El factor S.

Por Maximiliano Montenegro.

En el PJ aspiran a que Cristina Kirchner gobierne hasta 2011 porque asoman dos años de recesión. Transición con Néstor y Scioli, quien imagina a Lavagna y Redrado como garantes del modelo económico.

Hasta el 28 de junio habrá que seguir con atención tres variables: dólar, empleo y, para sorpresa de los economistas que la imaginaban en retirada a causa de la recesión, también la inflación.

En los últimos días, el Banco Central logró aquietar las aguas y desarmar la minicorrida de marzo, un mes de ventas sostenidas de reservas y goteo incesante de depósitos bancarios. La orden impartida desde Olivos es que la cotización se estabilice en los valores actuales, para evitar sobresaltos en el escenario preelectoral. A favor de tal objetivo, la entidad conducida por Martín Redrado cuenta con la ampliación de sus reservas, ya sea por el swap de monedas con China (equivalente a u$s 10.000 millones) o por el aumento del capital del Fondo Monetario que –de acuerdo con la cuota argentina en el organismo– representarán u$s 2.400 millones adicionales, a computarse entre los activos del Banco Central.

Pero la clave para tranquilizar el mercado cambiario en estos tres meses radica en una mayor liquidación de divisas por parte de los exportadores. Gracias a las señales que envió el Central de que la cotización tendrá –al menos temporariamente– un techo y a la recuperación de los precios de la soja, en los últimos días la liquidación de exportaciones se más que duplicó. Y la historia indica que en el trimestre abril-junio la oferta de divisas suele ser un 60% mayor que en el primer trimestre, debido a la venta de la cosecha gruesa.

Si el ingreso estacional de dólares comerciales se cumpliera, el Central podría dejar de vender reservas e incluso recomprar durante algunas semanas.

Sin embargo, el proceso de dolarización que se inició a fines de 2007 continúa firme. Este año la oferta de divisas (el superávit comercial) será poco más de la mitad que el año pasado, por el derrumbe de las exportaciones. Dentro del oficialismo se discute sobre el nivel de dólar adecuado para enfrentar la crisis internacional, minimizando las caídas en la actividad económica y la ocupación. Mientras que el propio adelanto de los comicios juega como disparador de todos los miedos con vistas a la segunda mitad del año. Por eso, el Gobierno deberá manejarse con cautela en estos meses de confrontación política para no agitar fantasmas. En el último año y medio hubo tres corridas cambiarias. La experiencia muestra que la liquidación de exportaciones y el ritmo de dolarización de portafolios están ligados: cuando ahorristas y empresas huyen al dólar, las ventas de los exportadores se frenan a la espera de una mayor devaluación, lo cual retroalimenta la demanda. Al revés, cuando los exportadores empiezan a vender, los ahorristas aminoran el paso. Si ese frágil equilibrio se rompe (por la disputa con el campo, la estatización de las AFJP, los temores que despierta la crisis externa o el adelanto de las elecciones), como ocurrió en marzo (cuando la fuga superó los u$s 2.000 millones), el Banco Central deberá volver al ruedo para suavizar la devaluación.

Otoño. En la economía real será fundamental monitorear la evolución del empleo.

Según explican en la Unión Industrial, abril será crucial. Durante este mes las empresas deberán incorporar, definitivamente, a sus planes de producción y de dotación de personal el dato de la demanda de los últimos dos trimestres, cuando empezaron a soplar vientos recesivos. Hasta ahora, dicho ajuste en las empresas se concretó mayoritariamente con suspensiones, despidos de contratados y el recorte de horas extras, debido a la presión del Ministerio de Trabajo y de los sindicatos.

La inflación es la tercera variable insoslayable para el análisis. Casi todos los economistas revisaron en los últimos meses sus proyecciones a la baja (en un rango inferior al 15%), como reflejo de la desaceleración en el consumo. La última encuesta de precios de la consultora Equis quemó los papeles y encendió otra luz de alerta: según la medición de Artemio López, el IPC durante el primer trimestre acumula 4,45%, y proyecta una inflación anual del 19 por ciento. En el primer trimestre pesan rubros como educación privada y servicios públicos (luz y gas), cuyas tarifas el Gobierno descongeló de golpe, en la desesperación por recortar subsidios para balancear la menor recaudación. Pero también se perciben subas en rubros tales como textiles o alimentos y bebidas. La inercia inflacionaria tal vez responda al deslizamiento del dólar.

