Las familias rosarinas que viven del reciclado de la basura

"Pisen arriba del nylon que hay barro y perdonen el olor y el desorden, pero acá trabajamos y vivimos de la basura". Así, con algo de pudor, recibió Daniel Spinelli a La Capital en la cooperativa de reciclado de plástico El Muro, que funciona en Ovidio Lagos al 6600. Allí son 15 los trabajadores —entre parientes y gente del barrio—. La experiencia se reproduce de a decenas por toda la ciudad.
El municipio tiene relevados apenas a unos 150 grupos (650 familias en promedio) pero el número de gente que trabaja también con vidrio, aluminio, trapo, papel y cartón duplica la cantidad de estos operarios informales.

Reciclan unas 10 horas por día para llevarse al bolsillo entre 30 y 50 pesos también por jornada, casi la mitad de lo que ganaban hace un año cuando la crisis económica general y la caída del precio del petróleo todavía no los había herido de muerte. A pesar de tener casi todo en contra, en Rosario son 17 grupos los que comenzaron a profesionalizarse gracias a un proyecto de una ONG italiana.

   Se autodenominan "recicladores" o "recuperadores"; son hombres y mujeres, desde 15 a más de 60 años, con escasa escolaridad, muchos ex trabajadores de clase media que perdieron para siempre sus puestos allá por los 90 y que hoy son parte de ese "30 por ciento" de pobres que, según reconoció el gobernador Hermes Binner, viven en Santa Fe. Son apenas un eslabón intermedio de una cadena que une a cirujas que acarrean nylon, con medianas y grandes empresas que fabrican bolsas, caños de plástico o botellas.

   Comenzaron a capacitarse en febrero de 2009 en el marco de un proyecto europeo, que durará tres años, que implica una inversión importante de euros y que lleva adelante el Istituto Progetto Sud de Italia junto al municipio, el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y el Instituto de la Cooperación (Idelcoop) .

   Progetto Sud es una ONG obrera financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia y que coopera con países en vías de desarrollo. El jefe del proyecto, Giulio Carnevalli, estuvo presente en uno de los seis talleres de capacitación del que participaron los grupos de emprendedores. Se desarrolló en el edificio del Instituto Movilizador (San Martín 1371). En hojas tamaño afiche los recicladores escribieron qué aprendieron y qué quieren mejorar. "Acá, entre todos, valoramos más lo que hacemos todos los días, nos sentimos más dignos", se escuchó decir a un grupo.

   Recibieron cursos de estrategias técnico-productivas, comerciales, de asociativismo y cooperativismo, y de higiene y seguridad. Ya recibieron elementos de protección (borceguíes, antiparras, delantales y protectores auditivos) y en breve se les entragarán maquinarias. La iniciativa no termina allí: cada mes, de ahora en más, se sumará una decena de nuevos grupos, no sólo de Rosario, sino también de Coronel Bogado (sudeste de la ciudad) y Firmat (sudoeste).

Cada cosa en su lugar. En una pared de la cooperativa El Muro hay muestras de la capacitación recibida en los talleres. En un cartel se lee: "Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar" y en otro amarillo y negro, una caricatura enseña a levantar peso desde las rodillas y no desde la cintura. "Nunca antes habíamos reparado en esto, ni en el perjuicio de los ruidos o en tener un matafuego o un botiquín como la gente. Vamos mejorando", reconoce Daniel, quien sólo tiene la primaria terminada, pero rescata que ahora, por los cursos sabe calcular mejor los costos o cómo atraer a un cliente.

   Con Daniel trabajan su papá, Agustín, de 76 años y sus hijos, Jesús de 21 y Maximiliano de 19. El resto de lso compañeros son en su mayoría artesanso del barrio toba y un ex presidiario. "Acá le abrimos las puertas a todos. Ojalá podamos crecer, no tengo muchas ambicones, sólo incorporar más gente, mejorar la calidad y darle trabajo a todos", sostiene Daniel antes de explicar paso a paso el proceso de reciclado del plástico en el que una bolsa de nylon se transforma en un puñado de pelotitas diminutas. En realidad ellos no lo describen así, sino con lenguaje profesional: los procesos son lavado, molido, centrifugado, agrumado y peletizado.

   Cada paso se realiza en máquinas vetustas y hasta caseras. Las bolsas sucias que venden los cirujas, a sólo 40 centavos el kilo, llegan de la basura y los frigoríficos. "Hasta llenas de gusanos las hemso recibido, por eso aquí primero hay que seleccionarlas, lavarlas, y luego molerlas, con calor se diluye el plástico, queda convertido casi en tallarines, y luego se lo corta en bolitas. Llenamos unas 20 bolsas de 20 kilos de peleteado por día, y vendemos cada kilo a 3 pesos a empresas de caños, de artículso plásticos o que fabrican nuevas bolsas", cuenta Daniel. La cooperativa alquila el predio y las máquinas, y cuenta con una chata modelo 70 con el que van a buscar la mercadería si es que el ciruja vive muy lejos. "Imagínese, algunos se llegan con los carros desde Cabín 9, si podemos, vamos nosotros",

Ositos Panda. "Los ositos Panda" no es el nombre de un Jardín de Infantes, ni de un pelotero. Es como decidieron llamar los robustos Marta Martínez y Oscar Mera a su centro de reciclado de vidrio, en alusión jocosa a ellos mismos. El predio está al fondo de su propia casa, ubicada en Nuevo Alberdi Oeste, junto arroyo Ludueña que tantas veces dejó a todo ese barrio inundado y como vinieron al mundo. Son 25 personas las que trabajan, de lunes a lunes en el lugar. "Y en época de bonanza supimos cocinar guiso para todos al mediodía, pero ahora no se puede", aclara Marta.

   Junto a montañas de restos de vidrio está el taller, un precario galpón, con elásticos de cama que hacen las veces de mesas y pilas de baldes. Allí, este diario encontró separando picos de botella de las virolas de alumnio, una a una y con la mano, a Mónica, de 49 años, a su hija Avelina de 19 —que trabaja de día y estudia de noche— y a la Nena, de 61. También a Daniel, Alberto y Gustavo. Todos con guantes, delantales y borcegos que les dieron en los cursos. "Traemos de Cristalería los picos de botella, corchos y restos de plástico. Acá seleccionamos y volvemos a venderle a la empresa a 17 centavos el kilo de vidrio limpio. El corcho lo vendemos a otro lugar a 1 peso el kilo. Todo los precios cayeron: cuatro meses atrás por el alumnio nos daban 4 pesos, ahora apenas uno. El año pasado sacabamos entre 40 y 50 pesos por día ahora mucho menos", explica Oscar, un ex camionero de frigorífico.

   El grupo puede llegar a llenar 40 bolsas por día, y cada una contiene 18 kilos de vidrio limpio y clasificado. "Además de las protecciones de seguridad y los cursos, nos prometieron una máquina que separa el plástico del vidrio. Nos vendrá bien, porque ahora lo hacemos quemando el material", comenta Oscar, quien rescata todo lo aprendido pero se lamenta. "El precio del petróleo nos mató con el plástico (dice mostrando unas bolsas que le quedaron de clavo), a muchas empresas les conviene comprar el material virgen que reciclado por nosotros. Sobrevivimos", remarcó. l

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