Estuvo tan cerca del milagro...

El Pincha se arrimaba a los penales con un gol de Alayes y una personalidad así de grande. Pero apareció Nilmar cuando faltaban siete minutos y lo dejó sin nada.
El humo los rodeaba y ellos miraban la tribuna encendida de fuegos artificiales. Estaba preparada la fiesta. Astrada, en el banco, espiaba serio esa locura tan brasileña. Ya había distribuido su plan meticulosamente estudiado: debía tener la pelota, no dejarsela manejar a esos cohetes vestidos de rojo, sostenerlos, atarlos, enjaularlos. El Negro les llenó la media cancha. Mandó a Braña a que acompañe a D'Alessandro, a Angeleri y a Iberbia a que laburaran fiero por afuera, a Verón atrás de Benítez, quiien debía agarrar la manija.

Pero a la media hora, el Pincha aún no le había tomado la mano al partido. Apenas se bancaba el claro dominio local con la firmeza de un fondo de tres y la seguridad de Andujar. Hasta que Astrada saltó de su banco por enésima vez y mandó trocar puestos a Benítez y a la Bruja. Verón no estaba lo fino que se necesitaba pero les tiró el oficio de mil batallas y la inteligencia intacta. Con la personalidad del conductor lúcido. El Pincha renació. Todavía sin parecerse al equipo de la mística copera, casi tan lejos de jugar bien como del arco rival. Pero empezando a compartir el dominio y ensuciándole la salida al Inter. Y mientras se callaba el infierno que había en las tribunas, crecía la ilusión. El León empezaba a rugir.

Y también a animarse con la pelota. Con dientes apretados, dejando la vida en cada bocha, extrañando la claridad que suele darle Verón. Pero con un carácter de roble fue ganando metro a metro y ya sólo le faltaba pimienta. La que le dio Enzo Pérez, que en su primera jugada en la cancha generó la infracción que devino en el puntazo mortal de Alayes. La primera parte de la hazaña estaba cumplida. El milagro era posible... Era posible porque había aparecido el alma de las gestas inolvidables. Había metido en una celda el jogo bonito rival, había enmudecido a un estadio loco. El Pincha se había hecho dueño de la noche. Le jugaba de igual a igual al cuco. Le había mojado la oreja.

Parecía que Poletti le daba una mano a Andujar; Madero se paraba al lado de Alayes; Bilardo y Pachamé metían a lo loco al lado de Verón. Y que la Bruja padre ponía quinta por el lateral. Faltaba que Conigliaro la metiera. Que entre éstos de hoy y las almas de aquéllos campeones de hace 40 años redondearan la nueva hazaña. Faltaba que aguantaran el alargue, que sufrieran, porque sin sufrir no vale...

Pero no. Apareció Nilmar, tocó un rebote e hizo renacer al Inter. Estudiantes estuvo cerca, muy cerca. No pudo. Pero el alma Pincha está intacta...

Comentá la nota