El estrecho margen de los Kirchner.

Por Eduardo van der Kooy.

Tregua con el campo. Pero ninguna certeza de que esté cerca una solución. Ni siquiera con la promesa de diálogo. El Gobierno especula con la crisis para frenar protestas. Pero no piensa en ninguna política de consenso. La economía continúa en caída. La oposición se anima.

Es probable que si las elecciones fueran las próximas semanas, Cristina y Néstor Kirchner lograrían, aún con pérdidas seguras, sortear el desafío.

La presunción se fundamenta en un puñado de razones. La oposición recién se está bosquejando y ese bosquejo es incierto e insuficiente. El Gobierno dispone todavía de recursos económicos importantes para apuntalar la maquinaria electoral. En especial la que más interesa: Buenos Aires. La Argentina conoce módicamente los efectos económicos de la crisis, pero esos efectos se multiplicarán en el futuro. Se ignora cuánto. Pero escuchando las palabras de Barack Obama en Estados Unidos y observando la realidad de la Unión Europea, ningún pronóstico podría resultar optimista.

El agravamiento de la crisis social tendrá consecuencias electorales y podría llegar a dañar las fortalezas que el Gobierno supone casi inexpugnables: el cordón bonaerense profundo y el interior lejano, de sur a norte. Esas son las garantías que los Kirchner creen poseer para transitar con alguna confianza hasta octubre.

La pregunta que cabría hacerse es si el matrimonio presidencial estima que esa realidad permanecerá inmutable en los meses que restan. Los Kirchner cargarán hasta entonces con alforjas plomizas cuyo peso no podría achacarse únicamente al intento de renacer opositor. Influye mucho la desnortada gestión de Cristina y las debilidades del sistema político-partidario que Kirchner pergeñó durante estos años.

¿Qué debilidades? Las que reflejan la parábola recorrida por el ex presidente. Arrancó con un proyecto que navegó, sin suerte ni pericia, las aguas de la transversalidad y la concertación. Llegará a octubre apostando sólo al peronismo del conurbano y a los votos que le arrimen varios de los caudillos del interior.

Kirchner había conseguido levantar su liderazgo partidario en el 2005 luego de doblegar al duhaldismo. Pero nunca supo consolidarlo. El rumbo que le imprimió el año pasado al conflicto con el campo fue, en ese aspecto, determinante.

Todavía existe un lote significativo de gobernadores del PJ que lo sigue. Pero ese seguimiento tiene más que ver con la necesidad que con la convicción. No hay un gobernador de los leales que esté conforme con el primer año de Cristina en el poder. La mayoría de ellos declaró que prefieren que las elecciones venideras no se nacionalicen.

Esos hombres están observando con lupa lo que sucede en Santa Fe. ¿Qué sucede? Carlos Reutemann viene imponiendo condiciones a Kirchner. Resiste la incorporación de Agustín Rossi a la cabeza de la lista de diputados. Toma distancia pública del matrimonio presidencial. "Rossi va a estar", se lo escuchó fastidiado al ex presidente la semana pasada. El jefe del bloque de Diputados fue un hombre clave en el Congreso para los Kirchner, antes y, sobre todo, después de la derrota con el campo.

En Santa Fe parecería estar en gestación un fenómeno político curioso. Según dos encuestas de toda la provincia Reutemann duplicaría hoy en intención de voto a Rubén Giustiniani, el postulante del socialismo -aliado a la Coalición Cívica- donde Hermes Binner es su figura principal y quien manda en la provincia. Binner, pese al año difícil, retiene una muy buena consideración social.

¿Cómo se podría conjugar una cosa con la otra? Muy simple: Reutemann estaría capitalizando una porción gruesa del voto en contra de los Kirchner. En ese marco, sólo un destello de magia política le permitiría al ex presidente imponer a Rossi como diputado y, a la vez, computar como propio aquel hipotético triunfo que vaticina esa encuesta. Los gobernadores leales quieren observar hasta qué punto es considerada también la lealtad de Rossi.

El otro dilema de los gobernadores oficialistas para octubre es la administración de Cristina. O mejor dicho: la dependencia de esa administración de los humores de Kirchner. Sólo eso explica que la Presidenta deba seguir lidiando a esta altura con el conflicto con el campo.

En esa cuestión, sin embargo, los humores son compartidos. Los dirigentes agrarios se convirtieron en el auténtico enemigo político y esa enemistad no tiene retorno.

