Una excursión a Harlem, el alma de la negritud que Obama llevó al poder

El triunfo de Barack Obama provocó un hecho inédito: nunca antes un político negro había ganado una elección presidencial en Estados Unidos. Alfredo Leuco recorrió esta semana las calles de la capital del “Black Power” (poder negro) y comprobó que la figura del presidente electo está presente en cada esquina.Por Alfredo Leuco*
Un intercambio de ideas incendiario con los jóvenes de las Panteras Negras, un diálogo desopilante con los vendedores del merchandising de la “obamamanía” y un baile frenético entre rap y ritmos africanos componen esta crónica imperdible del enviado especial de PERFIL a Nueva York.

Tuve un sueño. Leuco en pleno corazón de la capital negra de Estados Unidos, donde conviven Obama, Martin Luther King y Malcolm X.

Estoy parado al lado del semáforo donde se cruzan las calles Malcolm X y Martin Luther King, en pleno corazón del Harlem. Seguramente ésta es una de las esquinas olvidadas del mundo a las que se refirió Barack Obama en su primer discurso como presidente electo. Un punto de partida emblemático para iniciar una suerte de excursión al alma de la negritud. Este viejo barrio de negros que dio a mis pasos su mismo andar, como diría Víctor Heredia, está en plena ebullición porque acaba de parir la esperanza de la dignidad, ya que uno de los suyos llegó a ser el hombre más poderoso del planeta.

Me encandila la belleza de la diversidad. La dominicana vestida como rapera que fuma su marihuana en la vereda y muestra sus uñas esculpidas pintadas de violeta, el muchacho elegante parecido a Sydney Poitier que tiene un traje blanco impecable hasta los zapatos y una corbata rojo fuego, los colores que no le tienen miedo al ridículo y se hacen cabellos patrióticos azules y rojos, como la bandera, trenzados en la cabeza de un morocho que pesa 130 kilos y calza anteojos negros Versace, probablemente truchos. Todos los que caminan por este hormiguero de felicidad son voto cantado. Nadie se priva de identificarse de alguna manera con Obama.

Uno no sabe para dónde mirar primero. Tiene ganas de hablar con todos. De preguntar, de entender, de compartir.

Poder negro. Pero hay un imán gigantesco que atrae todo el interés con sus ropas militares rigurosamente negras, con sus boinas, sus borceguíes y el puño en alto a la hora de gritar: “Black Power”. Es el nuevo partido de las Panteras Negras que está distribuyendo su comunicado oficial sobre las elecciones. Discuten con mucha vehemencia y cara a cara con la intención de reclutar más militantes. A mi juego me llamaron. Como en las viejas asambleas universitarias, preñadas de intransigencia y combatividad, entramos en un intercambio de ideas incendiario. Su líder es el doctor Malik Zulu Shabazz y sólo habla inglés y árabe, pero dos de sus lugartenientes a las que llama hermanas hablan perfectamente español, como el resto de los 45 millones de hispanos parlantes que hay en este país y que lo convierten en el segundo del mundo despues de México, que tiene 106 millones. Karen tiene un turbante sobre la cabeza y un pin con una pantera negra con sus garras amenazantes y la boca abierta con actitud feroz dibujada sobre el mapa verde de Africa. Ella me dice que apoyan a Obama y están felices por su triunfo. Y yo pienso: pero lo corren por izquierda. Hablan de la Nación Negra, de no ser tibios ni reformistas como fue Martin Luther King. Están organizados en escuadras y practican, por lo menos, la autodefensa. Me mostraron un video en donde se dan palo y palo con la Policía de Nueva York que tiene entre sus agentes más audaces a muchos negros como ellos, y entre sus jefes a muchos blancos como el republicano John McCain. Ahora nadie los molesta. Están en todo su derecho parados en la calle que lleva el nombre de uno de su guías espirituales: Malcolm X.

Las Panteras Negras originales se fundaron en 1966, un año despues del asesinato de Malcolm X. Mixturaron las enseñanzas de la lucha por la liberación de los pueblos del argelino Franz Fanon, con algo de marxismo y el combate contra el racismo, y se expresaron con la figura legendaria de Angela Davis, la profesora de filosofía que después encabezó el Partido Comunista norteamericano.

El padre de Malcolm X fue un pastor protestante que también fue asesinado a palazos en la calle por grupos que proclamaban la supremacía blanca. En respuesta a eso, Malcolm Little se cambió su nombre de esclavo y se puso Malcolm X. Después, devino en delincuente callejero, entregador de drogas y de prostitutas, y pasó siete años en la cárcel. Integró dos grandes movimientos que finalmente se enfrentaron entre sí. Odiaba al blanco que había violado a su abuela, y hasta la “última gota de sangre que llevo de él”, y definía a la raza negra como “todos aquellos que no son blancos”. Ideológicamente, jugaba al límite. Después de reunirse media hora con Fidel Castro dijo: “Es imposible que el capitalismo sobreviva porque necesita chupar sangre. Antes era un águila y ahora es un buitre que le chupa la sangre a los más débiles”.

