El exitoso señor Moreno

Por Maximiliano Montenegro.

Si las cifras del INDEC fueran reales, Argentina sería único caso en el mundo de capitalismo distributivo a favor de los trabajadores.

España sufrió en el primer trimestre de 2009 la mayor caída del producto de las últimas cuatro décadas. Para Alemania fue la mayor contracción desde la Segunda Guerra Mundial. Ni a Rodríguez Zapatero ni a Angela Merkel se les ocurrió intervenir los institutos de estadísticas de sus países para disimular el derrumbe en los informes oficiales. O tal vez se les ocurrió, pero no tenían margen para hacerlo sin sufrir el rechazo generalizado en la opinión pública.

En la Argentina, donde el impacto de la crisis internacional no tiene ni por asomo la magnitud que en Europa o Estados Unidos, no hay índice oficial que no esté retocado y/o sospechado. En tiempos de bonanza, a principios de 2007, se empezó con el dibujo de la inflación con la excusa de que así se luchaba contra los acreedores, poseedores de bonos ajustados por el CER. Si ése fuera sólo el problema, hace rato que se podrían haber canjeado esos títulos por otros sin CER, como de hecho ocurrió parcialmente con el último trueque de préstamos garantizados. Han pasado casi 2 años y medio, y todo sigue igual. Todos los economistas del kirchnerismo que estuvieron o están en cargos relevantes (Peirano, Lousteau, Redrado, Amado Boudou, Aldo Ferrer, Mercedes Marcó del Pont, Débora Giorgi, entre otros) consideran que la falsificación de las estadísticas públicas es una estrategia descabellada. Pero ahí sigue Guillermo Moreno, con el pincel en una mano y el teléfono con línea directa con el Jefe en la otra.

La farsa adquiere a veces ribetes caricaturescos. El miércoles, "el Loco" –así lo llaman varios ministros– difundió desde el INDEC que la inflación de abril fue de 0,3 por ciento. En el último año, según el INDEC, la inflación acumula sólo 5,7 por ciento. Los precios ascienden por la escalera. La semana anterior había publicado otro informe en el que los salarios suben por el ascensor: según el organismo, en el último año, el "índice general de salarios" aumentó 23,4%, mientras que los "salarios no registrados" o en negro ¡aumentaron 35%!.

Si las planillas del INDEC reflejaran la realidad, la Argentina sería un caso único en el mundo de mejora en la equidad y de capitalismo distributivo en favor de los trabajadores. En esa sociedad fantástica que pintarrajea Moreno desde el INDEC, los empresarios remarcan los precios menos de un 6% anual, mientras que, desprendidos, extraen dinero del otro bolsillo para pagar aumentos de sueldos entre 4 y 6 veces mayores. Para colmo, los que tienen sus empleados en negro (4 de cada 10 ocupados) son los más generosos de todos. Ahí el salariazo llegó en el último año como nunca en la historia argentina. ¿Las políticas de la Comisión de Defensa de la Competencia y los acuerdos de precios del eficiente Moreno serán los responsables de semejante éxito del "modelo industrial de matriz diversificada"?

Éste y otros hallazgos que ridiculizan los números oficiales suelen ser discutidos en algunos de los mejores blogs locales de economía en la web: Economista Serial Crónico; La Ciencia Maldita; Homoeconomicus; Finanzas Públicas; Exabruptos de Miguel Olivera, entre otros.

Como se dijo en esta columna la semana pasada, mientras esté en el poder, Néstor Kirchner nunca blanqueará las cifras del INDEC. La mano de Moreno le permite seguir hablando de la reducción de la pobreza y de la mejora en la distribución del ingreso, cuando hace dos años que –inflación mediante– empeoran los indicadores sociales, incluso por arriba de los niveles de la era menemista.

DIBUJO Y EXPECTATIVAS. El dibujo no se limita a la inflación, a la pobreza, la indigencia o la distribución del ingreso. Desde mediados del año pasado, cuando empezó a desacelerarse el crecimiento, las cifras oficiales muestran inconsistencias de toda clase en los índices de producción industrial, construcción y consumo energético, entre otros.

Mucho se ha dicho sobre el impacto de la intervención del INDEC en la pérdida de la credibilidad del Gobierno. Y de la contradicción de haber catapultado el negocio de las mediciones propias de las consultoras privadas, a las que se denunciaba –con razón– de ser cómplices de las políticas de los noventa.