Si el fenómeno fuera transitorio, no habría motivo de preocupación, porque la menor demanda debería actuar como factor disciplinador en los próximos meses. Si, en cambio, persistiera (por historia, inercia o expectativas), asomaría en el horizonte el peor de los mundos: un escenario de estanflación (recesión con inflación) encendería la mecha del conflicto social, no sólo por la destrucción de empleos sino también por la pérdida del poder adquisitivo de los asalariados. Según Equis, la inflación de alimentos se mantiene en el 24% anual.

Anuncios. La malaria de las cuentas fiscales se percibe en datos llamativos para un año electoral. Según la Asociación Argentina de Presupuesto (ASAP), durante el primer bimestre del año el Ministerio de Planificación ejecutó sólo el 9% de su presupuesto, frente al 15% en igual período del año pasado: las obras de vialidad, incluso, se achicaron en 370 millones. Ante la escasez de recursos para potenciar políticas fiscales keynesianas contra la recesión, el Gobierno optó por anuncios de créditos al consumo. Esta semana será el turno del demorado plan de créditos hipotecarios, que instrumentarán entidades públicas y privadas, a tasas fijas en pesos durante el primeros cinco años.

Factor S. Después de las elecciones, los motivos de preocupación serán los mismos que se mencionaron más arriba. Pero, además, el Gobierno deberá replantear su política cambiaria (si se pretende detener la dolarización); explicitar el esquema con que se enfrentarán los pagos de la deuda; decidir si retorna al FMI o busca otras fuentes de financiamiento que permitan sostener una política fiscal expansiva; y, por sobre todo, definir un plan para afrontar dos años de vacas flacas. Todo, en un país que avanza hacia una nueva recesión con niveles de pobreza y de distribución del ingreso aún peores al promedio de la década menemista.

Cualquiera de esas decisiones dependerá del resultado de la elección, en la que Néstor Kirchner decidió apostar, una vez más, a todo o nada. "Lo que se juega en esta elección es la gobernabilidad de los próximos dos años y medio. Al compartir la candidatura con (Daniel) Scioli, Kirchner ratifica una lógica de construcción de poder: obliga a todos (dentro del peronismo) a definirse si están o no detrás del modelo", explica un ministro del gabinete nacional.

¿Y si pierde? "No existe la posibilidad de perder en Buenos Aires, con todo el poder institucional del peronismo atrás", responde la fuente.

De ocurrir lo inesperado, la consigna entre los gobernadores y dirigentes del PJ será armar un corralito a Cristina, para garantizar la gobernabilidad hasta 2011. Ninguno ansía la entrega anticipada del poder, entre otras cosas, porque habría dos años de recesión por delante, que con grandes dificultades deberán gestionar en las administraciones provinciales y municipales. Entonces, cualquiera podría ser el candidato del peronismo en 2011, aunque Carlos Reutemann quedaría como el mejor posicionado.

¿Y si gana? "Emerge una sociedad política en el gobierno", reconoce el ministro. Daniel Scioli rumbeará a 2011, pero en el camino muy probablemente gane espacio en la toma de decisiones. "Es el mismo modelo de país, pero con otros modales", se consuelan en el kirchnerismo.

Hasta ayer, para Néstor era sólo un rehén a cargo de la provincia de Buenos Aires: sin el auxilio financiero de la Casa Rosada no podría pagar sueldos ni jubilaciones. Pero quien sobrevivió a Menem, a Rodríguez Saá, a Duhalde, y ahora aspira a rescatar a Kirchner del naufragio, ¿dejará que el matrimonio presidencial haga y deshaga a su antojo en el ocaso de su poder? ¿Guillermo Moreno y otros pingüinos tendrían los días contados en el gobierno nacional? ¿Empezará a sanearse el INDEC, al que Scioli, en privado, llama "el escándalo del INDEC"? ¿Habrá otro acercamiento con los dirigentes rurales, con quienes el gobernador-candidato mantuvo casi siempre un diálogo cordial? ¿Deberá renunciar Néstor Kirchner a la conducción del Ministerio de Economía?

En uno u otro escenario, Martín Redrado y Roberto Lavagna surgen como los dos referentes del peronismo para sacar a la economía de la tormenta y conducirla a aguas más serenas. Scioli mantiene diálogo frecuente con ambos. En las últimas semanas escuchó con especial interés las críticas opiniones de Lavagna sobre la marcha de la economía. Lo considera el padre, y eventual garante, del modelo económico.

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