Lo que le falta al genoma kirchnerista

Por Jorge Fernández Díaz

Néstor Kirchner no concibe la política sin una epopeya ni una campaña electoral sin un enemigo. Ese enemigo no puede ser, como en países evolucionados y dentro de sistemas políticos maduros, simplemente la recesión, la crisis, el desempleo u otros temas de fondo. Nada de "cuestiones abstractas": Kirchner necesita crear un enemigo gigantesco y corpóreo para derrotarlo. E incluso, si la suerte le es adversa, que le permita caer de un modo majestuoso, haciendo uso del glamour setentista del fracaso: "Perdimos porque éramos los mejores y porque luchábamos contra los malos". Volveremos, volveremos.

Los primeros pasos de esta carrera hacia las urnas van mostrando que Kirchner ha elegido al campo como el monstruo por destruir. Denunciará una y otra vez a la "oligarquía vacuna" y sus aliados, los "grandes medios de comunicación". Lo hará desde la tribuna, a los gritos, haciendo uso de un maniqueísmo de manual. De este modo, Kirchner crea una falsa mística: "No estamos luchando contra Carrió, Macri, Duhalde o Reutemann; estamos luchando contra la oligarquía y sus aliados mediáticos".

Este tipo de argumentación le facilita difundir un mensaje según el cual la sociedad no le está aplicando un voto castigo al gobierno de su esposa por su mandato gris, sino por "intereses personales y espurios" de los malvados de siempre.

Ser derrotados por los dirigentes de la oposición, claro está, sería poco glamoroso. Quedaría en evidencia que la sociedad ha castigado a los Kirchner por haber sembrado odios y por haber combinado irritantes gestos de superioridad moral con prácticas escandalosas, soberbia personal con camelos ideológicos, ejercicio impiadoso y discrecional del poder con manipulación de estadísticas y organismos de control, desprecio por las formas republicanas y combate a la prensa independiente con un manejo amateur de la economía y una conducción errática de la política exterior.

Perder "contra la oligarquía vacuna y la oposición de los medios" les evita discutir lo que hicieron y lo que harán en concreto con dos temas que los pequeños burgueses de izquierda desprecian por ser "temas de la derecha, de la clase media y de los ricos": la inflación y la inseguridad.

Estos intelectuales oficialistas, que sólo han visto pobres en las películas sobre marginales que filman los cineastas fashion de Palermo y Las Cañitas, ignoran que esos dos flagelos pegan mucho más abajo que en el medio o arriba. La inflación lastima las billeteras de todos, pero destruye los bolsillos del proletariado. La inseguridad mete miedo a los que más tienen, pero aterra y rapiña a los que menos pueden defenderse.

No dará cuenta el Gobierno, durante esta campaña, de las políticas antiinflacionarias y los planes serios para combatir el desempleo y el delito, preocupaciones reales de los argentinos. Tampoco dará lugar a una idea nacida, paradójicamente, del conflicto que Kirchner generó con el campo y de la espectacular llegada de la crisis económica global: la sociedad argentina siente hoy que el país puede salir adelante vendiéndoles alimentos a todos. El peronismo fue esencialmente industrialista, y el agro les dio un cachetazo político a Néstor y a Cristina. Pero la única verdad es la realidad: la agroindustria le permite a la Argentina soñar con un lugar en el mundo.

En vez de abrazarse a esa idea y dejar de cavar el pozo en el que están metidos, los Kirchner han decidido redoblar la apuesta y colocar al agro como lo que ya no es: una aristocracia rancia y golpista. Si pierden, los kirchneristas dirán que la oligarquía y sus voceros les cortaron las piernas. E incluso pensarán -aunque sea, hipotéticamente- en revolearle el Gobierno por la cabeza al vicepresidente de la Nación o a cualquiera, como insinuó el propio Kirchner al día siguiente de la votación "no positiva" de la 125 en el Senado de la Nación. "Si no tengo el poder, ¿para qué quiero el Gobierno? Ya vas a ver cómo nos van a venir a buscar..."

El inefable matrimonio no tiene idea de cómo se dialoga sin ejercer presión ni de cómo se gobierna sin mayorías parlamentarias y sin superpoderes. Son más "revolucionarios" que demócratas y republicanos: prefieren el relato del payador perseguido a la "mediocridad de la partidocracia". El problema es que para ser un estadista hay que tener el coraje del conquistador, pero, fundamentalmente, la templanza del gobernante. Luego de la espectacularidad de la conquista, viene la democracia gris, que exige mucha paciencia y tesón, y no tanta palabrería y fuegos artificiales. Saber perder y tener apego por la alternancia institucional. Ninguna de estas virtudes componen el genoma kirchnerista.

Es por todo eso por lo que el piquetero Emilio Pérsico -quien, junto con Luis D´Elía, acostumbra decir en público lo que el matrimonio habla en privado- reveló en las últimas horas: "Si perdemos, entregaremos el Gobierno, y que [Julio] Cobos se haga cargo". Después fue desmentido y él mismo reculó, pero nadie creyó honradamente que ese pensamiento haya provenido de su febril imaginación, dado que el "todo o nada" se ha convertido en la tónica del momento. No hay ánimo de leer y acatar el mensaje de las urnas, ni de trabajar humildemente para los votantes. "Nos volteó la oligarquía". Volveremos, volveremos.

Las elecciones legislativas suelen ser muestreos del estado de ánimo de la población. El estado de ánimo se ve en las encuestas, se percibe en la calle y se intuye incluso en gestos aparentemente frívolos, como los que resplandecen en la televisión abierta, donde se palpa que la complacencia con la pareja presidencial ha ido mermando y donde figuras populares, de habitual olfato, han empezado a oler la sangre: regresarán las imitaciones políticas y la sátira dura y diaria del matrimonio a la televisión argentina, a pesar de las presiones que los agentes oficiales ejercieron exitosamente durante estos cinco años.

Lo que nadie sabe, lo difícil de mensurar, es qué ocurrirá en el conurbano bonaerense, donde los barones del peronismo hacen equilibrio para tratar de no quedar desairados, sea cual fuere el resultado final. Son los que definirán la pelea. Sin embargo, aunque se pueden hacer análisis superestructurales sobre los partidos políticos y sacar cuentas, en elecciones legislativas vale más que nada ese estado de ánimo de la gente. Me refiero a la infantería electoral, al ciudadano común, al hombre de a pie. Hay hombres que, en determinadas coyunturas históricas, votan a Nosferatu y al Hombre Lobo con tal de castigar a los que gobiernan. Y más en épocas de crisis económicas, en las que los oficialismos pagan, tengan o no la culpa. No sucede lo mismo, por supuesto, en elecciones presidenciales, cuando hay que elegir quién comandará nuestros destinos.

Por eso, Kirchner habla de plebiscitar el gobierno de su esposa. Y también por eso lleva todo al borde del abismo. Para utilizar el viejísimo truco de "nosotros o el caos". El problema de esa estrategia es que ya la sociedad reescribe la fórmula. Es el propio Kirchner el que provoca el caos, se dicen. No hay riesgo si se le ponen límites al piloto en medio de la tormenta, porque es precisamente el piloto quien más ha hecho para que las olas del tifón nos estén llegando hasta el cuello.

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