Estos muertos y los otros

Por Josefina Licitra.

El "hombre de la bolsa" –el verdadero– existió en Haití. Se aludía a él con el término tonton macoute, una expresión en dialecto créole que aparecía en las historias para niños, y que a mediados del siglo XX irrumpió en la vida real de todo un pueblo.

El "hombre de la bolsa" –el verdadero– existió en Haití. Se aludía a él con el término tonton macoute, una expresión en dialecto créole que aparecía en las historias para niños, y que a mediados del siglo XX irrumpió en la vida real de todo un pueblo. Tonton macoute fue también, sobre todo, además de un fantasma de la infancia, el nombre de las fuerzas paramilitares que instalaron un régimen de terror en Haití durante los tiempos de François Duvalier (famoso como Papa Doc), un tirano que llegó al poder en 1957, que en 1964 se autoproclamó "presidente vitalicio" y que se perpetuó catorce años en su cargo, para luego ser sucedido por su hijo Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), quien estuvo al mando durante quince años más y se valió también de estos grupos de tareas.

Pertrechados con lentes oscuros y machetes de cañaveral –y solventados por el 40% del presupuesto público de Haití– los tonton macoutes, cuyo nombre oficial era Voluntarios para la Seguridad Nacional, fueron la mano ejecutora de una de las dictaduras más sangrientas que tuvo América Latina. Edwige D’Anticat, una escritora haitiana que documentó sensible y terriblemente la historia de su país, cuenta en sus libros –mucho más elocuentes que cualquier relato periodístico- que en tiempos de Papa Doc la vida era un infierno. Medio millón de personas huyeron del país y muchos otros miles murieron en su tierra.

Por las calles de Port-au-Prince, en esas épocas, podían verse mujeres caminando con los ojos vacíos y la cabeza de sus hijos en la mano, perros lamiendo las caras de los muertos, y miles de macoutes entrando bárbaramente a las casas de familia. Si había una madre y un hijo, les ponían una pistola en la cabeza y obligaban al hijo a acostarse con la madre. Lo mismo con las hijas y los padres. La escena tan temida llevaba a muchos padres a dormir con sus sobrinas, de modo que –ante una irrupción– no existiera la obligación de vulnerar a la propia cría (en algunas oportunidades, para evitar la violación o la muerte, las familias entregaban a los macoutes todo aquello que tenían: la casa, la tierra. Y aun así –si no huían– podían ser asesinados).

Papa Doc también mataba con hambre. En los peores años, los más pobres resistían con una pizca de sal bajo la lengua y con té de pulpa de caña (que elimina gases y mata los parásitos que agudizan la sensación de hambre). Nada muy distinto de lo que venía sucediendo hasta hace algunos días cuando irrumpió el terremoto. Haití, se sabe hoy, es el país más pobre de América y cuando se lee en los medios que en las calles devastadas no hay alimentos ni bebida, lo cierto es que, bueno, hace rato que no los hay. Antes del sismo –el 12 de enero pasado– la mayor parte de la población no podía acceder ni a un plato de arroz, de ahí que muchos subsistieran comiendo unos bollos preparados con barro, manteca vegetal y sal (por este tipo de cosas, la esperanza de vida en Haití es de 57 años). Y cuando el mundo entero se horroriza porque George Samuel Antoine, cónsul de Haití en San Pablo, dice que los males de su país se deben a que "con tanto hacer macumba, ya no se sabe lo que es aquello. El africano en sí trae maldición", lo cierto es que, bueno, hace rato que esos pensamientos están en la isla. Sin ir más lejos, Papa Doc practicaba el vudú y lo reivindicaba como "religión oficial", y puso al frente de sus tonton macoutes a un brujo de nombre Zacharie Delva.

¿Por qué Papá Doc se quedó tanto tiempo en el poder? Por un lado, porque la población creía que era una encarnación del temible Barón Samedí, señor de los cementerios, y de luá, o dios vudú. Pero por otro –y sobre todo por otro– porque era conocido el apoyo financiero y militar que recibía por parte de Estados Unidos, cuyo establishment quería asegurarse de que no hubiera otro país comunista en América Latina.

Se sabe lo elocuente que puede ser Estados Unidos cuando quiere unificar criterios en todo el continente. A lo largo de las décadas, los tonton macoutes –que hoy sobreviven como mano de obra desocupada– asesinaron y desaparecieron a más de 150 mil personas: una cifra muy similar a la que se usa para las estimaciones de muertos en el terremoto de Haití, y que invita a pensar qué salva el llamado Primer Mundo cuando hace solidaridad con los muertos del terremoto. ¿Salva un número? No parece: en ambos casos –suponiendo que tiene sentido hacer cuentas– es casi la misma cantidad. ¿Salva un escenario? Quizás. La carne humana pudriéndose al sol también era un destino en tiempos de Papa Doc, pero la catástrofe natural –el segundo miedo favorito de los americanos– genera imágenes de una contundencia propia del cine de Hollywood.

Pero la mayor diferencia es otra. Es una que no se ve y que nace de la eterna pregunta entre fines y medios. Y entonces sí, por sobre toda la montaña de muertos –estos y los otros– es posible vislumbrar el peor horror, el más irreversible.

Comentá la nota