Estudiantes de la patria.

Casi 50.000 personas esperaron al equipo en el Palacio Municipal y vivaron a los campeones que salieron a saludar al balcón. Varios miles más los habían acompañado desde Ezeiza.
Bilardo, esta vez, estuvo 20 horas adelantado. "En Ezeiza van a haber como 500 mil personas", apostaba Carlos Salvador, desbordado de emoción, rejuvenecido y exultante, ya en los fragores de un vestuario campeón en el Mineirao. Y no. No le acerquen la píldora al Doctor, porque él sabe como pocos de qué se trata esto, él lo ha vivido como jugador y ahora, cual fanático del tablón, disfruta de esta gloria casi tanto como de aquélla.

Se mezclan las generaciones, vuelven los aromas, se recicla la mística y, acá, en el aeropuerto Ministro Pistarini, conviven El Gráfico de ayer con el Olé de hoy. Armando, un viejo de mirada turbia y parla entrecortada, desempolva esa revista monocromática que retrata a "los héroes del 68". Repasa las fotos, recita de memoria aquel equipo primerizo y señala con énfasis un encabezado. "Mirá lo que dice acá: 'Estudiantes, calidad y coraje'. Habrán pasado 40 años, pero hay cosas que no cambian". O sí. A Ramiro, por lo pronto, le cambió el discurso. Ya no cuenta lo que le contaron. Es un pibe de Olé bajo el brazo, en tiempos de Facebook, con peinado flogger y uno de los incontables beneficiados por las vacaciones invernales. No necesitó hacerse la rata del colegio. El es Pincharrata. Y esto, ahora sí, lo vive en colores.

Ezeiza se tiñe de rojo y blanco. Explota. Y eso que recién son las 11 de la mañana y faltan más de tres horas para la llegada de los Leones del Mineirazo. No serán 500 mil estos hinchas, pero ¿cuántos son? Es incalculable. Están por todos lados, van desde el hall de arribos internacionales hasta el primer peaje de la Ricchieri. Ni la banquina se salva. Ni el frío ni la lluvia los frena. Bah, ni cuenta se dan de que ahora garúa finito. Ellos cantan bajo la lluvia. Se acuerdan de Gimnasia, de los títulos que no tiene Gimnasia, del Pampa Sosa, "te querés matar, Pampa Sosa, te querés matar...", y hasta ya le apuntan a Messi y al Barcelona de Guardiola.

Estudiantes vuelve a la Argentina. Vuelve con la Copa, ésa "que perdieron los bosteros y las gallinas". Ya llega, ya, eh. Pero es otra falsa alarma. Y alarmados parecen los extranjeros que, temerosos por la gripe A, lo primero que ven al pisar este país es una cantidad impresionante de gente aglomerada. Esto es Argentina. Esto es pasión. Esto lo puede el fútbol. Este es Estudiantes. Estudiantes de la patria.

No es el regreso de Perón. Es el regreso de Verón y su equipo. Y la espera, un poco, desespera. Porque el arribo de los campeones se demora más de la cuenta, ya son casi las cuatro de la tarde, aunque, la verdad, si aguantaron 39 años... Es un día de asueto en La Plata y sólo un jefe del Lobo te lo puede hacer pagar.

Ahora sí. Es la hora, es la hora. Ya era hora. Son las 16.13. Y asoma el micro descapotable. Con Verón a la cabeza, todos de la cabeza, con la Copa a upa del capitán, entre el goleador Boselli y el infranqueable Andújar. Ellos tres, y muchos más también, usan remeras en forma de turbantes. "Ay, ay, ay, el que no salta, no va a Dubai", cantan arriba y abajo, en Ezeiza y en La Plata. Ya piensan en el Mundial de Clubes y vale este cantito, aunque el torneo vaya a disputarse en Abu Dhabi y no en Dubai como muchos creen. La Copa se Emiratos y se toca. Se besa. Pasa de mano en mano y la caravana arranca a paso de hombre, de hombre poco apresurado. Nao tem fim.

De entrada, es la Gata Fernández quien dirige la batuta, le da al bombo y luego a un redoblante. La Bruja se relaja, enciende un puro, puro fútbol, señores, que es un habano, suspendanló. Nada de Gatorei, señorita. Lo que descorcha Juan Sebastián es un champán. "El Pincha manda", es la leyenda que enseñan las remeras de los jugadores. Y los que se mandan, o mejor dicho, ya hace rato se mandaron a la Plaza Moreno son los hinchas. Esos que en la noche de la consagración le dieron a los petardos hasta las 4 de la madrugada en 7 y 50, y que ahora vuelven, estoicos, fieles y alegres, a esperar a que de una buena vez la caravana del campeón de América llegue al Palacio Municipal.

Se amontona la gente y se amontonan las historias increíbles, los relatos de una final sufrida, las locuras de dignos aprendices del Narigón. A Patricio lo vende su rostro desencajado: "No vi ningún partido de la Copa. Me encerraba en mi cuarto, escuchaba un disco de Cerati y rezaba, sólo rezaba", cuenta sin sonrojarse. José vino de Lezama, un pueblito cercano a Chascomús desde donde salieron un camión y seis autos pintados de rojo y blanco. "Después del gol de Boselli, no pude seguir mirando", revela. A fin de cuentas, parece que nadie vio el momento culminante de esta hazaña copera.

Pero igual están todos para recibir al campeón. Y ya entrada la nochecita, pasadas las 8, el bondi con los jugadores ingresa a la ciudad, a una velocidad crucero (no Cruzeiro) de un metro cada cinco minutos. De a miles esperan en la Plaza Moreno, que luce como en los recitales de los 19 de noviembre, fecha en la que se festeja el aniversario de la fundación de La Plata. Acá no es donde se suelen celebrar los logros del León, sin embargo, la buena relación que existe entre la dirigencia pincharrata y el intendente Pablo Bruera lo hizo posible. De hecho, ayer el jefe comunal sacó un decreto que otorga "la distinción de deportistas destacados de la ciudad" al plantel y al cuerpo técnico de Estudiantes. Y fue para todo aquel que haya participado en la conquista, por lo que el título también les cabe a Moreno y Fabianesi y a Astrada y sus colaboradores.

Ahí viene, ahí está. El micro se abre paso por la calle 11, la parte de atrás del Palacio. Un cartel dice: "Bienvenido campeón". Son las 22.58, casi siete horas de caravana. O maior do mundo. Miles de personas, miles de autos escoltaron el largo recorrido. En ese tiempo, los jugadores hasta trocaron vestimenta y ahora Verón tiene toda la pinta de ese tipo que llega como puede al final de una fiesta de casamiento.

Afuera del Palacio, fuegos artificiales, euforia, la fiesta interminable. Adentro, hinchas copan el Salón Dorado, que ahora es rojo y blanco. Bruera, simpatizante de Boca y con un hermano pincha y otro tripero, agasaja a los jugadores, quienes luego se asoman al balcón y el momento más esperado: la Copa en alza, mirando al cielo, y los discursos de Verón y de Sabella que también quedarán en la historia.

Avisó Bilardo. "Recién cuando lleguen al país se van a dar cuenta lo que hicieron". Un adelantado.

Comentá la nota