Falistocco: "El Poder Judicial cumple un importante papel de cohesión social"

Alarmado por el incesante aumento de las causas laborales en todos los tribunales santafesinos, el titular de la Corte Suprema provincial, Roberto Falistocco, cuestionó la ausencia de políticas de Estado que enfrenten con energía la desocupación y sus consecuencias: la pobreza estructural y la creciente marginalidad que caracteriza a la sociedad argentina. También se refirió a las desigualdades entre la cantidad de juzgados laborales en Capital Federal, Córdoba y Rosario.
En una entrevista con LaCapital, Falistocco detalló cómo la crisis nacional e internacional golpeó a la población, lo que se traduce en un mayor trabajo de los jueces.

—Sabemos de su preocupación por el notable incremento de las causas laborales.

—Los números son contundentes como para reconocerle que es cierto, estamos muy pendientes de lo que sucede en el fuero laboral. Las cifras desde el 2005 no paran de aumentar; ese año ingresaron 8.964 causas, y la evolución posterior fue siempre para arriba: 10.544 causas en 2006, 11.800 en 2007, 15.135 en 2008. Sólo del 2007 al 2008 hay un incremento del 22 por ciento. En los primeros seis meses de 2008 ingresaron 8.058 causas. En el mismo período de 2009, 11.604 expedientes, un 45 por ciento más.

—Debe ser difícil para un juez laboral atender tantas causas.

—Para cualquier juez. Nuestras investigaciones nos indican que un magistrado no debería intervenir en más de 500 causas al año. Si lo lográramos, sería posible implementar, tanto en el fuero laboral como en el civil y comercial, el juicio oral, mediante el cual estaríamos en condiciones de tener resuelta la mayoría de las causas en 15 meses.

—No debe ser esta una situación exclusiva de Santa Fe.

—Aquí se agrava porque venimos con un déficit crónico de juzgados laborales. Capital Federal, con 2.776.138 habitantes, 80 juzgados y 10 salas, tiene un juez laboral cada 34.702 habitantes. Córdoba, con 1.179.372 ciudadanos, tiene 11 salas de tres jueces y 8 juzgados con jueces de conciliación, lo que significa un promedio de un juez cada 28.765 justiciables; mientras que en Rosario hay 1.133.026 habitantes y 9 juzgados, lo que supone un magistrado cada 125.892 ciudadanos.

—¿El recargo de trabajo en los juzgados debe ser muy importante?

—Sin duda. Los otros dos poderes del Estado santafesino y los magistrados conocen nuestro permanente reclamo para que se tenga en cuenta el estado actual del fuero laboral, abarrotado de expedientes. Más aún cuando en estas coyunturas difíciles el Poder Judicial cumple un importante papel de cohesión social en la medida en que pueda ofrecer respuestas oportunas a conflictos producto del desgarramiento social que implica toda crisis. Esto se puede complicar si se confirma que para el 2010 tendríamos el mismo presupuesto de este año. Con el actual nivel de litigiosidad, en aumento, y con el mismo presupuesto, nos resultaría francamente imposible dar una respuesta satisfactoria a la comunidad que reclama un servicio de Justicia más eficiente. La crisis se agravaría en todos los fueros. Así, por ejemplo, si pretendemos avanzar en la implementación del nuevo sistema penal, incorporando el año entrante ocho nuevos delitos para ser juzgados en forma oral, tal como lo establece la media sanción que ya salió de Diputado, nos vamos a encontrar con una situación difícil o imposible de sostener. Suponiendo que se incorporaran sólo el homicidio simple y el abuso sexual agravado, y de acuerdo con las estadísticas de 2008, deberían pasar a juicio oral y público en 2010 en toda la provincia 220 causas nuevas. Si la dotación de personal y el presupuesto no se modifican nos encontraríamos el año que viene ante una realidad inmanejable.

—¿Dónde habría que poner el acento del cambio?

—Se deben analizar los aspectos estratégicos que hacen al futuro de la sociedad, a las políticas de Estado, e incluso a las consecuencias éticas y morales de una comunidad empobrecida. La "inflación" de causas laborales nos habla del drama de la falta de trabajo, que con el tiempo origina pobreza e indigencia. En no pocos hogares ya estamos contabilizando tres generaciones de desocupados, abuelo, padre e hijo. Hay pendiente una discusión acerca de cuál es el sector económico que debería convertirse en la matriz de nuestro desarrollo. Para esto se requiere conocer en profundidad nuestra realidad y lo que pasa en el mundo. Estoy convencido de que es importante que surja una generación de hombres y mujeres capaces de generar un proyecto a largo plazo, como ya tuvo Argentina.

—¿Lo relaciona con el Bicentenario?

—En buena medida sí. El último intento por realizar algo como acabo de señalar, aunque no pudo desplegarse y concretarse, fue el que apareció a fines de la década del 50 con el denominado desarrollismo, como antes fue la llamada Generación del 80 que, con sus luces y sombras, al menos encolumnó a la Nación detrás de grandes principios y en buena medida los concretó. En este sentido, alguien pudo tener la ilusión de que mostraríamos para el Bicentenario las bases de un proyecto de progreso y bienestar. Todo indica que no lo tendremos. Habría que empezar a gestarlo ya para ver si en el 2016 (el otro Bicentenario) tenemos echadas las bases para un país distinto.

—Usted habló de reforma política. ¿Cree que el parlamentarismo aportaría algo positivo?

—Existe una tarea previa válida tanto para el presidencialista como para el parlamentarismo: necesitamos contar con partidos fuertes, que sólo llegan a serlo cuando se encuentran legitimados al menos entre sus representados. Para ello, el voto que se entrega al representante político debe englobar los dos aspectos típicos del voto: "a favor de" y "en contra de"; o sea, adhiero a un partido tanto porque quiero que se hagan las cosas que propone como para evitar que el partido adversario ponga en práctica un plan que no me convence. Pero si un partido sólo capta el ir en contra de algo, como por ejemplo representar nada más que la bronca, seguramente perderá legitimación y fuerza. Así se generan los partidos políticos fuertes, que pueden llegar en cierto momento a plasmar el bipartidismo, habitual en los países más desarrollados. Sin partidos fuertes el parlamentarismo sería, más que inviable, caótico, y el presidencialismo se quedaría sin oxígeno para corregir rumbos en momentos difíciles.

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