Por eso los vaivenes de conductas y palabras obedecen casi siempre a puro maquillaje. El Gobierno exhibe ahora un tono componedor. Ese tono fue impuesto por Sergio Massa y Florencio Randazzo después de que la Mesa de Enlace desactivó el paro. Hay cuatro funcionarios que, desde la semana pasada, están hablando discretamente con los dirigentes del campo. Hay también un industrial cercano al Gobierno, que los ayuda. Pretenden que el encuentro prometido se haga, pero que no represente una frustración política para la Presidenta. "Ella deberá bendecir lo que nosotros hagamos", explicó uno de los negociadores. El problema es que también hará falta la bendición de Kirchner.

Los Kirchner aceptaron la declaración de la emergencia agropecuaria sólo por la presión de gobernadores e intendentes del PJ y por la conveniencia política de una medida: la eliminación de la llamada carta de porte, que representaba el 40% del presupuesto de la FAA. De allí son Alfredo De Angeli y Eduardo Buzzi, sus peores contendores.

Por lo menos tres gobernadores y dos ministros plantean la necesidad de una suspensión temporaria de las retenciones. Binner se lo remarcó de nuevo la semana pasada a la Presidenta. Kirchner y Cristina no están de acuerdo porque suponen que aquella suspensión podría terminar en un desfinanciamiento del Estado. Las cuentas públicas están ajustadas, la crisis galopa y las elecciones se avecinan.

Uno de esos mandatarios lo llamó a Kirchner a Olivos para explicarle los fundamentos. No sirvió: "Ya le dimos 5 mil millones de pesos. Y además fijate cómo viene lloviendo. Que no hablen de sequía", lo espantó.

Los Kirchner especulan con esa nueva realidad -que atempera los efectos de la sequía pero no la soluciona- para apostar al desgaste de la Mesa de Enlace. Esa realidad se monta sobre otra: el clima social no es ahora en las grandes ciudades parecido al que acompañó al campo en la anterior confrontación.

Los temores a los efectos de la crisis internacional causan retracción. La política también mete su cola: los dirigentes agrarios, además de haber tenido el acompañamiento opositor, buscan ahora integrarse a sus listas para las próximas elecciones. La disputa ha perdido candidez, si alguna vez la tuvo.

No la tuvo Cristina, tampoco, cuando ligó el drama de Tartagal con la amenaza de otro paro agrario que no fue. Menos todavía Kirchner cuando le ordenó a Oscar Parrilli que retaceara aviones oficiales a Julio Cobos para impedirle viajar al lugar de la tragedia. Resulta difícil entender y aceptar la degradación política que ha sufrido el ex presidente en su escondite de Olivos.

Por una vez la Presidenta acertó al descongelar su imagen y aproximarla en Salta a los padeceres ciudadanos. Si hubiera realizado con mayor frecuencia ese ejercicio, tal vez no se habría sorprendido por los huertos de pobreza e indigencia que, después de cinco años de crecimiento económico, se diseminan por la Argentina.

Cristina se negó a hablar de la oposición, como si la política partidaria le estuviera vedada en el reparto de atribuciones que hizo con su marido en el poder. Kirchner, en cambio, no perdonó la fotografía de Mauricio Macri con Felipe Solá y Francisco de Narvaez.

Los perdigones cayeron sobre Macri, aunque el jefe porteño es una preocupación electoral lejana para el matrimonio. La preocupación cercana es octubre, el turno donde Solá y De Narváez aspiran a jugar juntos en Buenos Aires.

El acuerdo, como dijo un político de ese nuevo espacio, tiene todavía "más prensa que consistencia". La única consistencia firme es el deseo compartido de batir a los Kirchner. El resto tiene estado líquido porque las pretensiones de los candidatos aún no cuajan.

Solá quiere ser primer candidato a diputado para comenzar su inscripción en la carrera presidencial. De Narváez quiere lo mismo para pelear en el 2011 por Buenos Aires. De Narváez propone un plebiscito o una encuesta para saldar la diferencia. Solá descree de la transparente instrumentación de una consulta y está convencido de que la fiabilidad de las encuestas ha sido bastardeada durante la era kirchnerista.

De Narváez temería otra cosa. Que la posible futura competencia por la candidatura presidencial entre Macri y Solá termine quebrando este pacto débil y haga naufragar su proyecto bonaerense.

Por esa razón, algunos dirigentes garabatean algún compromiso para sujetar a Macri y a Solá. ¿Cuál? Que quien sea candidato en el 2011 lleve a su rival como vicepresidente y, mediante un recurso legal, jefe de Gabinete a la vez.

La política electoral amaga muy temprano con tomar hervor. Faltan ocho meses para que se vote. Demasiado tiempo para una país repentino como la Argentina.

Demasiado tiempo también para que la oposición se distraiga de octubre con conjeturas presidenciales. Demasiado tiempo para que los Kirchner sigan creyendo que las cosas están bien como están ahora, sin riesgo de temblores.

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