mujer que creció en una familia muy educada, que cuando regresó a Waziristán vio a su padre convertirse en un puritano talibán más, que forzaba a sus hijas a la purdah y el chador.

Segun Rehana, "los talibán ya están aquí. No tienen que infiltrarse por las montañas de Margalla. Tienen sus simpatizantes en la Mezquita Roja de Islamabad, están activos. Yo agradezco cada noche estar con vida pero quiero pelear por los derechos de las mujeres paquistaníes. Le pido al mundo que nos ayude. El mundo debe defender a esta país de la talibanización".

Razia Salim y su mamá Guyara caminan con cautela por el Apura Market de Islamabad en un caluroso mediodía, cuando la operación militar contra los talibán en el valle de Swat se ha lanzado y no hay clientes en el mercado por el miedo a las bombas. Buscan el ajuar para Razia, que se casara en tres meses con hombre que sus padres han elegido y con quien ella jamás ha intercambiado una palabra, como lo indican las más estrictas costumbres tribales paquistaníes. Ambas están vestidas con la niqab, un velo negro que sólo deja ver los ojos y un largo chador hasta el piso que las cubre por completo.

A pesar de sus estrictas creencias, Razia no siente la menor simpatía por el talibán y su Islam puritano.

"Yo estoy estudiando Negocios y si ellos llegan, no podré ni salir a la calle. Simplemente me producen terror", dice esta shiíta, hija de un saudita y una paquistaní.

Una sociedad profundamente conservadora y religiosa no es lo mismo que los talibanes para los paquistaníes, aunque puedan parecerlo ante la mirada occidental.Hasta ahora, el rechazo a los talibán era encabezado por una élite educada en Islamabad, Karachi y Lahore. Ahora el miedo se ha ampliado a una clase media, que siente el futuro de sus hijos y sus libertades amenazado. Practicantes de un Islam moderado, ellas buscan el apoyo en los ulemas para que se pronuncien contra una propuesta antislámica y contraria a los principios de su religión, como es "la talibanización" de las mentes.

En Liberty, el mercado de Lahore, se les ordena a las mujeres por altoparlanetes cubrirse sus cabezas. El estilo más relajado de vestirse, con apretados shawar kamiz al cuerpo, pantalones mas ajustados y hasta sin mangas con el que se atrevían en el 2001 ha desaparecido. Las mujeres paquistaníes, aún en Islamabad, admiten que son mas cuidadosas que nunca a la hora de vestirse en público por temor a agresiones de talibanes.Historias de amenazas a mujeres haciendo compras en Islamabad, Lahore y Karachi son comunes en todas las comidas de familia y cenas paquetas de Islamabad. Las mujeres salen cada vez menos de sus casas y raramente se las ve en en restaurants y cafés solas. Hasta las diplomáticas evitan vestirse a la moda occidental en público.

"Es necesario ganar los corazones de la gente, resolver sus necesidades porque, de lo contrario, el talibán va a ganar su espacio", advierte Kamila Hyat, ex editora de un diario en Lahore. "Ellos están explotando labrecha entre ricos y pobres en Swat y manipulan la desesperación de la gente con elementos feudales. Ellos exponen los peligros de una situación donde, después de años, las más básicas necesidades de las gente han sido ignoradas y ellos han sido abandonados a la mas abyecta pobreza".

Los militares combaten a los talibán en el valle de Swat pero la mentalidad ortodoxa que los militantes están generando será la batalla más difícil de ganar.

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