La falta de confianza en el Gobierno potencia este tiempo de conflictos

Por: Eduardo van der Kooy

Héctor Méndez, el titular de la UIA, hizo sonar ayer sirenas de alarma. Habló de un clima de irritabilidad y de temor social en la Argentina derivado, sobre todo, del prolongado y áspero conflicto en la fábrica Kraft. ¿Está el país, acaso, encaminado hacia un posible desborde social y laboral?

No hay, por ahora, indicios serios que podrían darle respuesta afirmativa a ese interrogante, lo cual no alcanzaría para desestimar ciertas precisiones que hizo el jefe de la UIA. La irritabilidad y una dosis de temor son moneda corriente en una sociedad que observa, impotente, cómo el Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner progresa, después de la derrota electoral de junio, en una dirección impensada. Donde la matriz dominante suele ser siempre la confrontación.

Pero aquellos condimentos atraviesan toda la realidad, sin reparar en la razón de los temas. Basta con un ejemplo: el clima general -lejos del sosiego- que rodea la discusión sobre la ley de medios en el Congreso. ¿Por qué no habría de instalarse también la intranquilidad cuando lo que está en juego son las fuerzas laborales y productivas y, además, la distribución del ingreso?

El problema de Kraft domina toda la escena, pero entre bambalinas se ocultan otras cosas. Hay varios conflictos laborales en Entre Ríos, uno trascendente en San Luis, algunos irresueltos en Santa Fe (el de la autopartista Mahle) y otros que nunca terminan de solucionarse, como el de los petroleros de Santa Cruz y Neuquén. Se trata de una descripción, aunque parcial, bastante normal en un país de estas características que arrastra todavía las secuelas de la crisis económica doméstica e internacional.

Méndez repitió de nuevo en la reunión de la UIA de ayer que, tal vez, el problema radique más ahora en la política que en la economía. Al parecer, otra aproximación correcta del dirigente como fue su alusión a los días de temor e irritabilidad.

¿Cuál sería el problema político? Serían varios. En primer lugar, un Gobierno que quedó objetivamente debilitado después de junio aunque simule comportarse como un Gobierno fuerte. Los Kirchner parecen tener engrillados al peronismo y a la oposición: pero la realidad social fluye, de todas formas, al margen de los carriles institucionales y políticos.

El conflicto en la fábrica Kraft podría ser un buen resumen. Ese pleito escaló durante más de 40 días sin que el Gobierno le prestara atención adecuada. Su atención estaba centrada en otras luchas, la mayoría innecesarias.

La protesta se fortaleció de tal modo que sumó a estudiantes, partidos de izquierda, organizaciones piqueteras y sociales a los trabajadores en litigio. Hace semanas que la Capital y el conurbano próximo son un pandemonio cotidiano. El Gobierno intentó restablecer el orden cuando validó la semana pasada el desalojo de la planta fabril y, aunque el operativo policial fue correcto, no consiguió su objetivo y pagó otro costo.

El conflicto colocó además en superficie desacuerdos internos en el oficialismo. El más evidente es el de Daniel Scioli con Kirchner, aunque la pulseada con el gobernador sea encarnada por el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Ese incordio viene desde junio, cuando ni las candidaturas testimoniales alcanzaron para evitar la derrota en Buenos Aires.

Otro grave riesgo para el kirchnerismo es el renovado activismo de las organizaciones piqueteras. Una de ellas, Barrios de Pie, se encargó ayer de cortar por un rato la Panamericana. Al frente de la organización está Jorge Ceballos, que supo ser funcionario de Kirchner en Desarrollo Social. Ahora milita junto al intendente de Morón y diputado electo bonaerense, Martín Sabbatella.

El activismo piquetero incomoda al piqueterismo todavía kirchnerista. Las cabezas más visibles siguen siendo allí Emilio Pérsico y el diputado Miguel Depetri. Esos hombres vienen bregando para que Kirchner vuelva a la transversalidad y abandone la estructura del PJ. Pero el ex presidente hace lo contrario. Anoche mismo anduvo con el peronismo en Lanús.

Esa realidad social, dinámica, podría restarle a Kirchner el margen de maniobra político-institucional que demostró hasta ahora. Un margen que, con seguridad, se ensanchará cuando el diciembre cambien las mayorías en el Congreso.

Los Kirchner parecen no haber subsanado, al fin, el dilema que los persigue desde antes de los comicios: la falta de confianza social sigue siendo el denominador de la política pos-electoral.

Los dirigentes de la UIA repasaron al detalle un trabajo que encargaron para debatir ayer. Los resultados fueron elocuentes: Cristina está en su más bajo nivel de valuación desde 2007; apenas un 20% de los argentinos cree en cierta capacidad del Gobierno para resolver problemas.

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