Los exabruptos de Cristina y la intolerancia de los ruralistas en el país barrabrava

Por Fernando Gonzalez

Alguna vez tendrá que terminar el ejercicio de la intemperancia en la Argentina. Esta tendencia lamentable que crece sin parar desde hace varios años, a la que los Kirchner le dieron alimento pero que también han adoptado otros sectores de la política y la sociedad.

Aún no se habían apagado los ecos del juicio por la tragedia de Cromañón, con su secuela de golpes e incidentes callejeros cometidos por familiares y amigos de las víctimas descontentos con el fallo judicial que condenó a algunos y absolvió a otros, cuando ayer irrumpieron otros episodios de violencia similares en la constante ciudad de la furia.

Los grupos de productores agropecuarios que hacían vigilia desde temprano no pudieron aceptar el resultado de la votación en el Senado, que le dio una mayoría ajustada de votos al kirchnerismo (38 contra 30) para extender por un año las facultades delegadas y enterrar la posibilidad de una baja en las retenciones a la exportación de granos. Y terminaron a los golpes contra las vallas de contención del Congreso.

Pero si es grave la violencia de muchos chacareros arrinconados por la crisis y la errática política agropecuaria del Gobierno, la presencia de dirigentes experimentados como Alfredo de Angeli y Luciano Miguens cortando la avenida Entre Ríos resulta inexplicable. Que la Justicia porteña les haya abierto una causa por interrumpir el tránsito en lo que ayer fue una ciudad caótica refleja la confusión en la que han entrado los hombres que debieran ser los más lúcidos a la hora de la confrontación.

Porque lo que votaron ayer los senadores es un resorte institucional del país. Y podrá gustarles o no a los dirigentes agropecuarios la extensión de los superpoderes, pero se trata de la ecuación de fuerzas que hoy tiene el poder en la Argentina. Habían tenido un triunfo resonante hace un año atrás con el voto "no positivo" del vicepresidente Julio Cobos, pero esta vez les tocó perder. Una derrota mediante un mecanismo democrático que nunca debió degenerar en incidentes.

Claro que el Congreso no fue ayer el único escenario donde se concentró el sinsentido nacional. La Presidenta volvió a ejercitar la violencia verbal a la que es tan afecta. El marco no podía ser más ilustrativo: la carpa de la Asociación del Fútbol Argentina en Ezeiza; la presencia de "Don Julio" Grondona, el eternizado y polémico presidente de la AFA al que el kirchnerismo criticaba hasta hace un par de meses; Diego Maradona; ministros, intendentes y un centenar de barrabravas que suelen servir de guardia amenazante a varios de los dirigentes de clubes de fútbol en bancarrota que llenaban el lugar.

Allí fue donde Cristina perpetró otra de sus célebres metáforas excesivas. Habló de un supuesto "secuestro" del fútbol (del que culpó al grupo Clarín y a sus socios en el fútbol televisado, uno de ellos era hasta ayer Grondona, quien sería otro de los secuestradores según la inflamada verba presidencial) y lo comparó con los secuestros del terror estatal, marca indeleble de la última dictadura militar. Igual que hace unos días, cuando habló de "fusilamientos mediáticos" en otro intento -uno más- por victimizarse y como si cualquier cosa se pudiera comparar con cualquier cosa.

Lo que debió ser un acto trascendente, ya que la estatización del fútbol televisado implica la rescisión unilateral y anticipada de un contrato con un grupo empresario muy poderoso y supone la erogación de millonarios fondos del erario público para financiar la transmisión de un entretenimiento, terminó sepultado bajo la algarada adolescente del país barrabrava.

La incontinencia de Cristina y la resistencia de algunos ruralistas a la aritmética de los mecanismos constitucionales forman parte de una cultura del conflicto que gana terreno en amplios sectores sociales sin que nadie pueda detenerla. El Gobierno, muchos dirigentes de la oposición, también de los sectores productivos y cualquier grupo de ciudadanos que se considere afectado por algún tipo de injusticia se sentirá con derecho a dirimir sus peleas violentamente.

Es el peor mensaje que se pueda dar en esta etapa de transición del poder. Un gobierno derrotado y una oposición fragmentada tendrían que priorizar los mecanismos del consenso para evitar el encontronazo con el peor fantasma de la Argentina. Aquel que acecha cuando el poder debe cambiar de manos y nos empuja otro escalón hacia abajo por la pendiente del fracaso institucional.

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