La familia de Zelaya sigue de retén en retén en el camino a la frontera

No logra acercarse por la masiva presencia militar; la acompañan un puñado de seguidores
JACALEAPA, Honduras (De un enviado especial).- Un domingo en esta Honduras de "normalidad constitucional", como define lo que está pasando en el país el gobierno de facto, transcurre más o menos así: uno va por la ruta que une la frontera de Las Manos con Tegucigalpa y se encuentra a la que hasta hace un mes era la primera dama del país, Xiomara Castro, retenida en mitad de la vía por uno de los cientos de controles militares que el régimen ha desplegado a lo largo y ancho del país.

La señora, elegante incluso en un estado de sitio, luce unas uñas infinitas y de un rojo tan rabioso que contrasta con el verde intenso de la campiña hondureña. Frente a ella, unos soldados con cara de niños alzan sus escudos cada vez que un auto se acerca al retén. Delicada y amable, Xiomara atiende por teléfono, apoyada en la parte trasera de una 4x4, a medios de comunicación de medio mundo.

"No me voy a marchar de acá mientras mi esposo esté en la frontera", relata Xiomara a LA NACION. La primera dama recibió una oferta singular de Romeo Vásquez, el jefe del Estado Mayor Conjunto, quien se prestó a llevarla a Nicaragua en helicóptero. La propuesta incluía la valija que la señora quisiera portar, una deferencia que el militar no tuvo con su esposo, Manuel Zelaya, el primer pasajero que llegó a Costa Rica en pijama.

"La gente que ofrece eso es la misma que sacó al presidente con las bayonetas. Yo soy hondureña y como tal me quiero quedar en mi país. Lo único que estoy pidiendo es ver a mi esposo en la frontera. Llevo acá 50 horas con mi familia, y si estamos bien es gracias a la solidaridad de la gente", comenta, sin perder la compostura.

Xiomara está acompañada en su viaje a ninguna parte por sus dos hijos menores, su madre y su suegra. Todos han podido pernoctar en Jacaleapa, a unos 40 kilómetros de la frontera, en casas de amigos.

A media mañana, en el retén donde se encuentra Xiomara sólo hay un puñado de seguidores. Tampoco quedan muchos ya en El Paraíso, el pueblo más cercano a Las Manos, adonde se acerca Zelaya cada día desde el viernes pasado.

La presencia militar entre la capital y la frontera abruma. Sólo en los alrededores de Las Manos hay desplegados 5000 soldados y 2000 policías, según la información suministrada por el teniente coronel Luis Ricarte, al mando del operativo. Además, el gobierno de facto extendió ayer otras 12 horas el toque de queda en la zona fronteriza con Nicaragua, hasta la mañana de hoy.

En Honduras no existe una base social amplia con conciencia política, pero la militarización del país hace difícil calcular el apoyo popular con que cuenta Zelaya. Decenas de ómnibus fueron interceptados en medio país y prácticamente nadie, salvo la prensa, la Cruz Roja Internacional y algún despistado, pudo sortear los retenes.

Tampoco los camioneros. En Las Manos, los conductores nicaragüenses amanecieron ayer con pocas ganas de ver a un zelayista. El día anterior casi habían llegado a las manos. Ayer todo estaba en calma porque los partidarios del presidente se habían ido a pasar la noche al gimnasio de Ocotal, convertido en campamento ocasional.

"Nosotros estamos perdiendo mucho dinero", cuenta Jonathan Pérez, un camionero nicaragüense que carga 11 toneladas de puros. El pago por un viaje desde Managua hasta Puerto Cortés, en la costa atlántica hondureña, es de 100 dólares y otros 80 para comidas. El transportista tarda normalmente siete u ocho días en ir y volver. Pero desde que Zelaya anunció que intentaría entrar por la frontera varios cientos de camiones se quedaron varados sin poder circular.

Ayer, a medida que iban debilitándose las protestas en El Paraíso, empezaron a moverse los primeros vehículos en ambas direcciones. "Yo llevo ya cinco días acá y no me quiero arriesgar a cruzar la frontera por si me queman el camión", se lamenta Jonathan. El camionero nicaragüense espera que en Honduras todo vuelva pronto a la "normalidad".

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