Expresaba valores que la sociedad está extrañando

Por Joaquín Morales Solá

Era, ahora lo sabemos, un político querido o respetado, que no despertaba rechazos entre los dirigentes ni en la gente común. Cuesta comparar la conmoción social y el dolor popular que provocó en las últimas horas la muerte de Raúl Alfonsín con aquel presidente de 1989 que debió entregar el gobierno cinco meses antes de la conclusión de su mandato, en medio de una grave crisis económica.

¿Es consecuencia sólo de su carisma? Lo tenía, y en un grado importante, pero también es cierto que él expresaba valores que la sociedad está extrañando: la transparencia en la administración de las cuestiones públicas, la serenidad para ganar o perder, el respeto a las instituciones de la República y una determinada concepción ética y estética de la política.

Quizá su muerte encierra también un último mensaje del ex presidente sobre la necesidad perentoria de volver a la normalidad democrática, que a veces parece perdida. La explicación del fenómeno social de ayer, además del natural cariño de muchos argentinos a la persona de Alfonsín, debemos buscarlo, quizás, en la comparación de él y sus principios con todo lo que le siguió en la conducción del país.

Corrían los meses finales de 1976. La dictadura militar era todavía, y lo sería por mucho tiempo más, una realidad dura, aparentemente larga, implacable. Alfonsín atendía entonces en el estudio jurídico que un amigo le prestaba cerca del Congreso. Sólo uno de sus hermanos, Guillermo, y su fiel colaboradora de toda la vida, Margarita Ronco, lo asistían en sus evidentes precariedades materiales. Su característica consistía en un mensaje final que siempre les deslizaba a sus amigos, correligionarios o periodistas que lo visitaban: "No dejen de hablar de la democracia. Es necesario que la gente no se olvide de que existe la democracia", repetía en tiempos en que la democracia parecía un proyecto muy lejano.

Quizá sin quererlo, Alfonsín fue construyendo desde ese frugal rincón el rol que muchos años después tuvo como arquitecto y emblema de un sistema democrático. Sin embargo, esa obsesión por la democracia, por el perfeccionamiento de sus reglas y, sobre todo, por su preservación, fue lo que marcó luego su vida en la política y en el poder.

Nada de lo que hizo Alfonsín, cuando luego se convirtió en un referente indispensable de la política argentina, podría explicarse sin esa obstinación en la defensa de un determinado sistema de vida. Sacrificó ideas, dejó de lado conveniencias personales y abandonó cualquier noción de vanidad política para no poner en riesgo la democracia y la libertad, valores que conformaron la base fundamental de su doctrina y de su propuesta.

Ha muerto también uno de los grandes líderes del partido más antiguo de la Argentina. La presencia y la trayectoria de Alfonsín en el radicalismo son comparables con las de Hipólito Yrigoyen, Marcelo Torcuato de Alvear y Ricardo Balbín. Alfonsín solía incluir también a Arturo Frondizi, a pesar de que el ex presidente desarrollista murió lejos del radicalismo. De todos modos, Alfonsín fue la última expresión de esa saga de grandes dirigentes políticos que marcaron a fuego la vida del radicalismo durante más de un siglo de vida. Casi 30 años en el liderazgo de ese partido lo colocan, sin duda, en la galería de los grandes próceres radicales. Entre ellos, Balbín y Alfonsín, sobre todo, debieron convivir con el fenómeno del peronismo. Alfonsín pudo derrotarlo tres veces en su vida (en 1983, en 1985 y, de alguna manera también, en 1999), pero fue, a la vez, el que más intentos hizo por una convivencia racional y civilizada con los herederos de Perón.

El Alfonsín previo a su liderazgo nacional y partidario, el que se movía entre las tinieblas del régimen militar, fue un político que se ocupaba, sobre todo, de sembrar sus ideas sobre la democracia entre los estudiantes universitarios. En rigor, el alfonsinismo surgió primero como una fuerza de la juventud universitaria, limitada primero en su proyección partidaria, pero solvente en su construcción de un futuro para el radicalismo. La corriente universitaria Franja Morada sería también el último bastión que perdería el alfonsinismo, cuando ya el gobierno de Alfonsín había terminado hacía mucho tiempo.

