Yo estuve en la Plaza del ´83

Por Claudio Jacquelin

Fue la noche en que más orgulloso y más feliz me sentí de ser uno del montón. De ser uno de ese montón de 800.000 personas a los que el 27 de octubre de 1983 en plena avenida 9 de julio se le cayó más de una lágrima con el rezo laico del preámbulo de la Constitución. Fue la noche en que como nunca sentí que la esperanza de la recuperación de la democracia, la libertad, la paz y la vigencia de los derechos humanos no era una utopía.

Era el cierre de la campaña presidencial de Raúl Alfonsín y estaba a sólo 72 horas de votar con la ilusión y la ansiedad que sólo se puede sentir la primera vez, con 20 años, después de una dictadura, y con la convición de que cada voto, el mío, podía cambiar la historia. La misma convicción con la que había llegado a la avenida con mi hermana mayor y con algunos amigos, con la certeza de que cada presencia en ese acto era necesaria para poder empezar a cambiar esa historia que había intoxicado nuestra adolescencia.

No era afiliado ni militante del radicalismo. Como no lo era la gran mayoría de los que nos hermanábamos ahí cobijados por la seguridad, la claridad y la calidez de ese hombre que desde un palco monumental nos hacía creer que un país sin sombras era posible.

Fui uno de los que esa noche se fue de la 9 de Julio con una alegría y una ilusión de esas que sólo en los sueños adquieren semejante dimensión. Fui uno de los que a la noche siguiente sintió ese miedo que sólo en las pesadillas puede ser tan grande, cuando en el mismo lugar en el que había estado 24 horas antes comprendí que era posible que la noche del autoritarismo, la autoamnistía de los militares, la revancha y la intolerancia no se fuera nunca de la Argentina. Ni siquiera hubiera hecho falta, para que se me hiciera palpable esa pesadilla, el grotesco de Herminio Iglesias quemando el ataúd con las siglas del radicalismo.

Sólo debieron pasar dos noches hasta que volví al mismo lugar para festejar como nunca celebré ni me emocionó un hecho político en mi vida, para liberar todos los miedos en ese grito que me salió del alma cuando se difundió que Alfonsín había ganado en el bastión de Herminio Iglesias. Era la señal de que el sueño podía ser realidad y la pesadilla sólo eso.

Con el tiempo descubrí que la democracia tiene más matices que los sueños y las pesadillas. Me desilusioné muchas veces y nunca volví a ilusionarme y emocionarme como entonces con la política. Nunca... hasta hoy. Hasta hoy cuando recordé esa noche fundacional y volví a sentir el orgullo de haber sido uno de ese montón que estuvo ahí donde empezó a palparse el sueño de que podía llegar a la presidencia ese hombre, que, ahora lo compruebo, estuvo muy por encima de las circunstancias del país de sombras en que vivíamos.

El autor es secretario de redacción del diario LA NACION, pertenece a la generación que votó por primera vez en la elección de 1983 que convirtió a Alfonsín en presidente y marcó el retorno del país a la democracia

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