Pero también se corre el riesgo de alimentar expectativas que agraven la inflación o la recesión, quitando margen de maniobra a la política oficial. La incertidumbre sobre el nivel de actividad real o de inflación no sólo incide en las decisiones del sector privado. También distorsiona la planificación desde el Estado: ¿En base a qué información asistir a tal o cual sector?

En las últimas semanas, hay una mejora notoria en las condiciones financieras internacionales para la Argentina. La soja ronda los u$s 415, Brasil y otros países de la región aprecian sus monedas, y hay un repunte en los títulos públicos que –según fuentes oficiales– revela que existen capitales financieros que entendieron que la Argentina no está al borde de la cesión de pagos.

El interrogante es si ya se tocó el piso de la caída de la economía real, después de dos trimestres de contracción en todos los indicadores de actividad en la industria y la construcción. Hasta ahora hay consenso de que la producción cayó más que el empleo. Se sabe también que el ajuste de la demanda vino por el lado de la inversión (el componente históricamente más volátil), de las exportaciones (demanda externa) y del consumo de bienes durables (autos, electrodomésticos). La duda es si logró sostenerse en cierta medida el consumo en general –el 70% del PBI–, que no sólo depende de los planes oficiales destinados a la clase media y de las expectativas, sino también de los niveles de empleo y del poder adquisitivo salarial. Si la inflación real ronda el 15% anual o más –nadie lo sabe– ahí existe una amenaza para el sostenimiento del mercado doméstico a través del poder adquisitivo de los trabajadores. Tampoco se sabe cuál es ajuste real de empleos en los sectores que escapan al control del Ministerio de Trabajo, cuando el 40% de los ocupados son informales. De esas incógnitas depende si ya se tocó el fondo de la recesión o si todavía la economía se desliza por la pendiente.

OBAMA NO ES K. Desde que asumió Obama, Paul Krugman, reconocido partidario de los demócratas, fue el más punzante crítico de su política económica. Unas semanas atrás, Newsweek –una de las revistas de mayor circulación en Estados Unidos– lo llevó en la portada con un textual cortito: "Obama está equivocado". Fue lo más delicado que dijo sobre el flamante presidente, que registra niveles de popularidad récord. Antes, desde sus columnas en el New York Times, el último Nobel de Economía había dicho que los asesores de Obama evaluaban la crisis financiera con los mismos ojos que los de Bush; que el plan anunciado por la Casa Blanca era "un muerto que siempre vuelve"; que no había que usar el dinero público para rescatar bancos sino para nacionalizarlos; que el paquete de estímulo fiscal era demasiado tímido; que los funcionarios demócratas estaban guiados por "ideas zombies"y y que si el presidente fracasaba temía que no tuviera una segunda oportunidad. Algunos asesores de Obama salieron a cruzarlo: que con sus críticas le hacía el juego a los opositores, en un país que venía de dos períodos de gobierno de la derecha más recalcitrante.

Días atrás, Obama invitó a Krugman a cenar a la Casa Blanca."Sin comentarios", respondió Krugman desde su blog ante las insistentes preguntas sobre los entretelones del encuentro. Ni siquiera reveló qué comieron de postre.

¿Movida política? Tal vez. Pero algunos creen que el presidente también quería escuchar otra opinión, distinta de la de su jefe de asesores económicos, Larry Summers, otra estrella de la academia, que aceptó a regañadientes la reunión.

La distancia entre Obama y el matrimonio K es sideral. Aquí, quien opina diferente –incluso a aquellos cercanos al propio Gobierno o que revistaron como funcionarios– es acusado por la jauría de adulones de traidor de los intereses populares o de operar para las grandes corporaciones o empresas, muchas de ellas grandes beneficiarias en los últimos seis años. La consigna es acallar cualquier debate y descalificar en lo personal. Aun a aquellos que defendieron a rajatabla el modelo de dólar alto y superávit gemelos desde mucho antes, en los noventa, cuando Kirchner chapuceaba entre su apoyo a la convertibilidad y su colaboración a la privatización de YPF.

Siempre existen enemigos. Pero no tantos como los que crea el ex presidente.

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