Sigue

Voto latino. Cruzando la calle aparece un matrimonio de Puerto Rico. Venden alimentos y tienen la foto de Barack pegada en su heladera. Roberto tiene los papeles en regla y muestra orgulloso su voto. Hace ocho años que vino a este país. Rocío, su esposa, todavía es una inmigrante ilegal que, como tantos, convierte la regularización de su situación en uno de los principales reclamos que las minorías le harán al gobierno que viene.

La fiesta se hace baile, movimiento desenfrenado y desinhibido de caderas frente al escenario que se montó al lado del edificio de la municipalidad de Harlem. Rap, salsa, merengue, ritmos africanos con tambores que desconozco hasta su nombre pero que me hacen mover las tabas y el rock sacuden los cuerpos como una proclama. Es que, por suerte, el cuerpo para los negros tiene un valor especial. Es una forma más de expresión. Se decoran sus cabellos con todos los raros peinados nuevos que se puedan imaginar. Los tatuajes, la firmeza muscular que da el gimnasio y la insuperable gracia de sus sonrisas.

Un pintor callejero me despierta la reflexión con un cuadro hiperrealista. Están Barack y Michelle desnudos, perfectos, atractivos, cada uno con un martillito y un cincel, esculpiendo el cuerpo del otro. Y de la rodilla para abajo hay un bloque de piedra que los une y que todavía no fue trabajado para descubrir los pies. Es un monumento a la sensualidad. Le pregunto por qué pintó eso y Barry contesta que “el sexo es vida”, que eso es lo que desea para los Obama a pesar de la presencia en la Casa Blanca de Marian Robinson, la suegra de Barack. Nos reímos juntos. Los chistes de suegra no reconocen color de piel ni nacionalidad. De inmediato se me aparecieron las figuras del matrimonio presidencial sobre el escenario en Chicago. Se miraban con ganas. El la tomaba de la cintura con suavidad y tacto. Se dieron piquitos y abrazos nada formales ni marketineros. No le tienen miedo al cuerpo en movimiento. No sienten pudor por sus redondeces. Prometen más felicidad para su pueblo pero da la sensación que empiezan por ellos. Y está muy bien. Eso los singulariza frente a la dureza acartonada, casi extraterrestre y robótica de muchos políticos blancos que son muy puritanos por afuera y que por debajo de la mesa viven una doble vida de trampa y engaño. Barack no tiró cualquier adjetivo sobre Michelle. El planeta estaba mirando a través de la televisión y Obama la miró a los ojos y le dijo: “Sos el amor de mi vida, mi mejor amiga, la piedra angular de mi familia”.

La huella de Fidel. Cuando uno se interna por el Harlem aparece una construcción cargada de historia. Todavía puede leerse en la parte superior del edificio “Hotel Theresa”, es en donde Fidel Castro se alojó durante la asamblea de Naciones Unidas y donde se entrevistó con el líder soviético Nikita Krjuschev. Ahora es uno de los pocos edificios altos y se ha convertido en un rejunte de oficinas. Por ese lugar también pasaron Jimmy Hendrix, Joe Louis y dejó su rezo bolivariano Hugo Chávez cuando vio a Harry Belafonte y al actor Danny Gloover, el compañero de Mel Gibson en Arma mortal.

Con el fondo de ese hotel le pido a Roger que se detenga un segundo para hablar. Me llama la atención porque es un militar norteamericano negrísimo vestido de fajina y que parece gritar un gol cada vez que Obama aparece en la pantalla gigante. Sólo le falta cantar: “Obama conducción, contra toda la traición”. Le pregunto por qué sigue a Obama, una obviedad en mi inglés bajo cero. Me contesta con un gesto que lo dice todo: se señala su piel. ¿Cómo transmitir la alegría del viejo Peter, que se gana la vida sacando fotos con esas máquinas tan antiguas? “Pensé que me iba a morir sin ver esto”, dice entre lágrimas.

O doña Eunice, que vende perfumes, cremas y esencias de Africa en las calles y me confiesa que su gran temor es que lo maten. Besa al Obama que lleva en su campera de lentejuelas brillantes, se hace el signo de la cruz como diciendo: “Que Dios no lo permita”, y se despacha: “Ya mataron a cuatro presidentes en este país. Ya nos mataron a tres de nuestros hijos pródigos, a Malcolm X, Martin Luther King y Medgar Evers. No quiero que lo maten a Obama”.

Eunice no sabe que el Servicio Secreto cuida a Obama como si ya fuera presidente desde mayo de 2007. Que tiene un ejército de guardaespaldas y espías de elite que lo siguen, incluso satelitalmente, a sol y a sombra. Que el día del festejo el escenario estaba rodeado con un cerco de plexiglás, que es un material transparente y antibalas, y que, además, cerraron el espacio aéreo.