Alfonsín tuvo siempre el convencimiento de que el régimen presidencialista, que emana de la Constitución de 1853, terminaba desgastando al presidente y lo encerraba en un laberinto de debilidades, cuya salida concluía siempre en golpes militares. Cuando fue presidente y ganaba elecciones, promovió un cambio constitucional para instituir un sistema más parlamentario. El presidente tendría gobierno en tanto tuviera mayoría parlamentaria. Si no, el partido con mayoría parlamentaria se haría cargo del gobierno y el presidente pasaría a ser una figura esencialmente protocolar. Ese era el trazo grueso de su proyecto reformista.

No pudo hacerlo durante su gobierno, pero lo intentó de nuevo con Carlos Menem durante el proceso de reforma constitucional de 1993 y 1994. Logró lo que pudo, que no fue mucho. El peronismo le trabó la idea de un presidencialismo más atenuado con la figura de un jefe de Gabinete demasiado dependiente del jefe del Estado. En aquella reforma durante el apogeo del menemismo, era ya otra cosa lo que inquietaba a Alfonsín: que el peronismo forzara una interpretación constitucional para cambiar la Carta. "No se debe tocar el capítulo de derechos y garantías de la Constitución", decía entonces. En una cuestionada decisión, optó por acompañar una reforma que consideraba definitivamente imparable; lo hizo sobre todo para no dejarla sólo en manos del partido gobernante.

Un capítulo particular de su lucha por la democracia fue la relación con los militares. Cumplió con su promesa electoral: envió ante los jueces a los principales jefes de la dictadura y ordenó, al mismo tiempo, la persecución judicial de los jefes guerrilleros que se alzaron en armas en los 70. No obstante, muchos lo criticaron por haber negociado con los carapintadas que se sublevaron en la Semana Santa de 1987. Lo cierto es que Alfonsín no tenía Ejército en ese momento. Las adhesiones que le hacían llegar jefes militares en actividad eran sólo expresiones verbales. ¿Qué hacer ante un sublevación que no se está en condiciones de enfrentar?

El entonces presidente sopesó dos posibilidades. Llevar hasta Campo de Mayo, donde estaba el foco rebelde, a la multitud reunida en la Plaza de Mayo o ir él mismo a hablar con los sublevados. Eligió esta última alternativa ante el riesgo de que corriera sangre de argentinos en una embrionaria guerra civil. No fue la reacción que se esperaba del luchador por los derechos humanos, pero predominó en él la decisión de preservar el sistema democrático y la paz social, aunque debiera dejar de lado cualquier petulancia o interés personal.

La paz fue otra obsesión clara en el universo de sus ideas. Ayudó a fundar una corriente que instaló la paz en América del Sur como una de las grandes conquistas de la democracia latinoamericana. El mismo tomó decisiones cruciales para pacificar las relaciones de la Argentina con sus vecinos. Firmó el acuerdo con Chile por el diferendo del Beagle y fue uno de los fundadores del Mercosur, con José Sarney y Julio María Sanguinetti, entonces presidentes de Brasil y de Uruguay. Se cerró así una larga e inexplicable historia de rivalidades, competencias y aprestos militares entre argentinos y brasileños.

Tuvo ascensos y caídas. Días de gloria y de derrotas. Pero nunca, ni en la cima ni en la oquedad, dejó de ser una extraña especie de la política de cualquier lado: fue una buena persona. Siempre cordial y respetuoso, tenía los hábitos propios de una época que ya no está. Nunca dejaba de preocuparse por un amigo enfermo o por un simple conocido que pasaba por un mal trance. Cualquiera, amigo o conocido, recibía su inmediata llamada telefónica cuando él intuía que el otro era víctima de una injusticia.

Lo querían hasta sus adversarios, y con muchos de ellos llegó a trabar una relación personal. Eso era producto de una política que jamás se negó a dialogar. Propuso el remedio del diálogo hasta su último halo de vida, para curar la enfermedad de una excesiva e innecesaria crispación. Su oficina era una extensión de su casa particular, otro departamento en el mismo edificio. Ambos son muy austeros. Alfonsín fue, quizás, uno de los últimos políticos que murieron pobres después de años de controlar una porción importante del poder.

"La gente me quiere, pero no me vota", solía ironizar con la obsesión propia de los políticos por contar los votos. Sin embargo, en la Argentina, a veces frustrada, otras veces enfurecida, es un hecho único que un político de tanta trayectoria haya muerto arropado por el cariño de su pueblo.

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