Fallido intento juecista de neutralizar a UCR

El Congreso de la UCR, con un quórum casi perfecto y en un estricto ejercicio de democracia interna, acaba de sepultar las intenciones aliancistas del Pacto de Oliva. Por una amplia mayoría, el radicalismo ha decidido concurrir en soledad a las próximas elecciones. Las consecuencias de esta novedad exceden las elecciones legislativas de junio y amagan con alterar el escenario político de cara a 2011. Aunque probablemente no se haya debatido anoche, el centenario partido ha puesto en riesgo la estrategia de un "plebiscito cordobés" y alejado la amenaza de una "neutralización preventiva", urdida tanto por sectores internos como por alguna prensa independiente, funcional a los intentos de menoscabar sus mecanismos de democracia interna.
Candidato eterno

Si algo sabe hacer Juez es ser candidato. De hecho, es un profesional en tal materia. Tómese nota: no bien asumió como intendente en 2003, lanzó su candidatura a gobernador. Tan en serio se tomó este objetivo que, durante 4 años, prácticamente se olvidó que de sus funciones, reduciéndolas al incremento de la planta de personal, las prórrogas del contrato de Cliba y a cultivar el arte de victimizarse, tanto por la herencia de Kammerath como por las pasiones vengativas de De la Sota, según aconsejara la ocasión.

Mal no le fue. En setiembre de 2007 fue batido por escaso margen por Juan Schiaretti. Mal perdedor, denunció fraude y publicó un libro sobre el robo de su "indudable" victoria. Continuó batiendo el parche de la imaginaria bribonada hasta que la Presidenta adelantó las elecciones. Fue una verdadera continuación de su campaña por otros medios, parafraseando a Von Clausewitz.

La candidatura de Juez ya tiene 5 años, y va por más. La senaduría es apenas una excusa del calendario. Su intención es ser gobernador y ni siquiera oculta tal ambición por pudor: quien lo vote, estará empujándolo hacia las próximas elecciones. Como senador, continuará siendo un gran candidato.

A pesar de su prolongada campaña, y contrariamente a lo que muchos pudieran suponer, las encuestas no son contundentes. Lograría con holgura un escaño en el Senado, por cierto, pero no superaría o lo haría por poco las cifras de 2007. Si su intención de voto se situara en el 37-40%, tal como parecen señalar las tendencias, todavía le faltaría un largo trecho para ser considerado un auténtico "vehículo de la historia", conforme su presuntuosa autorreferencia en una reciente carta dirigida al radicalismo.

¿Cuánto más puede subir de aquí a junio que no haya ya logrado después de 5 años de ser candidato? Esta es la pregunta del millón. Tal vez las mediciones estén señalando que el líder del fin del choreo tiene un techo electoral nítido, sólo quebrantable mediante una alianza con el radicalismo.

El plebiscito cordobés

Así como Kirchner quiere plebiscitar en junio su "modelo de acumulación con inclusión social", Juez intenta hacer lo propio con su candidatura eterna. Su apuesta es mostrarse como el gobernador electo con asunción diferida al 2011, y para ello necesita mostrar una indiscutible mayoría.

Pero ganar un plebiscito requiere la mitad más uno de los sufragios. Todo lo demás es cuento. Por eso Juez necesitaba de los radicales, aunque se vanaglorie de no necesitarlos para "ganarle por paliza a Kirchner". Sabe que, por ahora, los votos que cuenta como propios no les alcanzan para dar el mensaje de contundencia que su prolongada campaña reclama y, en esto, el tercio electoral del radicalismo era indispensable, más allá de sus recientes bravuconadas.

Hizo todo lo posible para convencerlos. Primero les dijo que, si él era el senador, de allí para abajo era todo de ellos. Luego los aleccionó con la cantinela de que ésta era una elección clave para derrotar al kirchnerismo, y que -entonces- debían ser aliados en tan magno propósito. Todo lo demás era secundario, mezquinos intereses personales que olvidaban el legado de Sabattini e Illia. No logró tal propósito, a pesar de contar con el inestimable auxilio de un obnubilado Gerardo Morales, quien extrapolaba las realidades del conurbano bonaerense a nuestra provincia.

Debe reconocerse que el argumento era fuerte, pero absolutamente falaz. En Córdoba, 8 de cada 10 personas son antikirchneristas, y la oferta electoral, desde Juez hasta Schiaretti, también lo es. Desde un punto de vista costumbrista, pegarle al gobierno fue siempre aquí un deporte muy popular y, como sucede en las elecciones legislativas, es probable que el electorado reparta sus votos conforme sus preferencias "ideales", máxime cuando el peligro de un hipotético triunfo K se encontraría plenamente neutralizado.

Esta presunción está avalada por las estadísticas. Con una intención de voto de apenas 10% para el Frente para la Victoria, las elecciones en Córdoba pintan como una "interna abierta" entre quienes militan contra el matrimonio presidencial. En este contexto, la decisión del radicalismo de no aliarse con Juez, lejos de hacerle algún juego a Néstor y Cristina, simplemente amplía la oferta de sus múltiples opositores. En el peor de los casos, arañarán el 30%.

Si la derrota del gobierno estaba asegurada desde el comienzo a manos de múltiples actores, el peronismo cordobés incluido, ¿por qué la insistencia en aliarse con la UCR? Básicamente, para reforzar su plebiscito personal. Y, para lograr tal propósito, apeló a la "neutralización preventiva" del radicalismo, seguramente inspirada en la conocida doctrina de George W. Bush. Esta estrategia se basó en un combo integrado por la fe común antikirchnerista (un dato baladí, como se ha visto) y un acuerdo electoral para el 28 de junio que le asegurara más del 50% de los votos para su candidatura permanente. Este porcentual hubiera legitimado el pretendido referéndum y, con él, su entronización como "gobernador electo con asunción diferida". Aunque contó con la colaboración de Negri y de la dietética "Marcha de los 300", el esfuerzo no alcanzó: anoche le desarmaron el paquete mediante una votación interna, algo que jamás podrá entender.

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