La estrategia del malentendido

Por Carlos Pagni

El malentendido suele ser un instrumento de la política. Pero Néstor Kirchner acaba de consagrarlo como estrategia. Ya no se trata de invitar a la ciudadanía a votar ideas que no se llevarán a la práctica. Ahora se proponen candidatos que, se sabe de antemano, no ejercerán la función para la que serán elegidos. Es el primer corolario de la postulación de Daniel Scioli en la lista que encabezará Kirchner. La operación intentará repetirse en cada provincia y en cada municipio, con gobernadores e intendentes que simularán interesarse en una diputación o una concejalía para después regresar a sus funciones actuales.

La tergiversación ?decir "estafa" sería demasiado peyorativo? exagera una mala praxis conocida. A Alicia Kirchner se la eligió senadora y terminó en el Ministerio de Desarrollo Social. Sergio Massa pidió licencia como intendente de Tigre por si lo convocaban al gabinete nacional. José María Díaz Bancalari fue electo en las listas de Hilda "Chiche" Duhalde, pero al llegar a la Cámara de Diputados se transfirió al bloque de los Kirchner, contra quienes había hecho la campaña. Y Gabriela Michetti, imitando los movimientos de Cristina Kirchner, dejará inconclusa su tarea como vicejefa del gobierno porteño para buscar una banca en el Congreso de la Nación. Ahora el ardid será llevado al extremo de la ilegitimidad. Es el consuelo que recibe de su clase política la sociedad que lloró a Alfonsín.

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Scioli se enteró de su destino con el resto de la audiencia de un programa cómico, cuando el esposo de la Presidenta lo señaló como candidato. No le causó gracia. Cuentan en La Plata que se encerró durante un largo rato con su hermano, el escéptico José, para evaluar daños. Al cabo de esa discusión aclaró, rebelde, que no renunciaría a la gobernación. ¿Habrá temido lo que ayer aventuró, sembrando cizaña, Eduardo Duhalde, cuando dijo que "quieren postularlo para después removerlo"? La política se ha vuelto imprevisible. Si hasta circula la psicodélica versión de que Kirchner está pensando para sí en el gobierno de Buenos Aires.

A Scioli ya le ocurrió que lo notificaran sin consulta previa de su próximo trabajo. Le sucedió en 2003, un domingo, cuando se enteró por la tapa de un diario de que integraría la fórmula con Kirchner. O en 2007, cuando Ricardo Echegaray le mostró las encuestas que lo desviarían hacia La Plata. Su nueva abnegación se explicará por la dependencia de la provincia con el Tesoro nacional. Pero él sabe que el problema es otro. Su relación con la vida pública ha sido siempre cotizar bien alto en las encuestas para que algún líder ?Menem, Rodríguez Saá, Duhalde, Kirchner?lo elija como figura electoral. Esa forma de inserción en la política se vuelve costosa cuando el jefe que realiza la selección cayó en un remolino y ha decidido escogerlo como salvavidas.

Anoche, mientras en Olivos se preguntaban "cuánto subirá Néstor ahora que lo tiene a Scioli", en La Plata invertían el acertijo: "¿Hasta dónde caerá Daniel ahora que debe acompañar a Kirchner?" Hay más incógnitas: ¿qué opinará la Justicia? ¿Cómo reaccionará la oposición?

Hay otro vicio en las candidaturas-simulacro de Scioli y los intendentes: su inocultable pesimismo. El mensaje es claro: el PJ bonaerense sería una maquinaria invencible sino fuera porque a Néstor Kirchner se le ha ocurrido ser su candidato. En las últimas dos semanas, todas las encuestas que llegaron a Olivos indicaban que el esposo de la Presidenta no tenía garantizada la victoria salvo que fuera asociado a Scioli. En ese caso, la intención de votos subía unos 10 puntos.

Para otras derrotas, otros remedios: por ejemplo, seducir a Carlos Reutemann suprimiendo la candidatura de Agustín Rossi en Santa Fe.

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En Buenos Aires, Kirchner resolvió utilizar a sus compañeros como escudos humanos en un duelo que iba mostrando su altísimo riesgo. Al amarrar a su suerte a los intendentes, busca algo más que popularidad: impedirá pactos clandestinos con De Narváez y Solá, en el armado de listas de concejales. Pero ese antídoto tiene un precio: ahora Kirchner deberá disimular el escalón que puede aparecer entre él y los alcaldes si los votantes lo castigan con un extendido corte de boletas. En 2007, Scioli ganó como gobernador en todas las ciudades en las que Cristina Kirchner perdió como presidenta.

El argumento de que Scioli y los intendentes irán a elecciones para plebiscitar la gestión de Kirchner, más allá de mostrar una hilacha populista, entraña otra malversación. Hay que estar muy distraído para suponer que la alianza bolivariana, el intervencionismo sobre las empresas, el hipergarantismo en materia de seguridad, el conflicto con el campo o el estado de beligerancia con los medios de comunicación, quedarán convalidados cuando el público vote por Scioli.

En otras palabras: el grupo Carta Abierta tendrá que gastar mucha tinta para explicar que las reivindicaciones prerrevolucionarias del kirchnerismo triunfarán en las urnas bajo el formato qualunquista del gobernador bonaerense. Es, para los Kirchner, el aspecto más doloroso de su invención: la condena a tener que ganar elecciones, como en 2003 o 2007, con las ideas de otro. O, mejor dicho, con las ideas que se supone tiene el otro.

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