"Esto es el fin del mundo" dicen en el cementerio

Los cadáveres se acumulan y se pudren al sol, en la colapsada capital haitiana. Los trabajadores del cementerio no dan abasto y algunas familias intentan por sus propios medios dar sepultura a sus seres queridos.
Los cadáveres descompuestos rebosan el cementerio nacional de Puerto Príncipe. Literalmente. Cuerpos de niños, mujeres embarazadas, hombres, ancianos se amontonan indiscriminadamente en el boquete abierto por el terremoto en el muro que bordea el mayor camposanto de la capital haitiana. Sus cuerpos hinchados, putrefactos, asemejan trágicos muñecos rotos y olvidados por alguien que no quiso hacer el último esfuerzo de llevarlos hasta la entrada del cementerio o que, simplemente, no pudo llegar más lejos.

Los coches bordean sin disminuir apenas su velocidad uno de los cadáveres que ha quedado abandonado en medio de la calle. La gente pasa rápido por delante de la dantesca escena. Nadie se molesta en apartarlo a un lado. Ya nada importa. Son demasiados los muertos que se apilan por doquier en la capital haitiana. Están por todas partes.

Pero si la imagen es apocalíptica, la verdadera pesadilla se oculta detrás de estos muros. Justo al otro lado del boquete, más cadáveres abarrotan una gigantesca fosa, o simplemente un enorme agujero provocado por el sismo, nadie se preocupa por preguntar. Los lanzaron desde el muro en ataúdes, pero el impacto contra el suelo rompió muchas de las precarias cajas fúnebres y los cuerpos desmadejados cuelgan de las paredes.

El terremoto que ha destrozado Puerto Príncipe derrumbó también incontables tumbas, dejando lápidas abiertas por las que sobresalen los ataúdes de quienes todavía al menos pudieron encontrar un lugar de reposo. Entre los escombros mortuorios se apilan más cuerpos aún, hinchados, desmembrados, el rigor mortis los ha dejado en posiciones estrambóticas.

Llevan tantos días expuestos al sol caribeño que los fluidos corporales de las decenas de cadáveres han formado un riachuelo de heces, sangre y pus que brota de los cuerpos, descendiendo en un flujo incesante por una de las avenidas principales del cementerio, en la que algunos pájaros picotean con indiferencia entre los restos humanos con que se tropieza por doquier. El hedor es inenarrable. Insoportable. Pese a ello, algunas familias, muy pocas, hacen el esfuerzo de tratar de proporcionar un entierro decente a sus seres queridos fallecidos en la catástrofe.

Media docena de mujeres rezan y lloran en medio de las arcadas que produce el hedor omnipresente frente a una cripta abierta en la que han introducido en un precario cajón de madera el cuerpo de su familiar. Su duelo es interrumpido por una cuadrilla de trabajadores del cementerio que portan sobre sus cabezas otro ataúd abierto del que sobresalen varios cuerpos cubiertos.

La brigada se pierde entre el laberinto de tumbas derruidas en que se ha convertido este lugar de pesadilla. Quizás encuentren un lugar donde dejarlos, quizás los tengan que tirar al borde de uno de los caminos como han hecho con tantos otros.

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