El Facho Martel

Por Osvaldo Bazán.

Pongámolos en fila. Porque matar al que mata implica matar al que mata al que mata al que mata. La lista termina -o empieza- en Susana.

Todo obvio. Todo como sin ganas. Todo cliché. El gay invita a los marginales a su casa. Es una fiesta y corre riesgos que sabe que va a correr y es como manejar borracho un auto a 200. Los marginales quieren plata para hoy, si hay que trincarse al puto se lo trincan. Es ahora. El futuro se cuenta en horas. No hay más y no importa más. Lo atan, lo matan, se matan. A todos esos que se lo pasan diciendo “es un genio, no le importa nada” les pregunto qué opinan de estos pibes a los que tampoco les importa nada.

Cliché.

El buen profesor, el buen padre, el de la 4 por 4 que no es abundancia porque no es del campo, es de trabajo, el que abre el portón, el buen argentino, el que gritaba los goles de Coppola. Y otros marginales a los que tampoco les importa nada y pim pam pum. Si ni siquiera supieron qué hacer con la camioneta. Imbéciles. Si matan a alguien para sacarle una camioneta por pocas horas es que mataron porque mataron, nomás. Mataron porque no les importa nada. Mataron porque después no hay nada. Mataron porque ya están muertos.

Y más clichés.

Susana Giménez, que se asustó con el comunismo cuando le metieron como a todos el corralito, y hay que matar a los que matan. Pongámolos en fila. Porque matar al que mata implica matar al que mata al que mata al que mata al que mata. La lista termina –o empieza– en Susana. Decir que hay que matar al que mata es mandarlo a matar. Sigamos con clichés. Mandemos a matar al que manda a matar. Mandemos a matar a Susana que mandó a matar a los que mataron a su florista, que ya estaban muertos. Alguien mandará a matarme. Y será muerto. Y vendrá la paz.

Y después de Susana, Moria, y después de Moria, Sandro (¡Ay, Sandro! Me dolió).

Y una caterva de señoras acomodaticias, escandalizadas, brutas, limpias de toda pureza (a ellas les matarán los hijos, sus hijos nunca serán asesinos, no sé, es una obviedad, pero están seguras de que así será); esa caterva de señoras, cuyo presupuesto mensual equivale a un cenicero arrojado por la Diva Mayor cuando se enoja, quieren ser como Susana y por eso juegan al totobingo y son obvias, y dicen: “Tiene razón”. Dice la caterva: “Esta señora que vive en Barrio Parque porque Miami le queda lejos para viajar todos los días, y que nunca escondió un auto bajo pajonales para no pagar impuestos que hubieran podido ayudar a que aquellos marginales no fueran tan tarados como para matar a un tipo para sacarle la camioneta por cuatro horas, ni se asoció jamás con un cura pedófilo o un mercenario para sacarle dos pesos a gente que tenía tres bajo la ilusión de un juego que no gana nadie”, dice, la caterva, esta señora es nuestra voz. Obvio de una obviedad cansadora. Cliché como el florista y el personal trainer que en los medios no son dos ciudadanos víctimas de lo más injusto del tercero de los mundos. Son el florista de Susana y el personal trainer de Guillote. Son porque están cerca de un famoso.

Y la farándula, nunca interesada en ningún gran dolor nacional, porque su enorme ombligo le lleva tanto tiempo, pide que se pongan a matar, así no la distraen de su principal ocupación. Ombliguearse.

La pena de muerte no soluciona nada. Es venganza. Los que matan ya están muertos, que eso es no tener una sola ilusión, una sola esperanza. Eso es matar a alguien para usar cuatro horas una 4x4. Estar muertos. ¿Se puede matar a un muerto? ¿Se van a asustar los demás muertos, o van a salir a vengarse?

Farándula, el trabajo de ustedes es regalarle ilusiones y fantasía al pueblo. No matarlo. No sean obvios. No se conviertan en el Facho Martel.

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