La falacia de los Kirchner

Por Carlos Pagni

Al profetizar que, si no se les otorga una mayoría parlamentaria, la gobernabilidad y hasta la democracia entrarían en crisis, los Kirchner no sólo produjeron otra manifestación estridente de incorrección política. También postularon una falacia. Para advertirla, basta con un breve repaso a lo que ha sido su permanencia en el poder.

Si algo sorprendió en el primer kirchnerismo fue su capacidad para producir cambios significativos sin el aval de una mayoría electoral. Entre 2003 y 2005, Néstor Kirchner no contaba con más de 14 legisladores propios. La renovación de la Corte, la política de derechos humanos, la creación de fideicomisos para servicios públicos, el desplazamiento de los sindicatos del PAMI y la reorientación de la política exterior fueron llevados adelante con un respaldo del 22,24% del electorado. El modelo -si existiera- se construyó sin votos.

Esa indigencia fue compensada con capital simbólico. Los políticos profesionales vieron en el discurso reformista de Kirchner la posibilidad de recuperar del colapso su vínculo con la clase media que quería que se fueran todos. Asociándose con él, podrían retener el poder y, quizá, reproducirlo. Los peronistas conseguirían, además, que el ignoto santacruceño les sacudiera la mochila del maldito menemismo. A cambio de esos servicios, los caudillos provinciales consintieron que Kirchner centralizara los recursos fiscales como nunca antes.

Pero el Gobierno fue perdiendo aquel encanto político a medida que ganaba elecciones. En 2005 el mosaico oficialista sumó poco más del 40% de los votos. Los Kirchner aprovecharon el poder obtenido en esa pasable victoria para empezar a desmentir la promesa de una modernización. Entre 2005 y 2007, avasallaron al Consejo de la Magistratura; le quitaron facultades al Congreso; hostigaron a la prensa independiente y protagonizaron los primeros escándalos de corrupción. En 2007, la señora de Kirchner perdió en las ciudades donde más se concentra la clase media.

Coerción

La seducción fue sustituida por la coerción fiscal y la caja se convirtió en la piedra angular de una gobernabilidad muy rudimentaria. Al "modelo" le llegó el infarto cuando, para conseguir esos fondos, sus titulares debieron enemistarse también con los sectores medios rurales. Por eso, los Kirchner debieron replegarse sobre una clientela "subsidiointensiva" y hoy sepultan los últimos vestigios de aquel proyecto de regeneración en el statu quo del conurbano bonaerense.

La dinámica de estos días es la inversa de la que dotó al oficialismo de una legitimidad sin votos. Para la corporación política, sobre todo la del PJ, la pareja gobernante es un factor de derrota. La prueba está en la provincia de Buenos Aires: pareciera que allí cualquier peronista gana, se llame Scioli, De Narváez o Solá; salvo Kirchner.

Hay tres provincias, además, en las que el PJ podría quedar tercero y perder, ya no las senadurías de la mayoría, sino las de la primera minoría. Una es Córdoba, donde -según dirigentes del oficialismo- el segundo lugar, después de Luis Juez, podría ser para el radical Ramón Mestre y no para un peronista. En Corrientes podría suceder lo mismo: que el kirchnerista Fabián Ríos pierda la carrera por el segundo lugar a favor del radical Nito Artaza.

Para el PJ, la amenaza de salir tercero es más dramática en Mendoza. Allí se descuenta el triunfo de los radicales Ernesto Sanz y Laura Montero, auspiciados por Julio Cobos. Pero no está tan claro que el peronista Adolfo Bermejo, sostenido por Celso Jaque y Mazzón, quede segundo. Si se impone el slogan "no le dé una banca más a Kirchner", la tercera senaduría podría ser para Juan Aguinaga, del Partido Demócrata, cercano a Macri. El Gobierno perdería así el quórum del Senado.

Córdoba, Corrientes y Mendoza auguran a los peronistas que la identificación con Kirchner les podría hacer perder la presidencia, en 2011, a manos de otro partido. Atemorizados, en el PJ buscan a la figura capaz de reconstruir los puentes con los sectores medios que destruyó el matrimonio. Hasta la aventura testimonial, el último de esos puentes era la popularidad de Daniel Scioli.

Por eso, en el casting va primero Carlos Reutemann. Los peronistas necesitan que Reutemann sea a Kirchner lo que Kirchner fue a Menem. Para saber cómo comenzó la selección, el ex presidente debería preguntar por una reunión que organizó Juan Carlos Romero, en Salta, en Semana Santa. Se sorprendería.

El santafecino ensaya el truco. Desde hace cinco días, no le atiende el teléfono a Mazzón -su intermediario con Kirchner-, quien pretende pactar la lista de diputados nacionales incorporando a esa nómina a Jorge Centeno. Si en Olivos espera que esta semana Reutemann regrese en busca de financiamiento, les falta un dato: el senador es apañado por los más fuertes empresarios, comenzando por los Eskenazi (YPF), que ya se habrían reunido con él en el Banco de Santa Fe. Desde que el kirchnerismo se sentó en los directorios, las compañías prefieren una gobernabilidad distinta a la de Guillermo Moreno.

También hay sindicatos que, encabezados por la Uocra, montan guardia en la tranquera de Llambí Campbell.

El PJ jugará en 2011 sin los Kirchner. ¿Lo hará contra los Kirchner? Es la verdadera incógnita sobre la gobernabilidad. En especial, porque la falta de sueños ya no puede reemplazarse con la coacción del dinero: también escasean los recursos. Con 10 provincias en problemas para pagar el aguinaldo, el Gobierno deberá defender el centralismo fiscal. El federalismo será la inocente máscara que usará el PJ para diferenciarse de Kirchner.

La Argentina ingresa en una de esas transiciones en las cuales el poder está en todas partes y en ninguna. El matrimonio gobernante deberá recuperar su habilidad para sostenerse sobre una base muy estrecha. Esta etapa demandará un liderazgo de coordinación y no de vasallaje. Un gobierno que negocie, que escuche y que sea capaz de ponerse al servicio de un consenso que se elabora y extiende, si no en su contra, por lo menos fuera de su esfera. Para no estallar, la Argentina depende, más que de los votos que saquen en junio, de la creatividad de los Kirchner para inventar ese gobierno.

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