La fama es puro cuento

Por Silvio Santamarina.

La brecha entre representantes y representados se ensancha y no hay estrella invitada que alcance para cicatrizar esa herida.

Primero fue Nacha Guevara, después, Andrea Del Boca, ahora Diego Maradona; el recurso de colgarse de celebridades durante una campaña electoral es un viejo truco que ya no debería sorprender, pero lo que llama la atención es la reacción que genera en el electorado. O mejor dicho, la reacción que no genera. La mediatización de la política crece al mismo ritmo que la indiferencia cívica. Y en ese círculo vicioso está atrapada la democracia argentina, con o sin Kirchner.

En la Justicia Electoral ya no saben qué incentivos y amenazas inventar para revertir la alarmante tendencia al ausentismo de los ciudadanos convocados como autoridades de mesa para las próximas elecciones. Lo mismo les pasa a los partidos –a lo que queda de ellos– con la masa crítica de fiscales que necesitan para defender sus votos a la salida del cuarto oscuro y en el momento de contar las boletas: no consiguen voluntarios.

Las razones de este desapego republicano seguramente son muchas y están combinadas en una maraña difícil de desanudar. Pero hay datos evidentes que explican este clima de apatía. Durante esta semana, los programas políticos de la televisión argentina (que ya no tienen el rating de hace un par de años) mostraron a varios señores de saco y corbata –y a alguna que otra señora de trajecito– debatiendo entre ellos sobre la nueva y la vieja política. Cada uno a su turno justificó con poca convicción su esquema de alianzas y, como toda concesión al somnoliento televidente-votante que se hastiaba del otro lado de la pantalla, cada candidato reconoció que "la gente" estaba esperando que le hablaran de sus problemas, y que le propusieran soluciones. En efecto, resulta casi imposible encontrar en los miles de espacios de prensa escrita y audiovisual alguna propuesta más o menos consistente de cualquiera de los postulantes legislativos sobre temas de la vida cotidiana de aquellos votantes que no se dedican a la política ni al periodismo. Y no es casualidad ni un descuido de los estrategas de marketing político que asesoran a los partidos.

Uno de los activistas sociales más respetados del país se quejaba, en una cena de amigos de hace unas semanas, de que sus esfuerzos por convencer a los principales candidatos electorales de que incluyeran un proyecto de "hambre cero" en su discurso de campaña resultaron estériles. Los políticos están en otra cosa, no se sabe bien en qué, salvo que uno quiera ser malpensado. A principios de este año, una de las caras más conocidas de la oposición se dirigió informalmente a un grupo de periodistas, luego de una conferencia de prensa: "Nadie me preguntó por el hambre", se quejó. Era cierto. Tal vez los periodistas hayan sido insensibles ante un tema que "no vende"; tal vez hayan perdido la esperanza de que algún político conteste sinceramente algo importante acerca de la pobreza. Lo cierto es que hoy aquel político integra una de las listas opositoras con más chances de éxito y, sin embargo, el eje de campaña de su agrupación no es la erradicación del hambre en la Argentina.

Con la inseguridad sucedió algo similar. Hace años que se realizan marchas en reclamo de alguna señal de parte del establishment político de que la violencia criminal será tratada como un tema de Estado y no como una curiosidad sociológica que los ministros del área comentan en sus tertulias radiofónicas matutinas. Las rejas que adornan –en realidad, afean– las fachadas de los hogares de casi todo el país indican que la inseguridad no se trata de una moda perversa gestada por algún noticiero de la tevé capitalina. Sin embargo, sólo el miedo al qué-dirán-las-encuestas empujó al Gobierno a ensayar alguna medida de endurecimiento judicial contra el delito, en la cuenta regresiva electoral.

El juego democrático se debate hoy entre el discurso políticamente correcto que todo dirigente debe sostener en los medios y la desesperación por traccionar nichos de votantes reales, cuya ideología no siempre coincide con el abecé de los derechos humanos universales. Es el caso de la dinámica de vodevil que tomó la relación del peronismo con Aldo Rico. En principio, el kirchnerismo bonaerense lo sostenía un poco a escondidas, consciente de que le sumaba votos pero no imagen positiva; cuando esa alianza entre un gobierno de rostro progresista y un símbolo carapintada se volvió indefendible en los medios, Rico quedó afuera. El ex militar y Luis Patti tentaron entonces a los cuentavotos del PJ disidente, pero también allí los asesores de imagen tocaron la alarma de la impresentabilidad mediática de estos personajes. No obstante, queda pendiente un dato perturbador: ambos son influyentes porque, en su momento, triunfaron en las urnas.

La semana pasada, la Fundación Konrad Adenauer organizó en Ecuador un seminario de comunicadores para analizar la relación entre periodismo y política. Entre los asistentes estaba Alex Contreras, el ex vocero de Evo Morales: Contreras, que sigue defendiendo el proceso de transformación de Bolivia, renunció a su cargo como protesta a un acto de censura en el gobierno de Evo. Uno de los temas del seminario fue analizar los efectos de la teoría de "comunicación directa con el pueblo, sin intermediarios" que aplican en los países del eje bolivariano, incluida la Argentina.

Lo que se presenta como un supuesto contacto directo con la gente, pasando por encima de la manipulación de los medios de comunicación, se trata en realidad de una excusa para multiplicar la creación de medios estatales y paraestatales, y la radicalización del viejo truco de cooptar medios privados para que resulten canales confiables para el gobierno de turno. Por ejemplo, cada emisión de Aló Presidente, el talk show maratónico de Hugo Chávez, tiene un costo de mercado estimado en un millón de dólares, por su duración y logística de producción. Es decir que los gobiernos que supuestamente menos creen en la prensa son los que más dinero público invierten en medios.

En la Argentina, el PJ oficialista y el disidente desplegaron una batalla mediática millonaria. Francisco de Narváez compró diarios, canales de radio y televisión, y hasta agencias de publicidad, para hacer "nueva política", y su búnker de campaña parece más un call center que una unidad básica. Lo mismo sucede con la cuantiosa inversión publicitaria del Gobierno, que incluye el reclutamiento de famosos. No obstante, la reciente entrevista que Néstor Kirchner le concedió en exclusiva a Telefe para no anunciar su candidatura perdió en el rating minuto a minuto con una telenovela.

La brecha entre representantes y representados se ensancha y no hay estrella invitada que alcance para cicatrizar esa herida. No son los actores: lo que no funciona es el libreto.

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