Más de 20 familias empezaron a tomar agua negra sacada de pozos

En la localidad de La Noria, Eduarda, junto a sus hijos y sus nietos, sufre en carne propia los avatares de la sequía. Son el testimonio de la vida llevada al extremo por las condiciones climáticas.
Por estos tiempos las siestas en el interior loretano desalientan, asustan, ante el verde forzado de los algarrobos y de otras plantas que contrastan con el piso reseco y quebradizo, las fuertes raíces extraen el ultimo resabio del agua capilar para cumplir una vez más, con la entrega de las sabrosas vainas doradas, que se trasformarán al promediar el verano en alimento y deleite de grandes y chicos.

En el sector oeste de La Noria los remolinos presagian tormentas que nunca llegan, y las personas y los animales sufren la sequía que parece interminable. De los 350 milímetros de lluvia que se precipitan por año sobre el secano loretano, en 2009 apenas se registraron un poco más de 100. En medio de este agreste escenario se encuentra la casa de Eduarda Maldonado (46), que sufre la situación junto a su marido, sus seis hijos y un nieto.

Ella nos observa llegar, y desde la sombra de un algarrobo que se encuentra en la entrada misma de su casa, se pone su mano izquierda como haciendo una visera sobre sus ojos claros, y en la derecha sostiene un balde negro con una soga. Junto a ella están inmóviles el menor de sus hijos y su nieto. Se esfuerza para sonreír mientras saluda, pero su rostro continúa tenso, mira con insistencia hacia el sur mientras cuenta lo difícil que se torna la vida en tiempos de sequía, hasta que de pronto su rostro se ilumina cuando en el horizonte se recorta la silueta de un camión tanque.

A su orden los chicos toman un balde plástico de veinticinco litros y corriendo trepan la alta banquina de la ruta, mientras ella hace señas suplicantes al chofer del camión, el que responde con un signo negativo. La tensión de la cara de Eduarda deja lugar a la desazón. "Los camiones particulares, cuando les sobra un poquito de agua nos dejan un tacho de veinticinco litros, pero a veces no sobra y pasan sin dejar nada", cuenta.

El sol no da tregua en la siesta loretana, Eduarda camina asía el pozo que cavó su marido con sus hijos y arroja el balde. Pocos minutos después el recipiente asoma en la boca oscura del pozo cargado de un líquido marrón lleno de partículas de pasto que el viento arrojó en su interior. Los niños se arriman y beben hasta saciar su sed.

Comunidad

"Aquí somos unas veinte familias que no tenemos agua en los aljibes desde el invierno, el 7 de julio realizamos la gestión para que desde Recursos Hídricos nos traigan agua y hasta el día de la fecha no nos dieron una gota, los camiones de recursos pasan por la ruta y no paran nunca en este sector", denuncia Eduarda mientras saca uno a uno los baldes de agua del pozo.

Los niños descubren cerca del pozo un cabrito muerto que no pudo llegar a abrevar, en la pequeña pileta de material que esta construida a pocos metros de la excavación, "Esto pasa todos los días, nos vamos a quedar sin animales" reflexiona la loretana, y luego ordena que se ponga al animal en un sector apartado para que sea quemado.

"Me dijeron que podía ir a pedir agua en la familia Rodríguez, que viven un poco más al sur, porque en ese lugar siempre están parados los tanques de recursos hídricos, pero sólo encontramos repuestas negativas, ahora viajaremos hasta las oficinas en Santiago para que nos expliquen por qué estamos discriminados en el reparto de agua".

La voz de Eduarda se llena de dureza cuando imagina el reclamo, la misma dureza que la cuerda provoca en sus manos, que ya casi olvidaron a causa de la sequía aquellas tiernas caricias de madre. 

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