La falsa disyuntiva sobre el precio del dólar

Por Daniel Gustavo Montamat, economista

No hay fondo anticíclico y no hay crédito para enfrentar la recesión. El manotazo a las AFJP tiene dudoso signo aritmético. La quimera de un arreglo con el FMI para recuperar el crédito se diluirá tan pronto como los auditores del organismo se informen del estado de las cuentas públicas

No hay opción, vamos a un dólar más caro. La alternativa es profundizar la recesión y el desempleo comprometiendo las reservas que le quedan al Banco Central o anticiparse al desenlace fatal gestionando una devaluación con efecto inflacionario acotado.

El primitivismo del herramental del esquema económico vigente quedó al desnudo con el fin del ciclo de vacas gordas de la economía mundial. Con términos de intercambio inéditos para el comercio exterior argentino, más la herencia de la devaluación y el default que los precedieron, era casi imposible no crecer y no tener superávit de cuentas públicas y externas. En ese contexto era inevitable la apreciación del peso respecto al dólar si se lo dejaba librado al mercado. La heterodoxia de un tipo de cambio alto para sostener los superávit gemelos en un país que había perdido el crédito y donde el ahorro privado es insuficiente exigía un esfuerzo fiscal adicional y una recomposición gradual de precios y tarifas que habían quedado congelados. Los dólares del excedente comercial tenían que ser comprados, al menos en parte, con pesos del excedente fiscal para formar un fondo anticíclico. Mientras la bonanza recomponía el ingreso y el nivel de empleo había que ajustar las tarifas de los servicios públicos y los precios de la energía. Pero estas decisiones clave, que siempre fueron postergadas por sus efectos políticos colaterales, requerían de un plan y de una visión de largo plazo. Cuando los dólares del excedente comercial se compraron con emisión de pesos, y el excedente fiscal se usó para financiar un festival de subsidios cruzados, la política económica quedó entrampada en el corto plazo. Recrudeció la inflación, el crecimiento volvió a depender del consumo interno (como siempre afectado por grandes desigualdades distributivas) y el saldo externo se tornó sojadependiente. La inflación socavó el tipo de cambio competitivo. Volvieron los controles de precios con su saga de históricos fracasos y, después, la manipulación del Indec. Las vacas gordas mundiales y el gasto público exacerbado sostenían la sensación interna de auge al costo de crecientes inconsistencias. Los vasos comunicantes entre los ingresos por retenciones y los gastos por subsidios (que crecían exponencialmente) derivaron en precios tope de exportación y retención de todo el excedente en las exportaciones de crudo y algunos productos petroleros al final de la administración Kirchner I (Resolución 394/07). Fue el precedente de la famosa Resolución 125 que intentó establecer un esquema similar para las exportaciones de productos agropecuarios al inicio de la administración Kirchner II. La reacción del agro marcó los límites de la punción fiscal de la política populista. El desenlace del conflicto coincidió con el derrumbe de la economía mundial y la desaceleración del nivel de actividad económica del país. Las vacas flacas pusieron al desnudo la vulnerabilidad de las cuentas públicas y de las cuentas externas. No hay fondo anticíclico y no hay crédito para enfrentar la recesión. El manotazo a las AFJP tiene dudoso signo aritmético. Lo que suma al ahorro público lo detrae del ahorro privado. La quimera de un arreglo con el Fondo para recuperar el crédito se diluirá tan pronto como los auditores del organismo se impongan del estado de las cuentas públicas. Sin alternativas, empieza la política de ajuste que se trata de disimular con anuncios de algunos planes promocionales de consumo y obras públicas.

Ya sin herramientas, el populismo económico termina obligado a aplicar una sangría a un paciente anémico. Si se usan las reservas del Banco Central para sostener el tipo de cambio, se anticipa el deterioro de las cuentas públicas y externas. Se agrava la recesión y se pierden más empleos productivos hasta el inevitable colapso devaluatorio. La productividad media global argentina no puede resistir el nivel consolidado de gasto público en dólares que hoy tenemos (casi el 40 % del producto). La decisión de corregir el tipo de cambio nominal ya, aparece como el mal menor. En condiciones recesivas su impacto inflacionario se atenúa, licúa gasto público y preserva los superávit gemelos.

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