La familia que salvó a la esposa de un desaparecido

Ocurrió en Río Tercero. Ocultó durante meses a la mujer de Fernández Quintana.
Río Tercero. Celina Octavia Sánchez vive en la primera cuadra de calle 12 de Octubre. A pocos metros de su casa, al 66, vivía en los años 1970 uno de los cuatro riotercerenses desaparecidos durante la dictadura militar. Era el escribano Vicente Fernández Quintana, el único que fue secuestrado en esta ciudad. Desapareció el 14 de mayo de 1976 y hasta hoy no hay certeza de su destino.

Celina cuenta: “Una vez que se llevaron a don Quintana, y como ya le habían quemado la casa, su esposa Beatriz no tenía adónde ir. Entonces mi mamá le dijo: ‘Usted se viene conmigo’. Y no estuvo en casa una noche, sino que pasaban los días y seguía acá. Estuvo con nosotros ocho o nueve meses. Y nadie sabía que Beatriz estaba acá. Después se fue a Córdoba”.

Con el enorme peligro que significaba, en el inicio de una época en la que primó el “no te metás”, madre e hija decidieron arriesgarse y cobijar durante más de medio año a su vecina Beatriz Yáñez, la esposa de un desaparecido y madre de dos hijos detenidos en Córdoba por razones políticas.

Celina es una vecina más de Río Tercero. Costurera desde hace 50 años, no aparenta los 85 que tiene. Vive en la misma casa familiar desde su infancia. Meciéndose en su reposera cuenta su historia, casi como un cuento, no sin dolor y recuerdos que preferiría olvidar. Un relato que ayuda a seguir reconstruyendo lo ocurrido en Río Tercero durante la última dictadura militar, especialmente respecto a los desaparecidos locales.

Estar ahí

El vínculo entre la familia Sánchez y los Fernández Quintana nació como cualquier relación de vecinos. “Vicente vino (a la vivienda de 12 de Octubre 66) recién recibido de escribano. Estaba soltero todavía. En su casa no tenía ni energía ni agua, entonces mi mamá le dijo que le prestaba luz y que buscara agua cuando necesitara. Por ese entonces había fallecido mi papá y teníamos que hacer la sucesión. Y Fernández Quintana se ofreció y nos hizo el trámite sin cobrarnos ni cinco centavos”, recuerda Celina. “Desde entonces hubo una amistad, no de estar todo el día juntos, sino que cuando se necesitaba se estaba”, agrega.

“Ernesto y ‘el Gordito’ (Enrique) estaban todo el día en casa. Prácticamente los hemos criado nosotros. Creo que inclusive en esta mesa todavía está lo que dibujaba ‘el Gordito’”, cuenta la costurera, mientras toca una mesa que hoy utiliza para su oficio, respecto de los dos hijos de los Fernández Quintana.

Ambos fueron detenidos en Córdoba en la década de 1970, en diferentes años pero antes del secuestro de su padre.

Enrique, el menor, hoy abogado y radicado en Córdoba, estuvo incomunicado durante nueve años en la Penitenciaría de la capital provincial. Allí fue torturado, acusado de estar vinculado a “actividades políticas subversivas”. Estaba “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, lo cual significaba que su nombre figuraba en algún registro y que era más difícil que desapareciera sin dejar rastros. Enrique fue detenido en 1973, tres años antes del golpe de Estado de 1976 y recuperó su libertad en 1983, con el regreso de la democracia.

Ernesto, por su parte, fue detenido en 1976, el mismo año en el que su padre fue secuestrado. Estuvo preso también hasta 1983. A los pocos años falleció. La traumática experiencia de haber estado en la cárcel en aquellos años habría deteriorado su estado de salud. “No salió bien de prisión”, diría su hermano años después.

Enrique Fernández Quintana, en una nota aparecida en 1998 en Tribuna, reconocía: “Tanto Ernesto como yo participábamos de la militancia universitaria, aunque él menos que yo. Fuimos formados en una familia en la que la injusticia y la falta de democracia no se soportaban”.

Esta participación activa en la vida política era un hecho muy común en la década de 1970. Existía “una generación con vocación de participación y de lucha por los principios en los que uno creía”, apuntó Enrique.

Celina Sánchez, a pesar de la diferencia de edad, entendía de la misma forma el compromiso de aquellos jóvenes. “¿Sabés lo que querían ellos? Para mí, querían que no hubiese personas tan ricas ni tan pobres. Por eso luchaban. Para que no hubiera tanta miseria”.

La opción por el riesgo

A mediados de 1976, el panorama para Beatriz Yáñez, la esposa de don Vicente, era más que desalentador: la casa y sus pertenencias habían sido quemadas, no tenía un sólo dato sobre su esposo desaparecido y sus dos hijos estaban detenidos. En ese momento apareció la mano comprometida de Victoria Sánchez y de su hija Celina.

–¿Por qué se arriesgaron a tenerla en su casa?

–Porque mi mamá era una persona que mientras más necesitaba alguien, más lo ayudaba. Si sabía que había algún enfermo, alguien que necesitara comida, lo ayudaba. Por eso ayudó a Beatriz. Además, muchas de las amistades que ella tenía se abrieron –contesta Celina.

Lo que empezó como una asistencia de emergencia, esporádica, terminó durando casi un año. Durante ese tiempo, Beatriz estuvo “escondida” en la casa de sus vecinas. “Es que ella tenía miedo que la vengan a buscar”, afirma Celina. Por el solo hecho de ser la esposa de alguien a quien habían secuestrado, ya corría ese riesgo.

La esposa de Fernández Quintana dormía en una habitación, especie de altillo, de la casa de las Sánchez. “Mientras estuvo en casa no salía para nada. Las pocas veces que salía lo hacía muy temprano, como a las seis de la mañana, para buscar algo en su casa y volver”, recuerda la costurera.

Celina rememora el temor que le generaba seguir con su vida normal, sabiendo que en su casa había alguien a quien podían venir a buscar: “Yo tenía miedo cuando salía a la calle. Siempre miraba para todos lados. Y siempre veía gente extraña, desconocida, y autos raros. Siempre había alguno que rondaba, que pasaba despacito”.

En este punto confirma: “Salir con Beatriz era arriesgado; tenerla en la casa era arriesgado”. Sin embargo, decidieron ayudarla. En todo ese tiempo –aclara– nunca las molestaron. Como si no se hubieran enterado de que allí estaba Beatriz. “Ni siquiera nos golpearon alguna vez la puerta”, dice, en referencia a los militares y a las fuerzas de represión de la dictadura.

Luego de su permanencia en la casa de sus vecinas, Beatriz decidió instalarse en Córdoba. Seguía buscando a su esposo y rogando por la liberación de sus hijos. “Siempre preguntó, siempre buscó, siempre averiguó, pero nunca nadie le dijo nada”, afirma Celina sobre el destino del escribano.

Ayudar a alguien, aunque no piense igual que uno. Fue eso lo que la familia Sánchez le brindó a Beatriz Yáñez de Fernández Quintana. Así lo traduce la misma Celina: “Hablábamos poco de política. Ella tenía una idea y yo otra. Ahí no congeniábamos. Pero en todo lo demás, sí”.

Ya en el final de su relato, esta mujer de 85 años reconoce haber hecho un esfuerzo enorme por recordar un pasado al que califica de “muy duro” y “lleno de miedo”.

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