De hecho, los dos cabezas rapadas y huecas neonazis que detuvieron en Tennessee la semana pasada ya entraron en juicio oral acusados de amenazas de muerte. Se habían juramentado asesinar a Obama y a un centenar de negros más y colgar en la horca a 14 chicos.

El Ku Klux Klan, que avergüenza a la dignidad humana con sus historias de asesinatos, linchamientos, quema de iglesias y de casas de negros, en su página web dice que “hay muchos blancos dispuestos a sumarse a una rebelión anti-Obama”, y en Delaware Township, en el condado de Hunterdon, aparecieron pintadas con esa despreciable triple K blanca que la alcaldesa Susan Lockwood se encargó de limpiar y repudiar.

Harlem, origen de los payasos más maravillosos que haya dado el básquet con los Globe Trotters, es cuna de boxeadores, beisbolistas y grandes atletas que hicieron historia de la lucha contra el odio racial.

Uno de esos héroes aún vive en el barrio y subsiste como entrenador. Es John Carlos, ganador de la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México ’68. Junto a su compañero Tommie Smith, que ganó la de oro, levantaron el puño enfundado en un guante negro en la ceremonia de premiación, mientras sonaba el Himno norteamericano. Hicieron historia y fueron privados de su premio pese a que Smith había batido el récord mundial de los 200 metros en 19 segundos 83 centésimas, que nadie pudo superar durante once años.

Un castigo similar tuvo que sufrir Cassius Clay, que recuperó su nombre no esclavo y se rebautizó Muhamad Ali. El más grande boxeador de todos los tiempos tiró su medalla dorada olímpica al río porque no lo quisieron atender en un restaurante por ser negro. Fue condenado a la cárcel, que no cumplió, por suerte, pero le prohibieron practicar el deporte tal vez durante los casi cuatro años más productivos de su vida y fue amenazado de muerte sólo porque se negó a combatir en Vietnam.

Un tal Clinton. Harlem, la capital negra de Estados Unidos, limita con el Bronx, otro barrio que se las trae. Yendo desde Times Square, después de pasar por la catedral, aparece la Universidad de Columbia, construida sobre un territorio donde se combatió por la independencia del país y donde Obama se graduó en Ciencias Políticas. Uno de los pocos edificios altos y lujosos de Harlem, sobre la Calle 125, alberga al estudio de Bill Clinton. Cuando dejó su gobierno se refugió en donde vivían las personas que más lo bancaban. “We love you, Mr. President”, le gritaban sus vecinos. “Clinton es del pueblo y sabe que el pueblo está aquí”, dice Richie que vende relojes Movados y carteras Louis Vuitton a 20 dólares y jura que son auténticos. La genial escritora Toni Morrison por eso bautizó a Clinton como “el primer presidente negro de la historia norteamericana”. Ahora Toni apoyó fervorosamente a Obama, a quien suele frecuentar, y lo bautizó “el presidente poeta”. Sugiere que tiene una comprensión metafórica y bella que salta sobre la realidad produciendo cambios como relámpagos. Algo así como el tema de Pablo Milanés cuando le pregunta al Che Guevara: “Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú”.

Harlem es todavía una especie de gueto negro donde no viven los ejecutivos de las grandes empresas. Viven empleados del Estado, estudiantes, taxistas o conductores de buses, pequeños comerciantes que tienen peluquerías, disquerías o casas de venta de ropa deportiva que son un gran negocio, porque muchos usan zapatillas de 500 dólares que parecen naves espaciales. Aquí vivió y deslumbró Miles Davis, el jazz se hizo religión y el gospel, misa dominguera. En el teatro Apollo debutaron B.B. King, James Brown, Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, entre otros inmortales.

En los negocios hay fotos de Nelson Mandela, el líder sudafricano de la lucha anti-apartheid y de Rosa Park, la viejita que fue detenida porque en el colectivo se negó a darle el asiento a un blanco que se lo exigía. Eso desató una lucha fenomenal encabezada por Luther King hasta el día de su asesinato. Una semana despues, el presidente Lyndon B. Johnson proclamó los derechos civiles de los negros. Cuando le metieron un balazo de rifle Remington en el cuello a Luther King, uno de los que estaba a su lado era el reverendo Jesse Jackson, el mismo que intentó pero no pudo ser presidente y que el martes de gloria lloró en Chicago al comprobar que el sueño de Luther King se había cumplido. El 13% de los habitantes de Estados Unidos es negro, mientras que el 38% de los presos es negro. De ese cruce de humillaciones y desgarros salió el nuevo presidente. Todo un mensaje. Todo un cierre.

*Enviado especial de PERFIL a Nueva York.

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